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COLUMNA

La sensibilidad

Lo que me deja más perpleja de toda la ridícula historia de la ridícula estatua es que haya políticos que comiendo gracias a un sistema democrático declaren, sin sonrojo, que no hay por qué herir la sensibilidad de los nostálgicos de una dictadura. La pregunta es de cajón: ¿y por qué no hay que herirlos? En los países europeos que vivieron bajo la bota de un dictador se hirió posteriormente la sensibilidad de los que le apoyaron, y cuando se retiraron los símbolos colocados a mayor honra del tirano no hubo polémica, sencillamente, porque un Gobierno democrático no tiene que dar explicaciones cuando se trata de defender su sistema. Muchos somos los que pensamos que se debiera haber hecho antes, que la derecha, tanto como la izquierda, debiera haber pensado que esos símbolos ofendían a diario a los que de una forma u otra habían sido humillados durante años. Todos en España, en este país pequeño y poco mezclado con el exterior, tenemos familiares franquistas, o teníamos, porque en España mucha gente se acostó franquista y se levantó demócrata, y todos les ofendimos en alguna ocasión, cuando éramos jóvenes, cuando nuestro comportamiento se diferenció del suyo, cuando empezamos a afiliarnos a partidos o sindicatos, a exigir el divorcio, el aborto, la emancipación legal de la mujer, nuestras libertades públicas. En cada uno de esos pasos había una implícita ofensa a esa otra parte de nuestra familia que hubiera deseado que todo siguiera como siempre. Cuando se avanza se hiere la sensibilidad de alguien. Todos los hijos hieren en algún momento la sensibilidad de sus padres, a no ser que se queden cuajados en el sofá familiar. Es lógico sentirse orgulloso cuando se le explica a un extranjero cómo España pasó de un régimen a otro sin que el país se precipitara al desastre, es algo que el mundo mira con asombro, la magia con la que el país de la vehemencia verbal consiguió el equilibrio. Pero eso no quita para que la prensa internacional no haya mostrado su asombro por la empecinada permanencia de algunos símbolos del pasado. A mí no me preocupa lo más mínimo que algunos franquistas nostálgicos se lleven un mal rato (es más, me sorprendió ver a Blas Piñar, creía que había pasado a mejor vida). A mí lo que me preocupa, y mucho, es que eso le preocupe a la derecha democrática.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 23 de marzo de 2005