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EL IMPERIO SE REARMA

EE UU agiganta el abismo militar con el resto del mundo

El nuevo presupuesto de defensa multiplica por 10 la suma del gasto de Rusia y China

Washington
Las Fuerzas Armadas de EE UU ya son, con mucha diferencia, las más potentes del mundo. Lo que se plantea ahora es la posibilidad de que, en aproximadamente una década, sean más fuertes que la suma de todos los demás ejércitos del mundo. Es decir, que un solo país ejerza, al menos en términos de capacidad ofensiva no nuclear, el poder militar absoluto en el planeta. El proyecto de presupuesto presentado esta semana por el presidente George W. Bush supone un primer paso hacia ese objetivo. La inversión económica prevista adjudica al Pentágono 379.000 millones de dólares (unos 440.000 millones de euros), lo que significa un aumento de 48.000 millones.

La Casa Blanca está en pie de guerra. Una buena parte de lo que gastará el Pentágono este año es puro derroche, pero en el horizonte se dibujan armas de ciencia-ficción, como un avión capaz de entrar en órbita, para un ejército que quiere utilizar su superioridad para mantenerse lejos del campo de batalla.

Los 48.000 millones de dólares (55.000 millones de euros) que aumentarán los gastos de Defensa bastarían para financiar durante año y medio todo el Ejército francés, el segundo más caro de la OTAN, después del de EE UU; los 379.000 millones de dólares (433.600 millones de euros) presupuestados para el Pentágono suponen casi el 40% de todo el gasto militar mundial; esa misma cifra viene a ser 10 veces superior a lo que gastan juntas Rusia y China.

Después de los macroatentados del 11 de septiembre, todo lo militar es sagrado

Se gastará un dineral en un avión que debe sustituir al bombardero de largo alcance B-52

El presupuesto militar presentado por Bush para el ejercicio septiembre 2002-agosto 2003 no supone, sin embargo, un cambio sustancial. El rostro del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, era pura melancolía el pasado martes, cuando compareció ante una comisión del Senado para explicar las líneas maestras del gasto militar.

Rumsfeld afirmó que el presupuesto 2002-2003 se corresponde con las 'nuevas y cambiantes' circunstancias y adaptaba las fuerzas armadas a 'las necesidades de la primera mitad del siglo XXI'. Mentía, porque él mismo, antes del 11 de septiembre, había defendido ante esa misma comisión la necesidad de reformar a fondo la estructura y el armamento del Pentágono, siguiendo las consignas que lanzaba por entonces el presidente Bush: 'Hay que saltarse una generación tecnológica'. Pero después de los macroatentados, todo lo militar es sagrado. El proyecto de presupuesto de Defensa, que los especialistas califican de inadecuado, será aprobado casi sin cambios.

Lo que han hecho Bush y Rumsfeld ha sido aumentar sustancialmente los sueldos (más del 4%) y mejorar el sistema sanitario castrense, y ceder a todas las presiones del Pentágono y de la industria de armamento. Cuando Bush proclamaba la necesidad de 'saltar una generación' en materia de tecnología bélica, se refería a cosas como el F-22 Raptor, un avión de combate supersónico, casi invisible a los radares y muy maniobrable. Pero fue concebido en los años ochenta, en el momento culminante de la guerra fría, y cuando el primer prototipo voló por primera vez, el 7 de septiembre de 1997, ya era prácticamente inútil. El F-22, un caza casi puro, de corto alcance, debía servir para librar batallas aéreas contra los aparatos similares que, supuestamente, debían poseer los soviéticos. Todo eso ya no existe. No todos los enemigos de EE UU en un futuro previsible serán tan miserables en capacidad aérea como Afganistán, pero no parece concebible que ninguno de ellos (Irak, Irán, Corea del Norte o una potencia superior) pueda disputarle la supremacía del cielo y requiera una reedición de la batalla de Inglaterra.

'La experiencia de Afganistán demuestra la dificultad de establecer bases terrestres cerca de la zona de conflicto y, por tanto, debería orientarse el gasto hacia la aviación de largo alcance. Por el contrario, armamento tan tradicional como los cazas tácticos de corto alcance y la artillería pesada sigue acaparando la mayor parte del presupuesto', afirma Steven Kosiak, del Centro de Investigaciones y Estudios Presupuestarios de Washington.

La actual generación de F-14, F-15 y F-16 podría mantenerse activa hasta la entrada en funcionamiento del Joint Strike Fighter (JSF), el proyecto de cazabombardero polivalente encargado el verano pasado a Lockheed Martin (fabricante también del F-22), por los Gobiernos de Washington y Londres, con un presupuesto máximo de 200.000 millones de dólares (228.800 millones de euros). El Pentágono comprará durante esta década, sin embargo, hasta 3.000 unidades de cazabombarderos, que costarán 300.000 millones de dólares (343.249 millones de euros, equivalente a todo el presupuesto español, Seguridad Social incluida) y estarán prácticamente obsoletos desde el primer momento. El JSF llegará después.

