UN MAESTRO DE LA GENERACIÓN DEL 27

Muere Dámaso Alonso, patriarca de las letras españolas

Falleció a los 91 años, después de una vida dedicada a la Academia, la filosofía y la poesía

La literatura española del siglo XX debe a Dámaso Alonso los atisbos más geniales sobre los escritores más jóvenes, comentó al salir de la casa Manuel Alvar, director de la Española. Pero en cambio los escritores más jóvenes no habían acudido aún ayer a primera hora de la noche a despedirse de quien estaba considerado desde hacía mucho como uno de los grandes patriarcas de las letras. españolas, pese a que, como dijo Fernando Lázaro Carreter, "su verdadera muerte había sucedido hacía dos años, cuando perdió el habla". El cortejo fúnebre partirá hoy a las 12.45 de su casa, en el número 23 de la calle de Alberto Alcocer.Dámaso Alonso murió en los primeros minutos del día que había de marcar el 42 aniversario de su ingreso en la Real Academia Española, y en la primera noche de la semana en que aflojó el frío de la noche hasta sólo cero grados, la temperatura en que se hielan los estanques. Difundida por los académicos y, también, por los soplones de las funerarias, la noticia sólo comenzó a saberse a media mañana, a tiempo de ordenar la suspensión de la elección que a las siete de la tarde había de decidir, entre Francisco Umbral y José Luis Sampedro, quién ocuparía en adelante el sillón F, el de Manuel Halcón. "Enterados del fallecimiento del maestro, le enviamos nuestro afectuoso recuerdo y sentido pésame", dice el telegrama enviado por los Reyes.

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"Se nos ha muerto"

Eulalia Galavarriato estaba destrozada. A sus 85 años, sin hijos, dijo quien pudo verla que lloraba e inclinaba la cabeza, y durante una misa que ofició el cura de la parroquia a las cinco de la tarde tuvo que permanecer sentada. A esa hora ya se había instalado una capilla ardiente en el ala de la casa que hace de biblioteca, una biblioteca armada de cerca de 100.000 libros en dos pisos, y allí se había instalado el féretro que dos empleados habían traído tan solo media hora antes: un gran féretro de madera noble con un Cristo en la tapa; de uno de sus brazos pendía amarrada, con un hilito blanco, una misteriosa llave. Los empleados entraron primero con la tapa, por lo que el ataúd permaneció un buen rato frente a la puerta, mientras, un montón de fotógrafos y reporteros permanecían en un silencio asustado. Caía la tarde del invierno y unos asmáticos rayos de sol se filtraban por las hojas de unos pocos árboles polvorientos."Los españoles podemos decir que se nos ha muerto Dámaso Alonso", dijo Pedro Laín Entralgo, heredero en la dirección de la Real Academia Española que Alonso ejerció, tras sucesivas votaciones, durante 14 años. Y a Rafael Lapesa, hombre en apariencia brusco a quien las gafas de hipermétrope le subrayan la sensibilidad, se le notaba particularmente afectado: eran amigos desde muchachos. Un día de no hace tanto, contó Lapesa, Dámaso Alonso se quedó mirando las flores de su amplio jardín que ya, como ayer, se había quedado sin flores. "Está... está...", dijo Alonso con esfuerzo, refiriéndose al jardín, "está... sin poesía".

Sin poesía seguía ayer. La casa de Dámaso. Alonso es una grande y sobria construcción de dos cuerpos y ventanas enrejadas que da a una extraña callejuela irregular en la calle Alberto Alcocer, que compró con las 100.000 pesetas ganadas como profesor en universidades americanas. La casa está cercada por altos edificios donde lo que triunfa es el ángulo recto, y a su permanencia no puede ser ajena la negativa a enriquecerse, el deseo de espacio, en definitiva una concepción del mundo. Cuando la compró era una zona apartada, no era Madrid, era Chamartín, provincia de Madrid. Una casa con huerta y jardín que hoy parece una reliquia, una extravagancia.

