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Diez grandes películas a reivindicar entre las mejores del cine español para ver en Flixolé

La plataforma propone obras maestras ninguneadas de directores consagrados como Bardem o Neville

José Antonio Amor y Sonia Bruno en 'El juego de la oca' (1966), de Manuel Summers.Vídeo: Flixolé
Javier Ocaña

Seguramente la plataforma más especializada en España sea Flixolé. Un amplísimo catálogo de cine español de todas las épocas en el que, junto a su distinción, destaca la evidente diversidad de su propuesta: la historia del cine español, que no en vano está presente en buena medida en su inventario, es tan ecléctica y dispar como la reunión del cine de Berlanga, Bardem, Neville y otros grandes maestros junto con las grandes producciones de Cifesa, las comedias del landismo, el cine quinqui e incluso el destape.

A la oferta de cine español, Flixolé suma algunas de las grandes producciones de la clásica productora de Hollywood RKO Pictures, y una buena cantidad de grandes títulos del cine italiano, pero en estos dos apartados, hasta hace poco, ha habido una rémora importante que en principio parece que se va arreglando: la ausencia de versiones originales subtituladas. De modo que en este recorrido por el mejor cine en plataformas hemos preferido sacar del anonimato o de cierta desconsideración algunos de los numerosos títulos que aún merecen una reivindicación. Grandes películas ninguneadas en su día o desgraciadamente un tanto olvidadas, todavía semidesconocidas o poco vistas por el gran público, que merecen formar parte de ese panteón con las grandes obras del cine español.

El juego de la verdad (1963), de José María Forqué

Madelaine Robinson en 'El juego de la verdad' (1963).
Madelaine Robinson en 'El juego de la verdad' (1963).

En el pequeño ruedo de la plaza de tientas de una finca yace un cadáver. No es un toro ni una vaquilla: es un hombre. Así empieza la película, y así acaba la juerga nocturna de una perversa pandilla de señoritos, vividores, agregados, flamencos y toreros. Una charlotada de ricos con miedo al aburrimiento y a la decadencia (la del cuerpo, y la de la cuenta corriente), clasistas, consentidos y crueles, que se despellejan mutuamente mientras se beben la noche, se comen con los ojos y se desean como el mejor modo de morir matando. Forqué, extraordinario artesano, director de Atraco a las tres (1962), filma a sus viles criaturas con una gran profundidad de campo, captando sus miradas y encuadrando a hasta siete personajes alineados en un mismo y bellísimo plano. Películón demasiado desconocido, con infinitos desprecio, humillación, autodestrucción y mala baba, está escrita por Forqué, Armiñán, Masó y Coello, y uno de los protagonistas es el francés Samy Frey, inolvidable tercer vértice del mítico baile de Banda aparte, de Godard.

Nunca pasa nada (1963), de Juan Antonio Bardem

Ninguneada en su día por la crítica con el apelativo de Calle Menor, a causa de sus semejanzas con algunos de los temas y subtextos de Calle Mayor y a su presunta menor calidad, la película tiene muy poco o nada que envidiar a la mítica obra maestra de Bardem. El director rueda en Aranda, en Burgos, donde aún existe el Café Moderno en el que la francesa Corinne Marchand dejaba patidifusos a los lugareños con su cuerpo y su modernidad, pero la rebautiza como la ficticia Medina del Zarzal. Es la España de provincias, recluida entre el cotilleo, la falsa fachada, la insatisfacción, y la falta de libertad y de expectativas. Ojo a la música de Georges Delerue, compositor habitual de la nouvelle vague, al plano secuencia de cuatro minutos de discusión matrimonial entre Julia Gutiérrez Caba y Antonio Casas, y a la presencia constante de los camiones como metáfora: su ruido, sus luces, y su ir y venir por un pueblo de realidad social opresiva, en el que nunca pasa nada.

