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Tribuna:
Tribuna
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'La cumparsita'

Que nuestra vida cultural parece condensarse sin remedio en un escenario de figurones; que el ruidoso elenco de histriones de servicio en las tablas no obedece a otra ley o regla que la de actuar como sea y donde sea, robar luz, monopolizar la atención del público y de las cámaras; que el rigor de la escritura y aun de la palabra no se toman en cuenta en la medida en que el volumen de la música de ambiente circunscribe el interés general al gesto, la mímica y el desplante; que la zarabanda de premios, honores, medallas, recompensas, millones, proclamas tronituantes, promociones a bombo y platillo parecen cobrar nuevos ímpetus con la feliz coartada del socialismo; que los buenos propósitos del partido de Felipe González y Guerra tocante a la creación han cuajado en un respeto un tanto pueblerino e ingenuo a las formas ya rígidas y estereotipadas de aquélla; que, hoy como ayer, la cultura seminal, en fermentación y movimiento, medra, como puede, al margen y a contrapelo de la fanfarria, son verdades y hechos profundamente arraigados en nuestro suelo y sólo el estruendo y confusión reinantes nos impiden percatarnos de ello. Las críticas de Larra y Clarín asaetan y dan en el blanco de la vida literaria y artística del día: con democracia o sin ella, la España de Max Estrella sigue fiel a sí misma. ¿Exageración mía? ¿Deseos de alborotar el cotarro? ¿Visión exterior y amargada? Veamos.Quienes sirvieron fielmente al régimen anterior, estrecharon obsequiosamente la mano del difunto caudillo, postularon empleos despreciables en los servicios de represión y censura se mueven con la misma soltura en las esferas del poder socialista con que lo hicieron antes, a su debido tiempo, en las de la desaparecida UCD o de Fraga Iribarne; la existencia de un rey cuya primera y más sensata provindencia fue la de abolir el halago e incienso de la corte de El Pardo, ha suscitado, por el contrario, entre nuestros viejos y nuevos figurones un lamentable espíritu adulador y cortesano, un servilismo indigno con los detentadores del poder so pretexto de que éste es decente e íntegro; la mayoría de los espacios culturales son controlados de nuevo, con las necesarias correcciones oportunistas, por quienes los acapara-

JUAN GOYTISOLO

ENVIADO ESPECIAL

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La cumparsita

Viene de la página 9ron sin rubor en los tiempos dichosos de la dictadura; la ayuda estatal, pagada con el bolsillo del contribuyente, sigue favoreciendo, por inercia o desconocimiento, ya a publicaciones destinadas a entontecer al público, ya a mantener otras absolutamente ilegibles y cuya relación con la cultura viva es en el mejor de los casos puramente casual; las presuntas cabezas pensantes, acalladas por el sistema anterior, parecen haber olvidado el silencio necesario a la reflexión para cazar ideas al vuelo y traficar con ellas, hablar sin ton ni son de lo divino y humano, hacer el payaso en tribunas y asambleas, calzar esas chinelas argénteas con las que el primer showman, Empédocles, deslumbraba a los crédulos e inocentes siracusanos; el monipodio de intereses creados a lo largo de 40 años mantiene su vigencia gracias a la oportuna creación de intereses nuevos y el traspaso de algunos puestos, chollos y privilegios a los espíritus más avispados y astutos de la nueva generación... La lista es larga, y nos detendremos aquí.

La mayoría de españoles que votaron por un Gobierno socialista lo hicieron con la doble esperanza de la introducción de ciertos criterios de decencia en la gestión pública y unas modestas, pero reales, expectativas de cambio. Pese a la voluntad y empeño del ministro de la Cultura y el equipo de que se ha rodeado, no parece que las cosas vayan aún por buen camino. Los recientes artículos de Antoni Tàpies y Francisco Ayala en EL PAIS ponían, a mi entender, el dedo en la llaga: los actuales criterios de valor literario y artístico son herencia directa del régimen anterior. Se ensalza a las figuras y figurones de siempre y se deja de lado a quienes, asqueados quizá por la vacuidad y tristeza del espectáculo, 'permanecen discretamente al margen de la algazara. Uno de los mayores poetas vivos de la Península cumplió recientemente 90 años sin que, por razones que nada tienen que ver con la poesía, los habituales campanilleros de la nomenclatura familiar a oídos oficiales se tomaran la molestia de señalarlo: estoy hablando de J. V. Foix, poeta catalán no nacionalista, condenado paradójicamente al ostracismo por los mismos que no tienen ningún empacho en apropiarse en cambio del cadáver exquisito y rentable de Salvador Dalí. Mientras la Prensa baraja nombres de candidatos para el próximo Premio Cervantes, se oye citar con frecuencia a representantes conocidos de la izquierda latinoamericana pero nunca o casi nunca a los escritores españoles que fueron arrinconados o perseguidos bajo la dictadura de Franco. A falta de no poderlo otorgar post mortem a los grandes fallecidos en el exilio, la lista de nuestros compatriotas premiables, moral y literariamente dignos, es no obstante apreciable. La concesión de aquél a Alberti o Rosa Chacel sería no sólo una justa reparación histórica a su ninguneo: quitaría también el mal sabor y disgusto sembrado en muchas gargantas y corazones por el último y malhadado fallo.

Lo que, ingenuamente tal vez, esperamos aún de la Administración socialista no son gestos espectaculares de propaganda ni un intervencionismo que, por bien intencionado que sea, resulta perjudicial a la larga a los auténticos creadores sino la introducción, conforme a. los votos de Clarín, de un mínimo de higiene en las letras: dejar de revalidar los valores dudosos promovidos hasta el empalago por el régimen anterior; no confundir, por ignorancia o rutina, la representación con la creación, la figura con el genio; buscar el asesoramiento desinteresado de quienes no conciben la cultura como un ganapán ni el arte ni la literatura como un medio de hacer carrera; abrirse a las iniciativas vivas e innovadoras sin ningún designio dirigista ni manipulador; admitir el hecho de que la creación real se desenvuelve casi siempre a extramuros de la canonizada en recintos ofíciales y academias.

La falta de conocimiento directo y profundo en los diferentes ámbitos literarios y artísticos de que inevitablemente adolecen los políticos titulares del Ministerio de Cultura suele ser compensada con su aceptación acrítica de lo que suena, de lo consagrado por el gusto público. Los autobombistas profesionales y quienes, a fuerza de halagos al poder de turno, exhibicionismo y desplantes, han logrado captar la, atención de los medios de comunicación de masas, serán así casi siempre los escritores y artistas mimados del arte oficial: mientras Pemán y congeneres coleccionaron brejnevianamente medallas y lauros, Cernuda no obtuvo recompensa alguna y Valle Inclán fue vetado por la Academia por el inmortal Cotarelo. 50 años después, la situación se repite en la España socialista. Saber detectar el arte y literatura en el momento en que germinan no es, desde luego, tarea fácil. De la ruptura vital del escritor o artista con los moldes y convenciones que le oprimen al reconocimiento oficial del valor genitivo y liminar de aquélla media un trecho muy largo en el que el responsable cultural actúa forzosamente a destiempo, de modo anacrónico. Pero la apuesta a lo innovador y aguijatorio, aun a riesgo de equivocarse de caballo, ¿no sería con todo más fructífera que la consabida acumulación de relumbre y chatarra en los pechos definitivamente gloriosos?

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