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Tribuna:

Esa partida de paisanos

Se vuelve a hablar en estos días, por desgracia, del mito de las dos Españas. Y se vuelve a hablar a pesar de que, afortunadamente, hoy una de esas Españas es infinitamente superior en número a la otra y podríamos estar en trance de superar, de una vez por todas, esa dolorosa desgarradura de nuestro ser en la Historia. Y es que sucede, creo yo, que lo más terrible de ese mito no es la tragedia en sí, sino su acto final: nunca en nuestro reciente pasado una de esas dos Españas, cuando tuvo las riendas del poder (casi siempre), supo retribuir con la misma moneda la condescendencia y moderación de la que otra hizo atributos de honor durante los cortísimos períodos históricos en los que se le dejó la responsabilidad de los asuntos del Estado.La arrogancia de los que no disimulan, ni siquiera hoy, sus claras vinculaciones con los golpistas de la semana pasada no representa ni un gesto de kamikaze ni un heroísmo de opereta: es manifestación de la seguridad de que esta España nuestra -la de la inmensa mayoría, la que queremos de una vez duradera y estable- no es siquiera capaz de imaginar, cuanto menos de cometer, las tropelías con las que ellos se hubiesen adornado mesías si hubieran logrado hacerse con el poder político. La indefensión física a la que fatalmente parece llevarnos la aceptación de un código moral civilizado ha sido hasta ahora el mejor seguro de vida de los enemigos de la razón en esta España de nuestros sufrimientos. Los demás, con la tortilla boca abajo, no gozaríamos de esa impunidad.

Y así, me parece un siniestro sarcasmo que sean precisamente ellos quienes pretendan todavía darnos lecciones de patriotismo desde esas publicaciones que no hacen sino poner cada día un ladrillo más en el muro que, durante el último siglo y medio, se ha levantado entre las Fuerzas Armadas y la sociedad civil. Y es para mí, personalmente, una bofetada difícil de no devolver cuando paso, en estos días, por la amargura de haber conocido el arresto de un familiar muy próximo. Deben saber esos plumillas de la subversión pendiente, antes que nada, que siempre he tenido a ese mi pariente por un excelente profesional, un militar universitario e instruido, algo por desgracia no lo suficientemente frecuente dentro de nuestra milicia. Que siempre fue un hombre enormemente generoso con los suyos y con los demás. Y no me importa confesar que a mí, a pesar de las diferencias políticas casi insalvables que nos separaban, nunca dudó en prestarme su ayuda desinteresada en algún momento poco grato de mi vida.

Pero también deberían saber esos desaforados que es la interpretación unidimensional de la vida y de la historia que ellos predican; que es su mezquina consideración de cuáles son los atributos del honor; que es su prostituida e insolidaria concepción de lo que es la Patria y la comunidad; que es su envejecido código de costumbres; que es el profundo odio que todos los días vierten dentro de los cuarteles contra todo aquello que no les representa -y es mucho-; que son todas esas cosas, y algunas más, las que, operando sobre un campo ya previamente abonado, han podido contribuir a convertir a hombres como él en frustrados aprendices de redentores.

A mí no me pueden engañar. Conozco bastante mejor que muchos de ellos cuáles son las calidades y virtudes de los militares españoles. Uno de mis abuelos empezó de soldado raso en la guerra de Africa, allá por principios de siglo, y se retiró como capitán después de nuestra guerra civil. Todavía vive, tiene 95 años y jamás leyó bazofias como las suyas. Mi otro abuelo, que llegó a alcanzar el grado de coronel, fue en la Academia profesor del entonces cadete Francisco Franco y, en medio de su ingente labor de recopilación de textos jurídicos militares, no creo que hubiese encontrado un minuto para atender sus reclamos. El primero, un Séneca paciente y escéptico del Sur; el segundo, un recio y severo varón del Norte. Me precio de tener cualidades de ambos y, desde luego, trabajando en este periódico (sí, en este periódico) por la paz, la libertad y la felicidad del pueblo español, me considero mucho más legítimo heredero de las virtudes militares (sí, militares) de mis abuelos que todos esos desalmados que, desde sus sórdidas tribunas toleradas, invocando no sé qué negros principios de falso honor y patriotismo, llaman todos los días al enfrentamiento, al odio y a la guerra civil.

Ojalá que los militares españoles dejen de escuchar, de una vez para siempre, los cantos de sirena de esos sus pretendidos valedores, de esa laya de buscones que, como en tiempos ya definitivamente liquidados, seguían a la tropa, entre mendicantes e insinuantes; de esa partida de paisanos, pordioseros y ganapanes, cobardemente a recaudo de las botas militares, ávidos del momento del saqueo después de la ocupación de la plaza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1981