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Reportaje:GRANDES REPORTAJES

Mi vida sin escolta

Jueces, profesores, políticos, profesionales, cerca de mil ciudadanos vascos han de vivir con la sombra perenne de un guardaespaldas. Ante el anuncio de alto el fuego de ETA, muchos se debaten entre la tristeza por los años perdidos y la esperanza de superar su vida en libertad vigilada.

Hace mucho tiempo que están ahí. Manuel Montero recuerda haberlos visto en el funeral de su madre, y hace 20 años, cuando Ana Urchueguía tuvo a su segundo hijo, cuatro de ellos montaron guardia en la puerta del paritorio. Ramón Gómez y Vanesa Vélez se fueron queriendo al socaire de sus miradas, y el día que se casaron, allí estaban ellos, siguiendo con sus vehículos al cortejo nupcial. Ahora que ETA ha mandado parar sus pistolas, Manuel, Ana, Ramón y Vanesa esperan que, junto al miedo, desaparezcan sus escoltas, y ellos puedan convertirse, al fin, en ciudadanos normales de un país normal. También lo aguarda con ilusión Carlos Totorika, quien en sus horas bajas se ha llegado a ver matemáticamente muerto.

Se supone que están ante un paisaje emocionante, pero muchos siguen viendo niebla

Quizá porque presienten el final del túnel, casi todos cuentan su peripecia con una sonrisa

La familia está siempre presente. Se nota que los amenazados se sienten en deuda con ellos

"Yo tengo que reconocer", dice el alcalde socialista de Ermua, "que he pensado en la muerte todos los días durante muchísimos años. Y eso marca. Yo vengo del mundo de los números y he llegado a hacer cálculos estadísticos sobre la posibilidad que tenía de salir vivo. Pensaba: si cada año asesinan a 40 o 50 personas, en dos años el número sube hasta los 90 o 100. En 10 años… 500. ¡A mí me toca, fijo!".

Los 10 protagonistas de esta historia tienen pues en común haber llegado vivos y con la dignidad intacta al 22 de marzo de 2006. Aquel día que va camino de convertirse en histórico, tres encapuchados anunciaron por televisión el alto el fuego permanente de ETA, y a todos ellos les embargó entonces algo muy parecido a "la tristeza del superviviente". Pesar y rabia por los que se fueron quedando en el camino. Alivio ante la expectativa de un futuro en libertad. Maite Pagazaurtundua, la autora de la expresión, reúne en su propia vida lo uno y lo otro. La actual presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo perdió a su hermano Joseba -uno de los últimos asesinados por ETA- y a muchos amigos, pero el alto el fuego le permitirá, por primera vez en su vida, pasear a su hija de cinco años por San Sebastián sin la compañía de sus guardaespaldas.

Para imaginarse el futuro, Garbiñe Biurrun ha subido al camino de Izaskun, desde donde se ve su pueblo, Tolosa, y los montes que lo circundan. Ella, al igual que todos los jueces en el País Vasco, empezó a llevar escolta a finales de 2001. El 7 de noviembre de aquel año, ETA mató en Bilbao a su compañero José María Lidón, si bien Garbiñe recuerda que el miedo ya la visitaba desde mucho antes. "Hubo un momento en que me di cuenta de que mi entorno ya era de muertos. Y de que el perfil del asesinado era parecido al mío. Había posibilidades reales de que me mataran. Yo solía subir andando hasta la ermita de Izaskun, hasta que me entró el miedo. Un miedo atroz, un miedo absoluto, un miedo horroroso, un miedo real. Sentía que de verdad me podían pegar dos tiros".

