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Entrevista:RAFAEL AZCONA | Escritor

"Mi territorio es el de la memoria fermentada"

Todo parece indicar que Rafael Azcona (Logroño, 1926) conseguirá lo que se propuso en los comienzos de su vida -ser escritor- cuando el resto de sus compañeros están de vuelta de todo, o ni siquiera están. Tras la recuperación de tres novelas cortas, reunidas en el volumen Estrafalarios 1 (Alfaguara), y su El repelente niño Vicente (Aguilar), ayer presentó Los europeos (Tusquets), una novela publicada a finales de los años cincuenta en la que se narran las andanzas de un joven delineante y el hijo tarambana de su jefe por una Ibiza desconocida por los más que comenzaba a cimentar su leyenda de Sodoma y Gomorra. Azcona, con su reconocida y extraordinaria capacidad para los diálogos, sitúa a los protagonistas en unos terrenos menos ensoñados, y, siempre, en esa zona de pequeñas grandezas y mezquindades por la que se suelen mover los humanos.

"Mi bagaje cultural es el de un autodidacta más o menos informado"

"De los personajes de 'Los europeos' se dice lo que hacen y hablan, nunca lo que sienten o maquinan"

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Pregunta. Sorprende esa atracción por Ibiza en un logroñés con pocos medios y en los años cincuenta, cuando la isla casi no se conocía.

Respuesta. Yo no me hubiera movido de Madrid, pero Fernando Guillermo de Castro consiguió sacarme del Café Comercial, que era donde yo vivía y veraneaba en aquellos años; Fernando lo cuenta muy bien en un libro suyo, La isla perdida. Sí, del 57 al 64 fui a Ibiza siempre que pude: todavía era aquello un paraíso al alcance de cualquier bolsillo. La primera vez vivimos en una pensión de San Antonio -la Pensión Catalina- que estaba fuera del pueblo, aislada, a la orilla del mar. Muy de mañana, bajé a la terraza con la máquina de escribir y las mejores intenciones, pero me quedé mirando hacia la isla Conejera, no llegué a tocar ni una tecla, y tres meses después, al volver, tuve que tirar aquella Olivetti absolutamente oxidada.

P. ¿Qué gente encontró allí?

R. Abundaban los extranjeros residentes en la isla: precoces jubilados, pintores en ejercicio, algún criminal de guerra que otro. El verano volcaba ya oleadas de turismo: en julio empezaba a llegar el continental, con predominio del alemán; agosto era el mes del español, sobre todo de la región levantina; en septiembre triunfaba el inglés. La vida social se vivía prácticamente en los bares, y estando disponible, que era mi caso, para entrar en una fiesta privada bastaba con ponerse en el cuello un foulard. Incluso podías acabar en un yate, que los había: yo aceptaba siempre que no retiraran la pasarela que los unía a tierra, porque las copas eran gratis, pero me abstenía si se trataba de salir de pesca: aparte de que no sabía nadar, los cebos olían que apestaban y te pinchabas mucho los dedos con los anzuelos.

P. ¿Está esa gente en la novela?

R. Pues, sí, como estoy yo mismo. Pero, claro, dándole un par de vueltas de tuerca al realismo, porque el realismo, a palo seco, se queda en nada.

P. Cuénteme de las vicisitudes de la edición de la novela. ¿Por qué figuraba impreso en Francia, aunque creo que se hizo en Madrid?

R. Fernando Baeza, que ya me había editado dos libritos en una colección de humor de su editorial Arion, me pidió una novela. Escribí y entregué Los europeos mientras entraba y me quedaba en el cine, y en consecuencia no seguí de cerca las vicisitudes de su publicación. En aquellas fechas -1959, 1960- yo no estaba en Madrid, Ferreri me había llevado a Roma para escribir un episodio de Le italiane e l'amore, un filme de sketches ideado por Cesare Zavattini. Todo lo que recuerdo es que un día Baeza me dijo que, en vista de las dificultades que encontraba para publicar Los europeos en España, había decidido sacarlo en Francia. El libro apareció como editado por la Librairie Des Editions Espagnoles, 72 rue de Seine, Paris VI y con el pie de imprenta Typographie Polyglotte, Mesnil (Eure), pero yo siempre pensé que se había "fabricado" en España.

P. Es infrecuente y curioso el que un autor coja sus novelas escritas 50 años atrás y decida darlas un repaso y publicarlas de nuevo. Ya lo hizo con Estrafalarios 1, El repelente niño Vicente y, ahora, con Los europeos. ¿Qué sensaciones le provoca releerlas sabiendo que van a ser editadas de nuevo?

