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Tribuna:

La expiación argentina

En los últimos días he acopiado más de un testimonio de recientes visitantes al Río de la Plata. Una personalidad gallega, que acaba de estar en Montevideo, me dijo: "Para mí resulta algo inexplicable: cómo un pueblo tan culto puede tener gobernantes tan brutos". Un profesional catalán me escribió desde Barcelona: "Estuve en Montevideo. Me alegro de haber estado en la manifestación del Obelisco, de haber tocado la cacerola al discurso del presidente y de constatar el hartazgo de un pueblo demasiado bueno". Y un compatriota, hace años exiliado en Madrid y ahora visitante de Buenos Aires: "Es increíble el deterioro económico de las personas, de las calles, de los edificios, de los comercios, y, sin embargo, la gente está contenta y a cada rato uno se encuentra con grupos que van cantando por las calles".La verdad es que lo que ocurre en Buenos Aires es como para andar cantando por las calles, y ojalá que el canto se contagie a los de Santiago y Montevideo.

Es la revelación definitiva de cuál es el rostro real de esa casta militar que en los tres países arrebató el poder a los civiles con el estandarte de la recuperación moral (y se corrompieron más que nadie), con el emblema de los derechos humanos (y torturaron y asesinaron casi como rutina), con la pancarta del despegue económico (y trajeron la ruina).

La experiencia argentina desencadenada por la vuelta a un régimen democrático tiene, pues, un doble significado: primero, la concreta posibilidad de recuperación para un país hecho trizas por casi ocho años de dictadura, y luego, la aleccionante falta de credibilidad que genera frente a las declaraciones, las promesas, los juramentos y otras salvas de los militares chilenos y uruguayos. El horror que se está destapando en Argentina, también destapa indirectamente los horrores colindantes. La famosa Doctrina de Seguridad Nacional, que no es precisamente una invención del Cono Cur sino una sesuda aportación al genocidio continental originada en el Pentágono, aconseja la estrecha colaboración de todas las fuerzas represivas, algo así como un mercado común del genocidio. De ahí los asesinatos, todavía impunes, del general Carlos Prats (leal comandante en jefe, bajo el Gobierno de Salvador Allende) y del general Juan José Torres (militar progresista boliviano), así como de los parlamentarios uruguayos Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, todos ellos perpetrados en Buenos Aires en palmaria connivencia con los aparatos represivos de Chile, Bolivia y Uruguay.

Los militares argentinos (salvo algún caso de patológica y/o mesiánica autosuficiencia, como el del general Ramón Camps, ex jefe de Policía de Buenos Aires), al igual que sus colegas de Chile y Uruguay, negaron sistemáticamente la comisión de torturas y desapariciones, atribuyendo las campañas internacionales que documentad amente las denunciaban a calumnias bien planificadas y a la infiltración del "comunismo internacional" en las diversas organizaciones que luchan a nivel mundial por los derechos humanos. Ahora resulta que las calumnias tenían huesos y éstos van apareciendo en los cementerios clandestinos.

¿Que en algunas ocasiones llegaron a eliminar niños? Jamás. Podían jurarlo por su honor de militares.s Y quien pusiera en duda el honor castrense podía a su vez desaparecer y dar lugar a nuevos juramentos. Ahora, sin embargo, son desenterrados los cadáveres de los tres niños Lanuscou: un varón de cinco años y dos niñas de dos años y seis meses, respectivamente, todos con balas en la cabeza. El respectivo parte calificaba a las tres criaturas y a sus padres como "cinco subversivos muertos en un enfrentamiento arniado".

Otros ex torturadores han corrido literalmente a la Prensa o a la justicia para brindar sus testimonios, quizá atormentados por sus conciencias respectivas, o más probablemente con la intención de acumular méritos un poco tardíos. Sin embargo, gracias a ellos se ha sabido que éstos y otros emprendedores habían ideado originales procedimientos que les permitían no sólo martirizar a las presas embarazadas sino también torturar al feto. Otro de estos espontáneos declaró temerariamente que muchos de los desaparecidos habían sido depositados en Pasa a la página 10 Viene de la página 9 el Atlántico sur en grandes y pesados recipientes metálicos, presumiblemente para que luego no aparecieran flotando o fueran arrojados a las costas. Otro hizo constar que miles de desaparecidos habían sido lanzados vivos desde aviones militares en pleno océano. Las espeluznantes revelaciones continuarán, de eso no cabe duda. El pozo de la infamia no tiene fondo. Muchos de los cadáveres aparecieron con las manos amputadas, seguramente para dificultar su identificación, pero los verdugos (se ignora el porqué) no tuvieron la precaución de cortar sus propias manos, de modo que ellos sí están siendo identificados.