Es una reacción común en todos los entrevistados. A la pregunta de qué harán cuando por fin les retiren a los escoltas, intentan buscar en la memoria lo que hacían cuando ellos aparecieron, y en la frontera de ese momento crucial en sus vidas siempre está el miedo. "A Lidón", recuerda el también juez Edmundo Rodríguez Achútegui, "lo mataron en noviembre de 2001, y en el siguiente traslado se fueron del País Vasco media docena de jueces. Hasta entonces, casi todos tomábamos medidas, cambiábamos de rutas, de horarios, pero no sentíamos la necesidad de llevar protección. Todo cambió cuando se llevaron por delante al amigo Lidón. La gente percibió que ya no era un magistrado de la Audiencia Nacional o el fiscal jefe de Andalucía, sino que podía ser cualquiera".Garbiñe Biurrun recuerda con espanto los momentos anteriores a que le pusieran escolta. "Lo de sentir miedo y no poder tener protección personal es una situación extraña. Yo recuerdo que me dieron cursillos de autoprotección, un vídeo ya famoso entre los amenazados. Un vídeo que aún te da más miedo: 'No abra la casa, y cuidado por dónde sale, y cuidado por dónde entra, y en ciudad no lleve atado el cinturón de seguridad', y tú dices: 'Ya, como que yo me voy a tirar del coche…'. Y cuando estás sola piensas: 'Si se supone que yo tengo que hacer todo eso y no voy a hacerlo, pues es que soy cada vez más vulnerable'. Dejé de ir al gimnasio, dejé de hacer muchas cosas, dejé de hacerlas…".

El miedo como un estribillo. La libertad con minúsculas que ellos dejaron de practicar hace ya mucho tiempo -llevar a los hijos al parque, tomar una cerveza a la hora y en el bar de siempre, pasear en solitario- está todavía oculta bajo muchas capas de miedo. Han ido a buscarla ahora, en las vísperas de la paz, y lo han hecho como quien regresa a una casa mucho tiempo cerrada. Las sábanas que lo cubren todo están hechas de miedo, y el polvo que se ha ido acumulando sobre ellas representa el cansancio, la tristeza de una vida mutilada, de unos años perdidos. "Mi vida social se ha reducido en un 90%", explica Carlos Totorika. "Si yo calculara por números de potes, cubatas o cenas mi vida social, no hago ni el 10% de lo que hacía hace casi 10 años, desde el 97, que fue cuando me pusieron escolta. Estaré ganando salud, pero se me estará soltando un tornillo de la parte de arriba".

La única razón es que existen dos vidas. Una es en libertad. La otra, sencillamente, no es vida. "Yo llevo 20 años con escolta", dice la socialista Ana Urchueguía, alcaldesa de Lasarte (Guipúzcoa), "me la pusieron a partir del asesinato de Enrique Casas, en 1984. Y yo lo que he perdido en mi vida es alegría. Me he convertido en una persona triste. No he podido ni pasear con mis hijos. Maite [Pagazaurtundua] decía el otro día que por fin podría ir con sus niñas al parque. Yo ese tren lo he perdido. Mi hija tiene 24 años, y mi hijo, 20. Mi hija me ha visto toda una vida escoltada, y mi hijo, qué te voy a contar. Yo di a luz con cuatro guardias civiles en la puerta… Nadie me iba a visitar. ¿Qué ocurría? Me lo explicó una amiga: 'Fuimos a verte, pero había cuatro guardias en la puerta y…'. Y todo eso es un sufrimiento que has vivido y que vas guardando. En todos estos años no he ido a casa de mi familia ni de mis amigos, porque me hacían seguimiento. Me he ido aislando. Mi casa se ha convertido en mi propia cárcel, donde de vez en cuando me vienen a visitar. No puedo ir al cine, ni siquiera voy a comprar ropa interior, me la traen aquí [al despacho] y me la pruebo en casa. No puedo ir al mercado dos días seguidos ni abrir mi propio correo. Yo", dice bajando la voz, "no logro imaginarme una nueva vida. No me veo en la calle sola después de tanto tiempo. Tengo la sensación de que tendría que aprender a andar de nuevo".

