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Tribuna:

¡Ojalá gane el mejor!

La creación de unos premios al cine español por parte de la Academia supuso una nueva etapa en las relaciones entre ésta y el público. Las razones prácticas para la creación de los Goya, a mi modo de ver, serían, por un lado, incentivar la competencia entre los creadores y, por otro lado, dar a conocer al público a los responsables que están detrás del cine que se hace en nuestro país, promocionando de este modo sus obras. Todo ello, en suma, estaría enfocado de un modo u otro hacia un único destinatario: el espectador.Por lo tanto, pienso que hay vanas preguntas que cabe hacerse. ¿En qué medida, el público conoce o sigue estos premios?, ¿Cuál es la imagen que éste tiene de los Goya?, ¿Cree el espectador en la justicia de los galardones? Quizá alguna de estas preguntas se podría responder atendiendo a datos más o menos objetivos de venta y audiencia. Sin embargo, existen dudas respecto al verdadero interés y la imagen de los premios.

El tremendo peso de los Oscar de Hollywood ha provocado que la comparación a la baja sea inevitable. Esto no tendría nada de peyorativo si la ceremonia fuera realmente algo fresco y original, cosa que ya se consiguió en la pasada edición presentada por la impagable Rosa María Sardá. En cuanto a la imagen de premios mas o menos justos, me temo que sea más complicado convencer al público de la total honradez de los resultados. Es difícil imaginar otra forma de votación; sin embargo, no parece lo más justo que, al ser secreta, uno pueda desde votarse a si mismo, hasta votar (sin ver una sola película) en función de sus amores-odios-intereses personales.

Los ejemplos, año tras año, han mermado peligrosamente la credibilidad ante el respetable. Un técnico, o actor de reparto novel o desconocido, estará condenado a no ser candidato, en favor de un compañero más renombrado, al margen de la calidad del trabajo de ambos (recordemos que muchas de las películas jamás se estrenan, ¿es justo que sus autores pierdan matemáticamente el derecho y la posibilidad?).

La competencia de una pe lícula entre cuyos técnicos se encuentre un gran número de académicos, la catapulta hacia las nominaciones, marginando de nuevo la cuestión calidad. Este anónimo medio de votación posibilita también un maquiavélico método de castigo "académico": un votante no tiene a veces más remedio que proponer entre las tres candidatas que se le exigen alguna que no le emociona. Sabe que en la votación final la puede "castigar" con elegancia, ya que sólo se pide un nombre. Esto provoca situaciones tan ridículas como el castigo a Átame [de Pedro Almodóvar] después de 14 candidaturas. Los Goya necesitan el respeto del público, quizá deberíamos empezar por respetar su inteligencia. Suerte, ójala gane el mejor.

es director de cine.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de enero de 1995