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Crítica:TEATRO: 'DOÑA ROSITA LA SOLTERA'

Estampas del novecientos

¿Qué queda hoy de esta obra? Una belleza verbal. Unos gritos de principios de siglo: contra los ricos, contra la presión ejercida sobre las mujeres decentes. Un. final de época: se van doña lisa, el ama y la tía de la casa que ya no pueden mantener, mientras el viento entra por el jardín y una puerta se golpea, una y otra vez. Un golpe seco: como el del hacha cortando los árboles en El jardín de los cerezos.No sería extraño que Lorca hubiese leído a Chéjov, o le hubiese visto representado. No es una exageración de la puesta en escena de Tamayo; si lo ha acentuado algo, es con razón: un homenaje justo. La diferencia es que Chéjov era contemporáneo de sus personajes, y Lorca los sitúa más atrás del suyo, en el novecientos: les añade su nostalgia. Constructiva, digamos: ya se estaba acabando el tiempo de las solteronas, de las encerradas, de la mujeres empalidecidas en la espera, engañadas por un hombre. Luego volvería, pero eso no lo sabía Lorca: tuvieron que pasar sobre su cadáver, y lo hicieron. Otras reminiscencias encuentro en esta obra. El diálogo de amor me vuelve hacia Zorrilla, hacia la quinta de Don Juan: y es que el personaje, aunque todavía no lo sepamos, es un donjuan. Otros versos a Villaespesa: su paisano, su compañero de antología: murieron el mismo año. Suena, en fin, a modernismo. Pero todo ello transformado por Lorca en él mismo; en su imaginación filológica, en su sensibilidad. Queda, por lo tanto, mucho para ver y oír.

Doña Rosita la soltera, o el lenguaje de las flores

De F. García Lorca. Ilustraciones musicales de Antón García Abril. Intérpretes, entre otros: Carlos Álvarez, Carmen Rossi, Julia Martínez, Silvia Marzo, Emilio Marco, Isabel Gaudí, Cristina Goyanes, Luz Nicolás, Vicente Gisbert, Mari Begoña, Patricia García, Raquel Arenas, José Segura. Escenografía y vestuario: Pedro Moreno. Dirección: José Tamayo. Teatro Bellas Artes. Madrid.

Se ve y se oye bien. Silvia Marzo pasa la prueba; algo más que pasarla. En el primer acto, cuando Rosita es saltarina, alegre, muchacha, se la espera para el segundo, donde ya es mayor que su propia edad y tiene que tener otro reposo y otra actuación, y también gana, y para el tercero, donde la amargura la domina, donde el amor, ya inútil, ya estéril, la deja dispuesta para terminar, para no esperar ya nada; crucificada entre las dos viejas: en un momento, sostenida por ellas como en una imagen del desprendimiento: y ahí queda consagrada como primera actriz. Pasa muy bien la prueba, y la pasa la compañía, y el escenario es grato y evocador, como los trajes, y los movimientos están hechos con la teatralidad con que se escribieron, y la música es bonita y evocadora. Y así salieron todos a saludar, y Tamayo, pronunció tres palabras, Lorca ganó una vez más, y el público se fue contento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de marzo de 1998