"La Generación del 27 a la que permanecía Alonso", dijo Jorge Semprún, ministro de Cultura, "ha sido la más importante del mundo como generación. No estoy diciendo ahora que no haya poetas más grandes fuera de España, aisladamente, pero como generación la del 27 es incomparable". Semprún no había acudido hasta ayer a primera hora de la noche al velatorio del poeta, si bien el director general del Libro, José Manuel Velasco, anunció su asistencia al funeral.

Y sin embargo no siempre. hubo esa unanimidad. La posición de Dámaso Alonso en la guerra y después, al igual que la de Gerardo Diego, no fue comprendida pues sus demás compañeros de generación, o habían muerto o se habían marchado al exilio: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Pedro Salinas, Luis Cernuda, José Bergamín...

Dámaso Alonso vivió la mayor parte de sus 91 años en Madrid, en cuya plaza de San Miguel había nacido, salvo los períodos en que la docencia -era un gran profesor, dicen muchos- le llevó a universidades extranjeras, y algún tiempo de su infancia en La Felguera, Asturias, y Ribadeo, Galicia.

Cuando la I guerra Mundial iba para. ingeniero de caminos tras estudiar con los jesuitas pero una grave enfermedad en los ojos le hizo desistir. Después de fulgurantes estudios de Derecho y Filosofía y Letras, que terminó en 1921, se convirtió en discípulo de Ramón Menéndez Pidal y le ayudó a sacar adelante la sección de Filología del Centro de Estudios Históricos. Allí fue cuando coincidió con Lapesa.

Poemas puros, poemillas de la ciudad fue el libro con el que Dámaso Alonso se inició en la carrera literaria. Lo escribió entre 1919 y 1920, y fue publicado en la primavera de 1921. Para entonces ya conocía a Vicente Aleixandre, con quien había coincidido en Navas del Marqués en 1916.

Concursos en el Retiro

Un viaje a Sevilla en 1927 le hizo encontrar a varios de los poetas. que a partir de entonces serían citados con su nombre. Al comienzo, estos jóvenes a quienes unía el deseo de reivindicar a Góngora, se guiaban por los ideales de la poesía pura, el juego estético y los hallazgos idiomáticos; sólo más tarde cedieron a la preocupación social y la política. Debía de ser por entonces cuando Dámaso Alonso hacía concursos con Rafael Alberti de memoria poética mientras paseaban por el parque del Retiro.Y sin embargo, Alonso escribió poca poesía a partir de 1925. En los años siguientes se casa con Eulalia, enseña en Cambridge y Oxford; y también en Stanford (California) y el Hunter College de Nueva York, donde coincide con García Lorca que escribe Poeta en Nueva York. Esa fue la época en que, según él, más unido se sintió al granadino. La guerra de España le sorprende en, Leipzig, Alemania, y tras su regreso a España recorre Barcelona y Valencia junto con otros intelectuales. En 1939, la paz relativa le lleva a la universidad de Madrid, que ayer envió una de as primeras coronas de flotes. Finalmente aparecen Oscura noticia e Hijos de la ira, en 1944, que habrán de marcar en adelante la poesía española.

Su elección en la Real Academia, al final de los años 40, se vio retrasada por lo que para el régine de entonces eran motivos más que suficientes: Dámaso Alonso procedía del Centro de Estudios Históricos, era amigo de los mejores escritores de la República y del siglo español (Juan Ramón, García Lorca, Alberti, Aleixandre, Diego, Guillén, Salinas...) y pertenecía a la misma generación. Él se declaraba apolítico. A partir de 1968, como presidente de la institución, volcaría sus esfuerzos en fomentar la unidad del idioma. En 1978 se le concedió el Premio Miguel de Cervantes.

Abandonó la presidencia en la Española en 1982. Dejó de escribir entre 1984 y 1985, cuando publicó su último libro, Duda y amor sobre el Ser Supremo. "Yo he trabajado muy intensamente. La ancianidad que tengo es casi inútil, inconveniente". Le gustaba la siesta, "porque así el día tenía como dos mañanas" y podía trabajar más, aunque en los últimos años casi no salía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 25 de enero de 1990.

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