Maite Pagazaurtundua la está escuchando, asintiendo en silencio. Ella sabe que la alcaldesa de Lasarte no exagera. También ella se escapó de los escoltas para dar a luz y también en una ocasión la policía le dijo que el frutero de su barrio, aquel muchacho que vendía unas manzanas estupendas pero que a ella nunca le dio buena espina, había sido detenido por pasar información de sus movimientos a un comando de ETA. "Y todo eso", agrega Ana Urchueguía, "te va aislando. Vas dejando de hacer cosas con tal de sobrevivir. De todos estos años, yo nunca olvidaré dos cosas. Una es el asesinato de mis compañeros. A Froilán Elespe me lo mataron en 2001 después de 16 años viéndolo entrar por esa puerta. Lo otro que no olvidaré es leer cómo me querían asesinar. El comando Buruntza sabía todos mis movimientos. Todos. 'Ana Urchueguía Asensio. Divorciada. Dos hijos. Se le puede poner un paquete en la rotonda de entrada, dentro de una furgoneta que se vende. Pasa por ahí'. Es muy duro ver eso escrito en un papel. Es como leer tu propio asesinato".

Se supone que Ana, como las más de 1.000 personas que han estado llevando escolta en el País Vasco en los últimos años, se encuentra en estos momentos ante un paisaje emocionante, sin duda la mejor perspectiva que ha tenido en las últimas tres décadas. Sin embargo, al asomarse a esa ventana, muchos de ellos siguen viendo niebla, oscuridad todavía, y el cristal se convierte en un espejo que les devuelve su rostro cansado y, detrás de él, todo su pasado. "Es terrible", admite la alcaldesa de Lasarte, "la mejor época de mi vida ha estado condicionada por el terrorismo. Yo siempre pensé que me tendría que ir cuando todo terminara. Que a mí nunca me van a perdonar haber estado contra ellos".

Ramón Gómez y Vanesa Vélez llevan cinco años casados, pero se enamoraron hace diez, prácticamente el tiempo que él -ahora concejal del PP en San Sebastián y antes en Eibar- lleva con escolta. Vanesa, concejal del mismo partido en Lasarte y antes en Andoain, también va acompañada por dos guardaespaldas. Sin embargo, la manera que tienen ellos de afrontar el tiempo que ha de venir difiere sustancialmente de la de Ana Urchueguía. Cuando el escoltado analiza la situación, hay un aspecto que pesa más que la ideología o que la posición de sus partidos con respecto al alto el fuego, y tiene que ver con los gramos de futuro o de pasado personal que cada uno coloque en su balanza. Si de algo habla con pena la alcaldesa de Lasarte, es de no haber disfrutado de sus hijos. Y por eso mismo, pero volviéndolo del revés, a Ramón y a Vanesa se les ve con una ilusión a prueba de malos ratos: "Vamos a tener una niña en junio. Llevamos cinco años casados, pero hasta ahora ni nos lo habíamos podido plantear. Hubiera sido más fácil si sólo uno de los dos llevara escolta, pero con los dos así, ¿qué íbamos a hacer si al niño le apetecía salir o si había que ir corriendo a la farmacia? ¿Llamar a los escoltas y esperar a que vinieran?".

No hay dramatismo en sus palabras. Quizá porque presienten el final de un largo túnel, casi todos los entrevistados cuentan sus peripecias de estos años con una sonrisa en los labios. Su lucha, además de heroica en muchos momentos, está salpicada de escenas ridículas. "Yo llevo 10 años con escolta", explica Ramón Gómez, "desde que cumplí los 20 hasta los 30 que tengo ahora. Y hay situaciones, como salir de noche con los amigos o ir a comer unas alubias, que son difíciles de imaginar para quien no las haya vivido. Te dicen los amigos: 'Vamos a ir a un caserío'. Y tú piensas: '¿Cómo voy a llegar yo a un caserío de Guipúzcoa con cuatro tíos, las antenas desplegadas de los dos coches de escolta, el mío blindado porque ETA puso una bomba en mi casa…?'. Acabas perdiendo contacto con la gente. Yo, además, desde hace cuatro o cinco años tengo restricción de horario con los escoltas, y si quiero salir a tomar una copa, tengo que pedirles permiso como cuando tenía 13 años. Por eso, cuando esto acabe, lo primero que haré es comprarme una moto. Yo fui en moto desde los 14 hasta los 20 años, y era feliz por San Sebastián, pero la tuve que vender y comprarme un coche de segunda mano. ¡No iba a llevar al escolta en la moto!".

