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Carlos Zanón, escritor: “Todos estamos más cerca de la calle que de ser Amancio Ortega”

La nueva novela del autor, ‘Objetos perdidos’, con prosa golpeadora y tono desesperanzado, trata sobre gente que se pierde y busca cosas en la crueldad de los bajos fondos urbanos

El escritor Carlos Zanón, el 21 de enero de 2026 en The Old Irish Pub, en la parte baja de Las Ramblas de Barcelona, cerca del puerto, el último lugar donde se vio al jugador de rugby británico Levi Davis. Una desaparición que inspira su nueva novela. GIANLUCA BATTISTA

El 29 de octubre de 2022 un jugador de rugby y celebridad mediática británica, Levi Davis, de 24 años, desapareció en Barcelona sin dejar rastro. Fue visto por última vez en The Old Irish Pub, un bar irlandés en la parte baja de las Ramblas, cerca del puerto, lugar donde luego se encontró su documentación. Se sospechó que se había ahogado, aunque el rastreo en los fondos marinos fue infructuoso. Su desaparición sigue envuelta en el misterio.

El escritor Carlos Zanón (Barcelona, 59 años) está ahora sentado en The Old Irish Pub ante una pinta de cerveza y una ración de nachos. Alrededor, entre la madera oscura y bajo la bola de espejos, se arremolinan jóvenes turistas guiris, tomando más cervezas, mirando el verde del fútbol en las pantallas, escuchando al músico que berrea grandes éxitos del rock desde el fondo del local. Tomando como partida el caso de Levi Davis —que, quién sabe, quizás ocupó durante su última noche esta misma mesa—, Zanón ha escrito su nueva novela, Objetos perdidos (Salamandra), sobre gente que se pierde, gente que está perdida y gente que busca y que se busca, y que, solo a veces, se encuentra.

“En esta novela quiero señalar que todos estamos a dos malas decisiones de acabar en la puta calle: divorcios, enfermedades, problemas familiares… Estamos más cerca de la calle que de ser Amancio Ortega”, dice Zanón mientras echa un vistazo rápido al partido. El texto, que tiene un estilo golpeador que el escritor achaca a su paso juvenil por las filas del punk, es oscuro y desasosegante y transita por los bajos fondos del Barcelona, donde se trenzan las mafias, la droga y la prostitución, en el club Donna Summer —regentado por un reyezuelo del submundo llamado Señor Paco—, en las periferias urbanas o en el hotel Excalibur, donde malvive el protagonista, viendo su vida desde una extraña distancia. Los no lugares donde sucede la soledad.

El protagonista, Álex Gual, es un abogado que se dedica a buscar a personas perdidas (en concreto a Andy Cox, un trasunto del jugador real desaparecido en el puerto), pero al que no le deja perderse el Niño Gordo que fue en el pasado y que le habla como un personaje más que vive dentro de su cráneo. “Por mucho trayecto que hagas en la vida, todos somos el niño que fuimos... y sigues temeroso de que te pillen. Yo fui un niño gordo: ahora si me dicen que está bien algo que he escrito sigo sintiendo aquella misma inseguridad”, dice el autor.

Zanón —y el niño que fue— se dedican ahora a la novela negra, género al que contribuye su pasado como abogado penalista, trabajo que, por cierto, ejerció casi por casualidad. O, mejor dicho, por amor.

—Yo quería escribir, así que me matriculé en Periodismo. Pero ese verano conocí a una chica que estudiaba Derecho... y me cambié. Esa es la vocación que tenía.

—¿Y qué pasó con la chica?

—Que me casé con ella.

Lo de escribir comenzó muy joven, publicando poesía desde los 22 años (El sabor de tu boca borracha, en ediciones Nínfula, es 1989), aunque tardó un par de decenios en conseguir colocar sus novelas (entre las que se encuentran Taxi o Yo fui Johnny Thunders). Tan negras son que actualmente es el director del festival BCNegra, que cada año celebra el género en la ciudad. ¿Por qué tan negras? “Me flipa mucho la gente que construye lazos muy bestias en circunstancias muy chungas. Me flipa que a veces el carácter sea el destino de la gente, que tu forma de ser, nazcas donde nazcas, determine tu futuro”, dice Zanón. En su carrera como penalista trató a mucha de esa gente que vive en el presente inmediato, que se levanta con 10 euros en el bolsillo y se las ingenia para pasar el día, y así, sin previsión, una y otra vez, pero siempre con la esperanza irreductible de que algún día pasará algo que les haga salir del ciclo y cambie su vida.