El juego de la oca (1966), de Manuel Summers

En la aún añeja España de los años sesenta se van colando matices de modernidad. Un lugar de trabajo desacostumbrado: una agencia de publicidad, con compañeros, hombres y mujeres, algunos de ellos casados, que salen a tomar algo juntos con naturalidad al acabar la jornada. Una luz feminista: una joven mujer, guapa y soltera, inteligente e independiente, que no tiene el matrimonio como objetivo vital. Y una actitud sexual y sentimental: el adulterio, mostrado no como pecado sino como segunda posibilidad amorosa. Summers, el único director del Nuevo Cine Español de la época en practicar el humor en sus películas, compuso una comedia dramática cargada de delicadeza, pasión, risas y reflexión, en la que resultó determinante la personalidad de su coguionista, Pilar Miró, y también una cierta relajación de la censura franquista, con el moderado José María García Escudero al mando de la Dirección General de Cine.

Con el viento solano (1965), de Mario Camus

A los 30 años, Camus ya había rodado tres películas admirables, Los farsantes, Young Sánchez y Con el viento solano, pero todas habían sido un fracaso en sus estrenos. Aquí adapta de nuevo a Ignacio Aldecoa, y elimina los pensamientos del narrador protagonista sin necesidad de acudir a la voz en off, detalle de maestro de la escritura. Un gitano condenado a huir tras matar a un hombre en un arrebato en una feria inicia un periplo por campo y ciudad frente al rechazo de la sociedad y hasta de los suyos. Antonio Gades despliega su fotogenia y su arte para el baile, y el aliento trágico que centra la novela, representado por el mal viento y el mal vino, desemboca en el estigma de la raza gitana como grupo perseguido, y abocado a unas condiciones socioeconómicas de las que resulta imposible escapar. Entró a concurso en el Festival de Cannes, donde coincidió con, entre otras, Doctor Zhivago y Campanadas a medianoche.

El hombre que se quiso matar (1942), de Rafael Gil

Treinta y cuatro años antes de que el presentador de telediarios de Network advirtiera de que se volaría la tapa de los sesos en la televisión, y cuarenta y un años antes de los risibles e infructuosos intentos de suicidio de Jerry Lewis en El mundo loco de Jerry, el españolito que interpreta el gran Antonio Casal ya había anunciado que se quitaría la vida en una corrida de toros cuatro días después, convirtiéndose así en pasto de la prensa y en reclamo publicitario de las marcas comerciales. Arquitecto apocado, honrado hasta la estupidez, harto de los enchufes que no le han permitido avanzar en la industria del hormigón, “pese a haber dedicado su vida al estudio del cemento armado”, Federico Solá encuentra en el anuncio de su muerte y en una inusitada sinceridad un nuevo modo de vida. Apología de la revolución del ser humano contra los convencionalismos sociales, la maravillosa comedia de Gil estaba basada en un relato de Wenceslao Fernández Flórez, el autor de El bosque animado, con su humorismo, su toque absurdo y su sabio conocimiento de la gente.

Gary Cooper, que estás en los cielos (1981), de Pilar Miró

El mejor retrato que se haya hecho de Miró, mujer de arrolladora personalidad y enorme talento, lo hizo ella misma situando a Mercedes Sampietro como su alter ego: una realizadora de mediana edad que trabaja en TVE prepara un Estudio 1 de Jean-Paul Sartre (A puerta cerrada), aspira a dirigir una película y se mueve sentimentalmente con tanta independencia como desasosiego. También lucha con un cáncer. Miró, que había sufrido una operación a corazón abierto unos años antes, le reza a su dios, Gary Cooper, y le pide fuerzas para vivir. El feminismo antes de su eclosión, la pasión por el trabajo, la soledad de una mujer distinta. Pese a sus coincidencias, la directora, con al menos otras dos películas formidables, Beltenebros y El pájaro de la felicidad, siempre negó que estuviese hablando de sí misma. Dieciséis años después, falleció de un infarto. Tenía 57.