La relación con los escoltas es uno de los aspectos recurrentes en la conversación de un amenazado. También ahora que están en el zaguán de perderlos de vista. "Una compañera mía", recuerda el juez Edmundo Rodríguez Achútegui, "dice que tenemos un esclavo a nuestra disposición, y no le falta razón. Si tú te levantas a las siete, él ya está. Si te tomas un vino a la una, él está a la una; si a las tres comes, él está a la hora de comer. Si alguna noche te vas de cena y te lías, él te lleva a casa. Y a la mañana siguiente, temprano, él vuelve a estar ahí… Hay casos en que se han hecho amistades y es conocido que alguna juez se ha casado con su escolta. Se intentan mantener las distancias, porque cada uno hace su trabajo, pero después de seis meses de convivencia terminan conociéndote muy bien". Manuel Montero, catedrático de Historia Contemporánea y ex rector de la Universidad del País Vasco, pone el dedo en otra llaga: "La presencia de los escoltas te recuerda el peligro, incluso si estás fuera de Euskadi. Eres tan consciente de que estás solo, que los tienes presentes aunque no estén contigo. Es una especie de recuerdo permanente".

La presencia de los guardaespaldas distorsiona la relación del amenazado y su entorno en un doble sentido. De dentro hacia fuera, porque la capacidad de movimientos queda reducida, condicionada. Y también de fuera hacia dentro. Aunque el escoltado llegue alguna vez a olvidarse de su condición, las miradas que recibe le informan de lo contrario. Carlos Totorika lo tiene muy estudiado: "La gente siempre mira si vas acompañado. Si algún día -cosa rara- vas solo, te lo hacen notar: '¿Qué pasa, hoy no vas con escolta?'. Te ven como una especie de bicho con tres caras. Y claro que produce un alejamiento humano. A la gente sencilla le resulta muy incómodo hablar con el alcalde si va con dos policías al lado. Yo, muchas veces, en vez de un responsable institucional me siento un preso".

Y no hay preso que no se sienta solo. El profesor Montero se llegó a inventar una palabra para definir la sensación de los que, como él, vivían continuamente escoltados, aislados, solos. "Yo me siento un precadáver", dijo en 2003, "siento una soledad absoluta. Un escoltado no puede pasear mucho, pero a veces tienes que hacerlo, y entonces te encuentras con gente, un amigo, un conocido, y siempre hacen así con la mirada para ver dónde están los escoltas, y la forma en que te miran no es normal. Entonces piensas: 'Éste me está viendo como un precadáver'. Son personas con las que igual te tomarías un café, pero que intentan estar el menor tiempo posible contigo. Eso te produce una sensación de soledad enorme. Vives una vida rara. La de un precadáver paseando por la ciudad".

La juez Biurrun también sabe de esas miradas: "La mayoría me miraba con penita. Como esa señora que me acabo de encontrar y me ha dicho: 'Te iba a llamar para felicitarte [por el alto el fuego]'. Antes era lo contrario, me decían: 'Garbiñe, ¿aún así?'. Ahora me miran con curiosidad porque quizá nos hayamos convertido en un termómetro. Cuando me vean dos días sola pensarán que las cosas van muy bien…". Ramón Gómez y Vanesa Vélez dicen que su experiencia con las miradas es bien distinta. "Dos veces", cuenta él, "nos han pintado el portal con mi nombre dentro de una diana. Y entonces bajas y ves que los vecinos te miran mal porque les han pintado el portal por tu culpa. Uno o dos te dan mucho ánimo, pero el resto te mira con mala cara". "Incluso una vecina de donde vivíamos antes", tercia Vanesa, "nos llegó a decir que nos fuéramos, que nosotros y nuestros amigos, refiriéndose a los escoltas, les estábamos llevando el peligro".

