Raye, la nueva y dúctil princesa de la música negra
La cantante londinense desplegó un convincente show en un Sant Jordi con notable presencia de público extranjero

Cava agitado reprimido por el tapón. Esa parece haber sido la vida de Raye (Rachel Agatha Keen) hasta el momento. De origen mixto ghanés, suizo e inglés, contratada por una discográfica que la relegó a compositora, eso sí, para Beyoncé o Charli XCX entre otras estrellas, ella se sentía atrapada por un engranaje constrictor. Cuando el tapón saltó empujado por su determinación, brotaron líquido y burbujas, y la Raye que pasó por el Sant Jordi debutando en España con un único concierto, fue una artista que quiso demostrar hasta qué punto su arte desborda los límites de una botella. Cantante más que dotada, sólida enterteinment, artista de verbo fácil con toques humorísticos y autobiográficos, expresiva en su gestualidad, ágil en su cómodo estar en el escenario, compositora competente y muy versátil en su enfoque musical, esta “debutante” de Londres, 28 años ya, presentó credenciales de forma solvente ante una audiencia con notable presencia de público internacional. Sí, Raye aún no es muy conocida en España, pero parece que no siempre será así.
Escenario vieja escuela, banda nutrida con notable presencia de cuerda y sección de viento, rojo en la ambientación de club añejo, mismo color de vestuario que el de ella y sus dos coristas, labios color carmesí, melena atusada con reiterada coquetería y pies descalzos, como Sandie Shaw. Suelta, simpática y cómoda, nacida para la escena, allí donde desplegó una primera parte de espectáculo sostenida por el soul mediante piezas como Where Is My Husband, The Thrill Is Gone –no confundir con la popularizada por B.B. King-, donde las comparaciones con Amy Winehouse fueron inevitables, Suzanne, una pieza reciente, o Beware The South London Lover Boy, una composición nueva de aire clásico que formará parte de su inminente segundo largo, del que interpretó media docena de temas más. El concierto arrancó como un tiro, con un marcado acento acústico, incluso en las piezas que, en su disco de debut editado en 2.023, tienen base hip-hop, como Hard Out Here. Sonido excelente y estupenda recreación vintage tanto del ambiente como de la sonoridad de los temas. El público enloquecido desde casi el comienzo, incluso en piezas no grabadas como The Winter Woman, con un dibujo de violín que remitió al Invierno de Vivaldi.
Aún con todo lo más sorprendente fue la frescura y desparpajo de Raye, que incluso supo salir airosa de una confusión entre Barcelona y Madrid que el público señaló con un educado abucheo corrector. Pero también esta seguridad provocó un exceso de comentarios y situaciones con intención cómica que lastraron el dinamismo del show. Comenzó a percibirse en el lapso que convirtió el escenario en un club de jazz que evocó al club de C Tangana en su gira Sin cantar ni afinar. Aunque con sillas Thonet, estilo hasta en eso. En esa ambientación Raye hizo una versión muy viva del clásico Fly Me To The Moon y de Worth It adaptado para el directo en clave más analógica que en el disco, en realidad como casi todo su repertorio. Las linternas festonearon el recinto en la balada Nightingale Lane, aunque los consejos sobre cómo afrontar la vida y ser feliz lastraron el ritmo del recital con frases manidas perfil “no te rindas”. Claro, también hay que ser feliz. Por fortuna uno de los momentos más confesionales llegó entonces, con Raye ante el telón que ocultaba el escenario que estaba volviendo a su configuración original, cantando al piano en un rincón Ice Cream Man, donde narra los abusos que sufrió y el abusador es un heladero de manos frías que la manosean. Una imagen gélida y conmovedora reforzada por la estancia solitaria de Raye en escena, enfrentándose y superando sus traumas gracias a cantarlos.
Tras otra pieza soulera, Oscar Winnig Tears y la populista firma de un disco a un seguidor de las primeras filas, protagonizando un nuevo parón y más festones aquí y allá de comentarios de autoayuda, el show entró en su tercera fase, presidida por el cambio en pantalla de la y griega de Raye por una uve. Sí, rave. Desparrame y pérdida de etiqueta. Bombo a negras, apoyos electrónicos y el Sant Jordi en pleno haciendo con los brazos el limpiaparabrisas con una contagiosa y expansiva felicidad. Todo el mundo, jóvenes y personas ya muy adultas que configuraban un público intergeneracional. Secrets, Joy y su megaéxito Escapism cerraron el show con una algarabía de época cerrando un menú de soul, rhythm and blues, jazz, pop y ritmos de club. Y Raye feliz, olvidado el tapón de la industria. Su nuevo disco, del que ya se conoce la portada, se titula This Music May Contain Hope –esta música puede contener esperanza-. Sin duda. Para su público y para su propia carrera, que parece comienza a despegar. Alas hay.
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