Aún más curioso es el mantenimiento del V-22 en el presupuesto. Ya intentó acabar con él Bush padre a principios de los noventa. Es un avión de hélices fabricado por Boeing, capaz de aterrizar y despegar verticalmente para transportar tropas (24 soldados) o carga. Cada año está a punto de ser eliminado, y cada año sobrevive.

En la cúspide de lo superfluo se sitúa, según todos los analistas, el Crusader, vehículo blindado con artillería pesada. Nadie es capaz de concebir en qué situación sería útil. Con la supremacía aérea asegurada, EE UU no necesita grandes batallas de tanques y artillería. El último enfrentamiento de ese tipo contra un ejército relativamente potente, Irak, duró horas, porque la aviación había hecho todo el trabajo.

'Después de tantas críticas a la política militar de Bill Clinton, todo permanece prácticamente igual: 10 divisiones terrestres, 12 portaaviones y 20 divisiones aéreas', indica Kosiak. 'Los cambios son muy menores, como el aumento en la dotación para la Defensa Antimisiles Balísticos (la llamada guerra de las galaxias en su segunda versión, que recibirá 7.000 millones de dólares) y la transformación de los submarinos para que lancen misiles convencionales de crucero Tomahawk, en lugar de misiles balísticos Trident', agrega.

'Los parlamentarios tienen intereses domésticos que atender, contratos industriales que mantener en sus Estados, y la burocracia prefiere funcionar por inercia', afirma Marcus Corbin, analista-jefe del Centro para la Información sobre Defensa. 'Eso explica que no se atiendan las necesidades militares reales'.

Paradójicamente, las armas más útiles y más modernas en el conflicto de Afganistán son muy baratas y casi no hace falta presupuestarlas: en caso de necesidad, se puede rebañar otra partida para adquirir nuevas unidades. La actual estrella del arsenal estadounidense es el avión teledirigido, del tipo Predator (para reconocimiento y, con un lanzamisiles acoplado, también para ataque) o Global Hawk (reconocimiento). El Pentágono gastará sólo 425 millones de dólares en estos aparatos en el próximo ejercicio, pero invertirá 693 millones en hacerlos más efectivos.

Una partida crucial es la de investigación y desarrollo, que aumenta un 25%, hasta los 54.000 millones de dólares. El sistema antimisiles no está incluido ahí. Ese dineral se destinará, en gran parte, a desarrollar una nave que sustituirá en el futuro a los viejos bombarderos de largo alcance B-52 (que debutaron en Corea y han demostrado nuevamente en Afganistán su capacidad operativa y destructiva) y que desplazará literalmente hasta el cosmos al ejército más poderoso del mundo. El Pentágono trabaja desde hace años en un proyecto aeronáutico, muy confidencial: una nave capaz de salir de la atmósfera y entrar en órbita hasta recibir la orden de ataque. Entonces volvería a la atmósfera, bombardearía y desaparecería en el cielo, lejos del alcance de cualquier enemigo.

Guerras atípicas y muy asimétricas

'Uno de nuestros soldados de élite montado a caballo, con un ordenador portátil atado a la silla y conectado con un satélite que nos daba a nosotros, y a él, su posición exacta; en esas condiciones, el soldado podía acercarse hacia el objetivo y, con un láser, guiar desde tierra el ataque de nuestra aviación'. El general John Jumper, jefe de la Fuerza Aérea estadounidense y miembro de la Junta de Jefes de Estado Mayor, describió así ante un grupo de periodistas lo que, según él, constituía una escena representativa de la guerra de Afganistán y del tipo de conflictos que la superpotencia militar tendría que librar en un futuro próximo. Jumper vaticinó 'guerras atípicas y muy asimétricas'. 'Ya no es cuestión del número de combatientes, sino de su capacitación técnica', dijo. El Pentágono dispone de casi 1.400.000 personas dedicadas a Defensa, de las que sólo 3.000 han sido necesarias en Afganistán. 'Cuanto más primitivos son los métodos del enemigo, más refinada debe ser nuestra tecnología para localizarle; ésa es la lección que nos ha enseñado Afganistán'. El jefe de la aviación de EE UU calificó de 'extraordinaria' la utilidad de los pequeños aviones teledirigidos, como el Predator y el Global Hawk, cuyo primer vuelo fue en 1995, y sugirió que en poco tiempo, cuando los modelos evolucionaran, asumirían algunas de las funciones desempeñadas actualmente por los cazabombarderos. 'Estamos explorando intensamente el uso del espacio', afirmó. El general Jumper indicó que el avión capaz de entrar en órbita era sólo uno de los proyectos en que trabajaba la Administración Nacional para la Aeronáutica y el Espacio, para consagrar la supremacía aérea estadounidense: 'El uso de satélites y de bases espaciales permanentes ofrece un potencial enorme, pero, de momento, todo eso está en manos de los científicos y su plasmación concreta no es cosa de un par de años'. La militarización del espacio suscitaba una polémica antes del 11-S que ha desaparecido. Ahora, apenas quedan voces críticas en EE UU frente al relanzamiento de la carrera armamentista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de febrero de 2002

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