Si la novela tiene oscuridad y desasosiego, tal vez sea porque surge en circunstancias oscuras y desasosegantes. En torno a 2020, además de una pandemia mundial, Zanón sufre una serie de calamidades: muere su padre, se divorcia y, en una revisión rutinaria, le detectan un linfoma. “Estaba hecho tal mierda que lo primero que pensé fue: ‘De puta madre, se acabó todo’. Estaba cansado de vivir, quería desaparecer”, cuenta. Lo que asusta de esta enfermedad es su silencio: el escritor no presentaba síntomas, solo una ligera anemia en el papel de los análisis.

Lo cogieron a tiempo: superó el cáncer gracias a la quimioterapia. “Tenía las venas quemadas, ya no sabían donde pinchar”, recuerda. Y también recuperó la motivación por las pequeñas cosas: quería asistir al 25 cumpleaños de su hijo, escuchar el nuevo disco de Bon Iver. Al final, son los asuntos cotidianos que nos hacen vivir cada día, aunque todo vaya a desaparecer en algún momento, o en el momento menos pensado. Tal vez las mismas pequeñas cosas que hacen que sigan viviendo, a pesar de las adversidades, los habitantes de la calle y sus bajos fondos. Los protagonistas de Zanón.

La Barcelona oscura

Anochece sobre Barcelona y Carlos Zanón pasea ahora por las Ramblas y visita otros lugares que aparecen en su novela, como la Plaza Reial o, en esa plaza, el Café Glaciar. Paramos, por ejemplo, en Casa Beethoven, una longeva tienda de partituras y libros musicales fundada en 1880. La relación del escritor con la música también es añeja (aunque no tanto): formó parte de la banda Alicia Golpea y, a pesar de los ramalazos punk antes citados, su primer libro sobre música versó sobre los angelicales Bee Gees. Un hombre versátil. Luego vinieron otros, como el de Willy DeVille o su participación en otro sobre la política en la música: Political world. Rebeldía desde las guitarras (66 rpm edicions).

“Yo era un chaval retraído: escuchaba mucho la radio y esperaba a que el locutor dijera el título de las canciones para, a partir de ahí, componer un poema. Así empecé a escribir”, cuenta. Luego vino el punk, que le implosionó más por dentro que por fuera: le fascinó la idea de que lo importante no era solo decir las cosas, sino transmitir la emoción, y aquella gente rara que apenas sabía tocar, pero tocaban igual. “Mi prosa es heredera del punk”, dice. ¿Y la derecha es el nuevo punk, como tanto repiten ahora? “No creo que The Clash tenga nada que ver con Taburete… Con esto nos han robado la cartera, y hay que robársela a ellos”.

La Barcelona gótica y modernista, burguesa y revolucionaria, se va diluyendo en el magma global de las ciudades hiperturistificadas y gentrificadas, entre tiendas de colorida quincalla de plástico y torrentes de jóvenes homogeneizados por Instagram en busca de el mismo café de especialidad. Barcelona, la ciudad, es otra de las obsesiones de Zanón (véase el libro de viaje Barcelona, publicado por Tintablanca en 2020, su participación en la recopilación Barcelona negra, publicada por Siruela en 2016 y, en fin, el resto de su obra, atravesada por esta ciudad).

Para Zanón, una ciudad, más allá de sus calles, infraestructuras, macroeventos o relatos, es la gente que la habita en cada momento, y esa gente es la que protagoniza su obra, la que choca entre sí en las esquinas de la urbe tratando de salir adelante. “Siempre me ha gustado más lo artificial que lo natural. Que alguien haya creado un pub irlandés como en el que hemos estado antes me impresiona y me emociona más que una secuoya”, dice.

En la actual crisis urbana, con la homogeneización, el vaciamiento, la destrucción del tejido vecinal… ¿será posible en el futuro ubicar ficciones en las ciudades? “Yo creo que las novelas se están pasando a la periferia, en la línea de Javier Pérez Andújar, Kiko Amat o Miqui Otero. Miramos al centro desde los barrios, pero ya no se hace como Vázquez Montalbán, que ubicaba la novela en El Raval. Las ciudades se convierten en parques temáticos en los que no pasa nada que perdure. Todo lo más, que un turista beba mucho y le roben”, agrega Zanón, mientras se pierde, de nuevo hacia la zona del puerto, donde a veces desaparece la gente.

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