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LA GRAN FIESTA DEL LIBRO

Jiménez Lozano, el Cervantes más austero

Las fuertes medidas de seguridad impidieron, por primera vez, que la tuna entrara en el patio universitario

El escritor José Jiménez Lozano recibió ayer, de manos de los Reyes, el Premio Cervantes 2002, en medio de impresionantes medidas de seguridad. El escritor dedicó su discurso a trazar "una silueta de Miguel de Cervantes, de nuestra lengua y de quienes en el ancho mundo la hablan, la entienden y la aman". El rey Juan Carlos y la ministra de Cultura, Pilar del Castillo, glosaron la figura de un autor que ha cultivado todos los géneros y que tiene a Cervantes como escritor de cabecera. El acto no contó con demasiadas caras conocidas del mundo de la cultura. Fuera, en la puerta del Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, varias decenas de personas pedían a gritos la paz y llamaban "asesinos" a los políticos del PP.

Fue el Cervantes más austero de la historia, como corresponde a un escritor castellano cuya obra huye de lo desmesurado y el oropel. La entrega, ayer, del máximo galardón de la literatura en castellano al escritor José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930), en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, estuvo marcada por la sombra de la guerra y por las medidas de seguridad. Se impidió el acceso al interior del recinto hasta a la tuna, que tradicionalmente le canta al ganador algunos de sus temas en el patio de la Universidad, y en el jardín de acceso se alejó bastante más que otros años a los curiosos que acuden a presenciar la entrada y salida de caras conocidas. En esta ocasión, una parte del público concentrado portaba pancartas a favor de la paz, y muchos de los invitados, entre los que se encontraban el presidente del Gobierno, José María Aznar -Jiménez Lozano se cuenta entre sus escritores favoritos-, y su esposa, Ana Botella, fueron recibidos o despedidos con gritos de "asesinos" y "No a la guerra".

Un oficio modesto

Ajeno al ambiente exterior, aunque algo nervioso por la situación, José Jiménez Lozano leyó un discurso vigoroso y trabajado en el que se refirió a la tarea del escritor -o escribidor, como a él le gusta decir para quitar empaque a "un oficio que al fin y al cabo es tan modesto"- como alguien que anda metido "en todas esas responsabilidades de la lengua para nombrar al mundo, como desde lo que llamamos literatura se nombra, y John Keats nos explica tan hermosamente cuando nos dice que hay que hacerlo teniendo los pies en el jardín de casa y tocando con un dedo en las esferas del cielo".

Jiménez Lozano, que es autor de casi cincuenta títulos entre novelas, ensayos y poemarios, convirtió su alocución en un homenaje a la lengua y al escritor que más ha influido en su obra, Miguel de Cervantes. "En la escritura, nadie es grande por su estilo sino por su gramática; no lo es por su crítica política, social o de costumbres, sino por tocar la gloria y la llaga de la naturaleza del destino humano, que parece revelarse sólo a aquellos que, como Miguel de Cervantes, prestan mucha atención y tienen mucha misericordia con los hombres, y desarman con su ironía el nudo gordiano de las paradojas del vivir".

El autor de Las señoras aseguró que el escritor alcalaíno se alimenta de la "memoria y de la escucha, que son la materia del contar", y reconoció la influencia del pensamiento renacentista en el autor del Quijote. A juicio del premio Cervantes 2002, Cervantes debe ser incluido en ese pequeño gremio de los genios verdaderos que "Simone Weill señala como los únicos dignos y capaces de mostrar la desgracia y la condición de los aplastados por ella". El premiado, que estuvo acompañado por sus hijos y dos de sus cinco nietos, se refirió al oficio de novelista como una tarea profundamente misteriosa que molesta al mundo moderno.

Jiménez Lozano aludió en su discurso, entre otros, a escritores como Flannery O'Connor, Fray Luis de León, Heidegger, Virginia Woolf o Teresa de Ávila, pero la ministra de Cultura no se quedó atrás. En su discurso, citó a 14 escritores extranjeros y 4 españoles. Del Castillo reconoció que el galardonado ha demostrado de sobra "su pertenencia a la estirpe literaria y moral que deriva de la enseñanza cervantina y que tiene dos rostros: el de la humildad y el de la ironía".

Humanismo cristiano

También el rey Juan Carlos citó en su alocución a escritores, en su caso dos españoles, Francisco Umbral y Miguel Delibes, al referirse al talento que el premiado ha volcado también en el mundo del periodismo con artículos que son un "ejemplo de profundidad y claridad". El Rey se refirió también al humanismo de raíz cristiana de su obra. "Mucho de razón lúcida, de profunda belleza y de meticulosa tarea, hay en la obra de Jiménez Lozano, quien, cervantinamente, parte de lo pequeño y frágil, y de los protagonistas de la vida cotidiana, para descubrir en ellos los mil rostros de la condición humana", aseguró el Rey.

La profusión de escritores citados en todos los discursos contrastó con la escasa presencia de autores en el acto. Prácticamente sólo Gustavo Martín Garzo, amigo y admirador del premiado, y Manuel de Lope, que no le conoce personalmente, arroparon al premiado. Entre los asistentes se encontraba también Joaquín Leguina, con la toga y el birrete como presidente del Consejo Social de la Universidad de Alcalá; los políticos socialistas Salvador Clotas y Carme Chacón; el presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón; el banquero José Miguel Sánchez Asiaín y el director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha.

Tras los discursos, se celebró un cóctel en el patio del Paraninfo que fue tan fugaz como austero había sido el acto de entrega del galardón. Jiménez Lozano, con un zumo de tomate en la mano, aseguraba con esa candidez que caracteriza a los sabios despistados que no se había puesto nervioso, pero que se le había enganchado el traje en el atril cuando subió a leer el discurso y pensaba que no iba a poder bajar. Fue visto y no visto, pero pese a las rígidas medidas de seguridad, los Reyes y Jiménez Lozano saludaron a la tuna cuando abandonaban el Paraninfo y éstos pudieron cantarles el clásico Clavelitos, mientras el público congregado se dividía en las consignas. Unos lanzaban vivas a los Reyes y otros gritaban "No a la guerra".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de abril de 2003