Dentro de ese marco tan peculiar, las fuerzas armadas argentinas ofrecen el rasgo infrecuente de que algunos de sus miembros más conspicuos hayan hecho público e inequívoco alarde de sus atrocidades. En este sentido, el más representativo es el general Camps, a quien la revista El Porteño tilda cáusticamente de "claro pionero, un Hegel del pensamiento uniformado". En declaraciones a un semanario porteño y a otro madrileño, este pionero dijo barbaridades de esta talla: las desapariciones "fueron útiles; por lo demás, no desaparecieron personas, sino subversivos"; "es preferible actuar sin torturas, sin chillidos, pero eso no siempre es posible"; "con Hider tengo algunas coincidencias". Sobre persecución a periodistas: "Hubo que aniquilar a bastantes porque difundían en los medios de comunicación posiciones que atentaban contra la institucionalidad ,vigente". En definitiva, se hace públicamente responsable de la desaparición de 5.000 personas: "A algunas de ellas yo les di sepultura en tumbas N.N."

La higiene del mundo

Sin embargo, Camps no fue el primero ni el único locuaz. Ya en pleno golpe (marzo de 1976), el general Saint-Jean había sido pormenorizadamente concreto: "Primero, vamos a matar a todos los subversivos; después, a sus colaboradores; luego, a los simpatizantes; más tarde, a los indiferentes, y por último, a los tínÚdos". Quizá por excesiva discreción no mencionó a los afónicos ni a los taciturnos. Es aproximadamente el mismo estilo de un militar uruguayo que hace algunos años tuvo a su cargo el penal de Libertad: "No nos atrevimos a liquidarlos a todos cuando tuvimos la oportunidad y en el futuro tendremos que soltarlos. Debemos aprovechar el tiempo que nos queda para volverlos locos". Y para demostrar que el Cono Sur castrense es una sola y unida familia, permítaseme incluir una opinión del general Leigh, en la época en que aún apoyaba a Pinochet: "Sería necesario masacrar a un tercio de los 10 miRones de chilenos para acabar con el marxismo. No nos mueve espíritu de venganza, pero queremos elinÚnar el marxismo para siempre. Y es imposible alcanzar ese, objetivo si no se elimina a todos los adeptos al régimen pasado". Todo un plan demográfico. Aunque en realidad era un mero desarrollo de un axioma formulado por el mismísimo Pinochet en 1971, o sea dos años antes del golpe: "Cuando el ejército sale, lo hace para matar, porque para eso está entrenado". ¡Y pensar que hace sólo medio siglo los europeos se paralizaban de horror cuando Benito Mussolini pontificaba: "La guerra é la igiene del mondo".

La asombrosa expiación argentina ha servido para revelarle al ancho orbe (por lo común, tan angostamente informado), ya sin ninguna duda ni exculpación, la crueldad intrínseca de estos sistemas despóticos, menospreciativos, usurpadores de la voluntad popular. Con increíble urgencia, la verdad se va abriendo paso. Y se da el caso, más bien grotesco, de que uno de esos jerarcas que en su momento no vacilaron en negar a la ciudadanía todas las garantías y todas las libertades, ahora, al enfrentarse con quienes le gritan sus repulsas completas, amenace con "abrirse paso a sablazos" si las autoridades no le dan protección, garantías y libertad. Evidentemente, pasará un tiempo antes de que estos autoritarios vocacionales se acostumbren a que en un ámbito democrático la gente no se abre paso a sablazos sino a argumentos, a testimonios, a razones, a fundamentos, a pruebas.

Tras el desastre profesional de las Malvinas y la abrumadora e incesante exhumación de cadáveres, va tomando credibilidad una extraña paradoja: la peliaguda (y para algunos, imposible) recuperación de imagen de las fuerzas armadas argentinas ha de pasar inexorablemente por su total sometimiento a la autoridad civil (tal como acontece normalmente en Europa) y por el paulatino desarrollo en sus filas de oficiales de nuevo cuño que transmitan esa convicción y defiendan tajantemente la legalidad democrática. En buena parte de los países de América del Sur, una recuperación semejante sólo tendrá lugar cuando militares de la estirpe de los generales Torres (de Bolivia), Schrieider Chereau y Prats (de Chile), todos ellos asesinados por la más tenebrosa reacción, o como el general Líber Seregni (de Uruguay), que lleva 10 años en prisión por el mero hecho de haber defendido la constitución contra los golpistas del 73, no constituyan la honrosa excepción sino la regla del ámbito castrense. Sólo entonces esos pueblos mirarán a los soldados como solidarios y no como enemigos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de febrero de 1984