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Crítica:ÓPERA

Travesuras de carnaval

Pocas horas antes del estreno de Arabella en el Liceo de Barcelona, su majestad Carnestoltes (Carnaval) pronunciaba ante la catedral -la Cuaresma siempre al quite- su barroco discurso de incitación a la licencia antes de que el rigor místico invada las calendas. El lúdico personaje inició ayer mismo sus tropelías urbanas descargando sus primeros influjos en el cercano teatro lírico.La obra que allí se estrenaba está concebida en ambiente de carnaval vienés: el segundo acto transcurre precisamente en el baile de los cocheros de Viena, en el que nobles y burgueses del siglo pasado -tiempo de la acción, 1860: decadencia en ciernes- se divertían la mar disfrazándose de proletarios (¡toma castaña!). La producción misma no conseguía sustraerse a la llamada del mes más corto del año: procedía de la ópera de Niza, ciudad célebre por acoger uno de los carnavales europeos de mayor tradición. Resultado de tanta coincidencia: una carnavalada Mediada la temporada, ha saltado a la palestra liceísta una cuchufleta de Pantalone, una pirueta de Arlequín. Lástima.

Arabella

De R. Strauss, sobre un libreto de H. von Hofmannsthal. Principales intérpretes: H. Becht, P. Johnson, L. Popp, K. Laki, R. Constantin, V Steiffert, U. Steinsky, J. Protscka. Producción: ópera de Niza. Director escénico: P. Médecin. Orquesta y coro del Gran Teatro del Liceo dirigidos por Ch. Perick. Barcelona, Liceo, 1 de febrero.

La producción de Niza le venía corta al escenario barcelonés: a los decorados les faltaban un par de buenos metros por arriba y además ceñían un espacio pequeño, cómicamente pequeño. La tradición cinematográfica se ha encargado de legarnos una minuciosa cultura cómica del traje demasiado corto, de la pantorrilla arrogante asomando en los salones cuando hay visitas. Imposible distanciarse de esta primera impresión. Con ella colaboran, además, varios otros elementos: por ejemplo, un vestuario dolorosamente feo o una dirección escénica inexistente.

Centrar los personajes en tales circunstancias resulta imposible. Y no es que faltara algún que otro buen material en el terreno vocal. Es que ese material no tuvo posibilidades de situarse, de servir a la obra. Lucia Popp, por ejemplo: es una buena cantante straussiana, de timbre empastado, dúctil, envolvente. Pero su personaje, el de Arabella, no puede funcionar solo: está obligado a pasar cuentas con los demás y, sobre todo, con el ambiente general de la decadencia vienesa, de la que no deja de ser un dulce epígono. Todo eso hay que crearlo coralmente; se ha hablado de esta ópera -inferior en muchos sentidos a El caballero de la rosa, con la que habitualmente se compara- como poema sinfónico teatral, definición contradictoria pero acertada, precisamente por serlo.

Si a Arabella le falla Mandryka (Rudolf Constantin), buena parte de sus esperanzas, de sus proyecciones, de los motivos por los que esta figura pasa de ser una adolescente a una mujer dueña de su destino, se vienen abajo. Y Constantin no contribuyó; su creación ni vocal ni escénicamente Consiguió evitar el desplome. Mejor la Zdenka de Krisztina Laki; en el dúo del primer acto entre Lucia Popp y ella consiguió entreverse algo de lo que hubiera tenido que ser, de ese confiado ambiente doméstico -adjetivo clave- que Strauss trabaja con profundidad inigualada. Bien actuado el Waldner de Hermann Becht, pasable la Adelaide de Patricia Johnson, destellos lúcidos del Matteo de Peter Seiffert (cuya voz, debidamente desarrollada, podría dar mucho más de sí), imprecisa la Fiakermilli de Ulrike Steinsky, sin mayor trascendencia el instrascendente personaje de Elemer, incorporado por Josef Protscka. Pero esa no es la cuestión, porque lo que no funcionó globalmente fue la comprensión en conjunto de la obra, de ese género imposible -poema teatral sinfónico- que es Arabella.

La dirección orquestal, de Christof Perick, fue en buena medida responsable de todo ello. Matizó poco las dinámicas, fue excesivamente al grano cuando lo que cuenta es la recreación del indolente clima vienés, del difuminado musical (¡y moral!) de sus clímax. No se consiguió. Su majestad el Carnaval no lo permitió.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de febrero de 1989

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