Durante los años que llevan escoltados sólo han encontrado una fórmula para defenderse -a sí mismos y sobre todo a sus familias- de esas miradas nocivas, de esa sensación continua de peligro que lleva implícito el ir escoltado. "Yo", dice el alcalde Carlos Totorika, "me autoexilio en mi casa durante la semana y me voy fuera sábados y domingos". "Desde el año 97", constata la juez Garbiñe Biurrun, "no he pasado ni un fin de semana en mi pueblo, ni mi marido ni mis hijos". Y Totorika remacha: "Se van a cumplir 10 años que no me baño en una playa de Euskadi". El profesor Montero llegó a marcharse un año a México, después de una temporada muy dura en la que unos quisieron terminar con su vida y otros con su prestigio. Su nombre apareció más de 80 veces dentro de una diana y hubo una ocasión en que sus guardaespaldas tuvieron que repeler una agresión y terminaron en el hospital. Al tiempo que en la radio del coche unos tertulianos lo ponían a caldo por su presunta tibieza con el nacionalismo democrático. Hace unos meses, a la vuelta de su autoexilio reparador, Montero se encontró con que sus hijas se habían hecho lo suficientemente mayores como para tener que explicarles varios porqués, empezando por el principal: la necesidad de llevar escolta.

"Me resultó muy duro", confiesa Montero, "al irme a México eran muy pequeñas, pero al volver sentí que les debía una explicación. Y me resultó humillante. Contra lo que se piensa, nuestra situación no es nada heroica. Tener que agacharte a mirar el coche, que te lleven y te traigan… Se lo expliqué tal cual. Pasé un mal rato. Les dije la función que tiene esta gente y por qué. Me imagino que lo sospechaban, pero explicárselo fue humillante. Así de claro".

La familia, y en especial los hijos, están presentes en todas las conversaciones. Se nota que los amenazados se sienten en deuda con ellos. Los hijos de Garbiñe Biurrun tienen 13 y 16 años. Si se tiene en cuenta que su madre lleva 10 sorteando el peligro -seis con escolta-, no hace falta decir más. La juez se siente orgullosa de haber aguantado junto a ellos los años difíciles. "Por una parte", reflexiona, "dices: 'Nos vamos para que los críos no vivan esto', pero por otro lado piensas: 'No, lo tienen que vivir, es muy importante que lo vean'. Ahora puedo decir que mis hijos están absolutamente vacunados, que con lo que han visto y oído van a ser capaces de discutir todo lo que tengan que discutir sin tener jamás la tentación de usar, ni de tolerar, la violencia. Hemos vivido juntos una vida muy complicada, y eso también curte. Hay cosas por encima del miedo, por encima del riesgo, que hay que hacer. Yo me siento una mujer medio valiente después de lo que he vivido. Y, si me los hubiera llevado, les hubiera robado esa posibilidad de hacerse fuertes ellos también".

Garbiñe Biurrun, su marido y sus hijos ya han pasado un fin de semana en Tolosa, el primero después de muchos años. Y Maite Pagazaurtundua, aunque sigue con escoltas, dice que se ha aventurado por calles de San Sebastián a las que antes ni se le ocurría ir ni se lo hubieran permitido sus escoltas. "He sentido una pena especial", dice la presidenta de las víctimas, "siento que yo de momento me he salvado, pero que otros se han quedado en el camino. Al día siguiente del alto el fuego noté una cosa curiosa. Todo el peso que estaba llevando sobre las espaldas -el peso del miedo, de la preocupación, de la inquietud- no lo notaba. Vivía con ese peso y se naturalizaba conmigo misma. Pero el fin de semana después de la tregua, cuando salí a la calle con mis hijas, noté que estaba más ligera de hombros. Además, y por casualidad, pasé por una de las calles de ambiente nacionalista. Sentí que me observaban como si fuera una vaca o la mujer barbuda. Noté que les parecía rara mi presencia allí. Durante los seis años que llevo con escolta policial no había reflexionado sobre las fronteras invisibles trazadas en San Sebastián y que nos llevan separando mucho tiempo a unos y a otros".

