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Está todo por pensar

Fue un siniestro designio que nunca alcanzaremos a olvidar. Negros augures parecían complacerse en el anuncio: los militares nunca pasarán por eso. Y, en efecto, no pasaron. Lo recuerdo todo desde este extremo del tiempo, con la misma memoria que los de mi generación. Tras las primeras noticias, sólo nos que daba la esperanza de la interpretación. Pero aquella oscura por tada de Triunfo clausuró definitivamente el sueño. Acaso todo había sido un gigantesco error.. ¿Demasiado deprisa? ¿Demasiado despacio? Quienes estaban en condiciones de hacerlo, deteminaron que lo primero. Se diagnosticó que la unión de la izquierda no era posible. Empezó una imparable carrera de mínimos. Había que pactar para ser: se propuso el compromiso histórico. Luego vino un. rosario de renuncias y abandonos: unos se desprendieron -como el que suelta lastre- del marxismo, otros del leninismo, se perdieron las siglas y con ellas buena parte de la identidad.... De entonces para acá no hemos hecho otra cosa que retroceder, que aproximar aquel inicial y lejano horizonte utópico de expectativas hacia lo que ahora hay hasta con vertimos en apólogos de la su pervivencia, en decididos combatientes en favor de lo bueno que todavía pueda contener lo existente. Quién nos lo iba a decir: socialdemócrata, hoy, tiene connotaciones progresistas. A este progresismo, por difuso que pueda parecer, se le opone más de una forma de relacionar se con el mundo. La más notoria, representada por los pensamientos abiertamente conservadores, es la que explicita su conformidad cuando no su entusiasmo, con lo dado. Pero hay otras que, tras la apariencia contraria, terminan desarrollando idéntico efecto. Es el caso de muchos supuestos críticos radicales del poder -o de la política en general- que, partiendo de una concepción difusamente spinoziana de aquél, terminan cortocircuitando la posibilidad de cualquier acción. Nada escapa según ellos a los designios del poder, incluyendo, cómo no, y en lugar muy destacado, el discurso mismo. El difunto Popper se hubiera frotado las manos con esté discurso, hubiera encontrado en el un renovado modelo para sus críticas. He aquí un ejemplo paradigmático, de propuesta inmune a cualquier reproche, hubiera manifestado a buen seguro. A sus defensores todo les da la razón: no hay modo de falsearlos. Ampliemos por un momento el campo de sus afirmaciones. Si se refieren: a, una organización social democrática la descalifican con el desdeñoso argumento de que la democracia no es, otra cosa que "uno de los rostros del poder", y si se refieren a una dictadura ya no les hace falta apelar a las máscaras: ella, es "el auténtico rostro del poder". Si se propone un debate racional, como alternativa a la violencia dictaminan: "Al poder ya no le hace falta reprimir". Pero como a alguien se le ocurra plantear alguna solución de fuerza, por más respetuosa que sea con el. Estado de derecho, ya sabe lo que le espera: "El poder no sabe hacer otra cosa que reprimir", y así sucesivamente. Dichosos aquellos que nunca se equivocan, porque no necesitarán moverse de donde están. Como contrapartida, no les será dado acceder a nada nuevo. Y esto último -sólo esto último -es lo que importa. Por que si las cosas son como, ellos di cen, de manera que todo cuanto ocurra o hagamos será resultado de la eficacia del poder, ¿qué sentido tiene proponerse nada? .Tiene sentido, sin duda, proponerse objetivos porque es la condición de posibilidad de nuestra supervivencia como aspiran tes a protagonistas, aunque sea modestos, de lo que nos. ocurre. O eso, o malpasar aplastados por un presente sin espesor alguno, vaciado de toda memoria y de todo proyecto., Resistir es reecordar y proponer. Nada que ver esta resistencia con esos fáciles radicalismos verbales, de notable rentabilidad publicística, que permíten vivir en un infierno personal confortable (tal parece como si algunos actuaran movidos por la consigna "ya que no podemos destruir el Estado, vivamos de él").

Pero proyectar con sentido exige tener una afinada percepción de las virtualidades del presente, cosa nada fácil por otra parte. Habermas ha hecho a este respecto una consideración incitante: las utopías no han desaparecido sino que han emigrado del mundo del trabajo al mundo de la vida. Probablemente convenga seguir esta pista, intentar ser capaces de detectar el rumbo al que debieran encaminarse nuestros deseos. Tanto condicional alberga una reserva acerca de quiénes están en mejores condiciones de hacerse cargo de esa tarea.

La evocación inicial implicaba una respuesta: el curso de nuestra historia reciente se deja mirar como el retrato de familia de una generación. Wittgenstein, que no temía al dolor, dijo algo enorme, imponente, en su sencillez: "La grandeza de lo que alguien escribe depende de todo lo demás que escriba y, haga". Tal vez el conjunto de lo ocurrido pueda ser visto como un extraño privilegio. Hemos envejecido al ritmo de la historia, como la historia misma. Pero eso no impide sino que obliga a añadir algo: somos, por lo menos en un sentido, una generación avergonzada. De ahí el título, levemente testamentario, de este artículo.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 09 de octubre de 1995.

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