R. Esos libros, como casi todos los de la época, aparecieron castrados: efectos de la autocensura, porque se escribían poniendo un penoso cuidado en no provocar las iras de los censores. Al reescribirlos no hago otra cosa que restituirles lo que entonces les sisé, y debo confesar que el esfuerzo no deja de ser placentero: mientras los reescribo me quito 50 años de encima y, por otra parte, en ese retorno al pasado, tengo ocasión de enmendar algunos de mis errores.

P. ¿Siente la tentación de cambiar parte del contenido, de algunos personajes, o se limita a modernizar el estilo?

R. Me gustaría dejar claro que no se trata de una operación de cirugía estética: Los europeos es una novela sobre los comportamientos -de sus personajes sólo se dice lo que hacen y lo que hablan, nunca lo que sienten o maquinan-, y lo único que realmente pretendo es que se manifiesten en libertad. Lo que no quiere decir, de ninguna manera, que los empuje al libertinaje.

P. Siguiendo con lo de los comportamientos, los de los personajes son bastante mezquinos. ¿Cree que la España de los cincuenta condicionó y estimuló la mezquindad?

R. En aquella época, por vida sexual sana se entendía una castidad impuesta por el poder civil, que sancionaba con multas de cinco pesetas el más ligerísimo roce entre epidermis producido en vías y locales públicos, y en los púlpitos y confesionarios se tronaba y se condenaban como pecados nefandos las más normales pulsiones sexuales: tan represiva moral producía monstruos incapaces de vivir con naturalidad la vida de los sentidos y, como consecuencia,creo, la de los sentimientos.

P. Se suele decir en literatura que hay dos grandes escuelas: la de la lectura y erudición, de las bibliotecas, y la que viene de la calle, de la experiencia y observación cotidianas. Por los personajes, ambientes y diálogos de su obra, parece que su inspiración es fruto, sobre todo, de la observación callejera pese a su enorme afición a la lectura. ¿Está de acuerdo?

R. Supongo que sí. Mi bagaje cultural es el de un autodidacta más o menos informado, y no me veo metiéndome en camisa de once varas. Lobo Antunes dijo algo así como que la imaginación es memoria fermentada. Pues bien, ése es mi territorio.

P. Una de las frases comunes que se suelen decir cuando se habla de censura es la de que "las situaciones difíciles estimulan la imaginación y la creatividad". ¿Qué opina de ello?

R. Que es una falacia tan solapada como la que recomienda pasar hambre para desarrollar el ingenio: la censura castra y el hambre depaupera; si fuera al contrario, a los sementales se les machacaría un testículo para mejorar la calidad de sus espermatozoos y los grandes descubrimientos e invenciones se harían durante las más terribles hambrunas.

P. Es evidente que el turismo, las primeras extranjeras y extranjeros que llegaron a nuestras costas fueron muy importantes para cambiar la mentalidad de la sociedad, sobre todo en materia de costumbres. Al mismo tiempo, su masificación también estimuló la especulación inmobiliaria, la destrucción de las costas, etcétera. ¿Qué destacaría como positivo y qué como negativo de ese fenómeno?

R. Que el turismo demostrara que las parejas se podían besar sin que las fulminara un rayo hizo que los españoles pusieran en duda la conveniencia de ser mitad monjes y mitad soldados, que era el ideal de la educación de la época, y liberó a las españolas de la burka que llevaban por dentro. Pero, claro, en este mundo no se da nada gratis, y financiar el desarrollo vendiendo el sol a precios económicos convirtió el Mediterráneo en una cloaca de aguas más o menos depuradas.

P. En sus historias, los protagonistas suelen moverse por insatisfacción o por golfería (desde el ansia de un coche de paralítico, o la decisión de ser un anacoreta en el siglo XX, a las correrías nocturnas en busca de sexo), pero todas las aspiraciones son peculiares; no buscan la revolución, sino cosas más concretas: un polvo, un pisito, etcétera. ¿Está de acuerdo?

R. Bueno, así, en principio, parece como si esos personajes, vista la absoluta indiferencia que muestran hacia los grandes ideales, fueran de vuelo corto -gallináceo, incluso-, pero si se considera que las revoluciones, al final, las gana siempre la derecha, quizá tengan derecho a ocuparse únicamente de lo suyo. Que, por otra parte, no suele ser grano de anís, porque conseguir un pisito es una hazaña que exige dejarse la vida en los recovecos de una hipoteca, y si hablamos de la cópula no hay que olvidar que, para copular, sigue habiendo aspirantes que no retroceden ni ante el matrimonio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 25 de mayo de 2006