Carlos Totorika, sin embargo, puede hacer una tesis sobre esas fronteras construidas a base de peligro, pero también de miradas hostiles. "Me hace mucha ilusión poder volver andar en bicicleta y darme un baño en mis entornos de siempre, en Markina, en Ondarroa, en Getaria o en Zarautz. Quiero ir y encontrarme libre. No volver a ver esas miradas que te están golpeando. Yo creo que esto debe ser como la transición. En esos años, los demócratas nos movíamos libremente, y quienes habían sido franquistas ni manifestaban orgullo por su pasado ni te miraban con aires de superioridad". El alcalde de Ermua ve la libertad en una postal de playa todavía lejana para él: "Estar tomando el sol y que el de la toalla de al lado sea uno de HB y que a él le parezca normal tener a un socialista al lado en vez de que su mirada despida odio o que esté pegando un telefonazo a su cuadrilla para que me den una paliza. Así identifico yo la libertad".

La prudencia y la cautela siguen presidiendo los movimientos de todos ellos, pero dice Ignacio Latierro, el responsable de la librería Lagun, que tiene unas "ganas locas" de que los amenazados puedan vivir por fin sin el corsé de los escoltas. "Por mí", explica, "y sobre todo por los amigos de los pueblos, para los que ha sido mucho más duro. Hay muchas ganas de recuperar la libertad de horarios y de costumbres, y de olvidar esta vida planificada que te limita tanto. Decía el otro día Estanis Amuchástegui [concejal socialista de Andoain, uno de los pueblos de Guipúzcoa donde la presión terrorista ha sido más cruel] que lo que él añora de verdad es abrir la ventana los domingos y, si hace bueno, irse al monte, y si llueve, volverse a meter en la cama. Eso, a día de hoy, es imposible porque tienes que programar hasta tu ocio con los escoltas, y eso, que aparentemente es tan nimio, se convierte en un factor fundamental en tu vida".

Esas "ganas locas" de Latierro se confunden con la nostalgia por la antigua librería Lagun, abierta durante décadas en la Parte Vieja de San Sebastián y que tuvo que ser trasladada después de un sinfín de ataques del entorno radical. Lagun ya no podrá volver al corazón de la ciudad -el local era alquilado y ahora es una tienda de vinos-, pero será una buena señal que los libros dejen de estar escoltados y que Ignacio Gil, alcalde popular de Labastida y vitivinicultor de profesión, pueda subirse al tractor sin que los guardaespaldas tengan que seguirle a trancas y barrancas. "Nadie sabe lo que es eso", dice Gil, "para mí la libertad es ir donde quiera, como quiera y cuando quiera".

A ese día, Manuel Montero ya le ha puesto nombre incluso: el Día de la Libertad. El ex rector está sentado en una de las cafeterías de la Universidad del País Vasco, repleta de estudiantes y profesores. Montero, que no perdió su sonrisa ni en los días más difíciles, mira a los alumnos y piensa: "Toda está gente, todos los vascos con menos de 40 años, se han tenido que plantear en un momento de su vida si matar tiene justificación o no. La inmensa mayoría dio la contestación evidente, pero lo grave, lo terrible, es que se lo hayan tenido que plantear". Dice Manuel Montero que está contento porque, con un poco de suerte, sus hijas ya no tendrán que hacerse esa pregunta maldita.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de mayo de 2006