La busca (1966), de Angelino Fons

Pío Baroja, que poco antes de su muerte, en 1956, había cedido los derechos de su obra para una posible adaptación a cambio de 20.000 pesetas, no pudo disfrutar de la mejor traslación de sus novelas, la que hizo Fons en su película de debut, y en plena eclosión del Nuevo Cine Español. El espíritu de su trilogía de La lucha por la vida fue captado por la cámara del director con pureza cinematográfica y afilado espíritu crítico, cambiando la época original de la novela, entre 1885 y 1888, por un tiempo indeterminado que nunca se especificaba, pero que servía para retratar un presente en dictadura inhóspito, desesperanzado y cruel. Como dice su impactante prólogo, ilustrado con extraordinarias fotografías reales, “parecía que el mundo avanzaba y España estaba parada”, así que en las calles estalló la llamada “cuestión social”, conformando así “un ejército de miseria e ignorancia”. Y como protagonista del colosal retrato español, el magnífico actor francés Jacques Perrin.

El último caballo (1950), de Edgar Neville

Versión castiza y cómica de las películas de John Ford en las que un antihéroe cansado y solitario camina por un mundo que ya no le pertenece. Ahora bien, aquí el que se niega al progreso es un joven que acaba de terminar sus dos años de servicio militar y quiere quedarse con su caballo, para el que ya no hay sitio en el ejército (y solo en los toros, bajo el culo del picador), sustituido por motocicletas. Neville, artista de la Otra Generación del 27, director de las también inmensas La torre de los siete jorobados y La vida en un hilo, emplaza a Fernando Fernán Gómez ante el abismo de un mundo que se marchita, añorante de aquel en el que “se podía vivir sin matarse a trabajar”, y en el que no había “tantas prisas”. Pocas estampas madrileñas más bonitas y paradójicas. Las de una ciudad atestada de coches y, entre ellos, un único caballo que deambula por la plaza de Callao, la calle Alcalá, el Arco de Cuchilleros y hasta la Gran Vía, reconstruida maravillosamente en estudio.

La verdad sobre el caso Savolta (1979), de Antonio Drove

Cuatro años después de la publicación de la soberbia novela de Eduardo Mendoza, Drove abordó una adaptación básicamente fiel, pero también bastante libre, en plena ola del cine político europeo de los setenta (los paralelismos con Sacco y Vanzetti son continuos), que eliminaba la estructura puzle del libro para convertirla en cronológica. Retrata el anarquismo, la Barcelona industrial de entre 1917 y 1923, la lucha de clases, las huelgas, la represión y el pistolerismo (o terrorismo blanco) mediante el cual el capital empresarial contrataba matones a sueldo para frenar las reivindicaciones laborales. Coproducción con grandes intérpretes franceses, italianos y españoles (y José Luis López Vázquez como Pajarito de Soto), destaca por los retratos de la prensa revolucionaria y la connivencia entre el poder político y la banca. Su consideración ha ganado con el tiempo y su mensaje, inspirado en algunos de los subtextos de La resistible ascensión de Arturo Ui, de Bertolt Brecht, sigue plenamente vigente.

Función de noche (1981), de Josefina Molina

Una insólita obra maestra con dos bases dramáticas: una película sobre la mujer española y la búsqueda de su identidad; y un experimento sobre el poder de identificación de la actriz Lola Herrera con su personaje en Cinco horas con Mario, pieza teatral que llevaba años representando. Como dijo Molina, en aquel escenario no había un solo ataúd, había dos: el del muerto, Mario, y el de una manera de ser mujer que tenía que desaparecer a la fuerza. Con cuatro cámaras filmándolos tras unos espejos, alrededor de un camerino totalmente cerrado, como en una sala de interrogatorios, Herrera y su exmarido en la vida real, Daniel Dicenta, ofrecen una catarsis emocional de la existencia en pareja. Un fascinante, improvisado, terrorífico y primigenio Gran Hermano. Esto no es un documental; es el grito de una mujer a la que nunca se había escuchado.

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Javier Ocaña
Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

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