Guns N’ Roses contra el paso del tiempo

La mítica banda de ‘hard rock’ ofreció un generoso concierto de tres horas en el estadio Benito Villamarín de Sevilla, en la única parada en España de su gira europea

Concierto de Guns N´ Roses este martes en Sevilla.
Concierto de Guns N´ Roses este martes en Sevilla.Sergio Naranjo

A la tercera fue la vencida. Tras los aplazamientos de 2020 y 2021 causados por la pandemia, Guns N’ Roses actuó por fin en Sevilla este martes como única fecha en España de las 15 que compondrán su gira europea de este año. No vendieron todas las entradas para el estadio Benito Villamarín, cuyos precios generales oscilaban entre los 50 y los 180 euros, pero, aun así, la asistencia fue importante: 43.000 personas que no querían perderse su cita con unas leyendas del rock a las que, durante muchos años, se dio por perdidas para siempre, y que resucitaron cuando nadie lo esperaba.

En concreto, fue en 2016 cuando se anunció que los miembros fundadores Slash (guitarra) y Duff McKagan (bajo) volvían a la banda después de dos décadas en que Guns N’ Roses había sido el proyecto/capricho del vocalista Axl Rose. Jocosamente, a su gira de reunión la denominaron Not In This Lifetime Tour, un título que ironizaba con unas antiguas declaraciones del líder asegurando que Slash y él no volverían a estar juntos en un escenario en esta vida. La cosa fue tan bien que se llegó a convertir en la segunda gira más lucrativa de todos los tiempos ―solo superada por el 360º Tour de U2― a pesar de no haber publicado material nuevo desde el infausto álbum Chinese Democracy, de 2008. Y en esas han seguido, prolongándolo como una especie de tour permanente que los ha reconciliado con su público y con ellos mismos.

Parte de esa aceptación, sin duda, ha llegado al asumir que todo el encanto de Guns N’ Roses radica en la mitología y el cancionero que gestaron entre 1987 y 1991. Prácticamente todo el repertorio del concierto se basó en los discos que publicaron en aquellos años: Appetite For Destruction ―del que interpretaron ocho de sus doce temas―, Lies y los dos volúmenes de Use Your Illusion. Exactamente los mismos que la banda traía bajo el brazo en su visita anterior a Sevilla, mismo recinto, en el verano de la Expo 92. No podemos saber cuántos espectadores repitieron con respecto a hace treinta años, pero la intención del concierto era hacernos creer que, si no nos fijábamos demasiado en los cuerpos y rostros de los protagonistas, las canciones podían llevarnos a viajar de nuevo a aquella época. Pura nostalgia, un museo de la historia natural del rock que solo mostró ecos de actualidad con unos visuales de delirante horterez digital y varias referencias a la guerra de Ucrania: una bandera de ese país ondeando en la interpretación de Civil War, otras dos flanqueando el escenario y otra más, junto al dibujo de un puño en alto, en una de las camisetas que lució Axl Rose.

“De padres a hijos, de abuelos a nietos, una pasión llamada Betis”, se podía leer en uno de los graderíos del estadio. Y, aunque los colores verdiblancos se cambiaron esa noche de martes por la camiseta negra con el logo de Guns N’ Roses -e incluso por unos cuantos fans disfrazados de modo chanante como el vocalista y el guitarra del grupo-, sí se apreció ese legado intergeneracional de la banda californiana. Quizá no había tantos abuelos, pero sí resultaba entrañable ver a muchos padres con sus hijos, algo que probablemente nadie se habría imaginado a finales de los años ochenta, cuando Axl, Slash y compañía presumían de su pulsión autodestructiva e impredecible. Ahora han cambiado el peligro por la profesionalidad, desafiando el paso del tiempo con un extenso concierto de casi tres horas y mostrando sobre el escenario todas sus habilidades físicas, instrumentales y vocales. Daba gusto y envidia ver sus movimientos y carreras en el escenario, luciéndose, gustándose, exhibiendo su virtuosismo.

Al contrario de lo que sucediera tres noches antes en la actuación de Red Hot Chili Peppers, nadie salió defraudado por el repertorio escogido, en el que no faltó casi ninguno de los temas que los fieles querían escuchar (si acaso, Don’t Cry). Momentos de máximo fervor fueron Welcome To The Jungle -quinta canción del concierto que, de modo mágico, coincidió con la caída de la noche-, un Sweet Child O’ Mine que provocó la histeria cuando arrancó con el icónico punteo de Slash, y la tan pretenciosa como bella November Rain, que el vocalista interpretó en un piano de cola que varios operarios situaron en el frontal del escenario solamente para ese momento. Los Guns alternaron las generosas interpretaciones de sus grandes éxitos con otros temas algo más ocultos en su discografía, o incluso sorpresas para fans fatales como Slither, de Velvet Revolver, el grupo paralelo que formaron Slash y McKagan junto a Scott Weiland, de Stone Temple Pilots.

En realidad, lo que se podía haber quedado en un acto de tributo a sí mismos, se extendió hacia un homenaje a sus héroes del rock, al puntuar el concierto con media docena de versiones y algunos guiños adicionales, como la melodía de Blackbird de The Beatles con la que introdujeron en clave acústica su balada Patience. Además de las esperadas (Live And Let Die, de Paul McCartney, y Knockin’ On Heaven’s Door, de Bob Dylan), enardecieron al público con Black Is Back de AC/DC, que Rose presentó ironizando con que hacía un tiempo tuvo otro trabajo, en referencia a la gira en que ofició como vocalista de los australianos, y que también pasó por Sevilla. Más inesperadas todavía fueron I Wanna Be Your Dog, de The Stooges ―cantada por McKagan, que siempre fue el más punk el grupo― y, en los bises, el clásico country Wichita Lineman que compusiera Jimmy Webb y popularizara Glen Campbell. Fue ese un momento de insondable extrañeza que anticipó el final de fiesta, cerrando el mismo círculo argumental con el que, alrededor de las 21.45h, había comenzado la ceremonia. Si la banda había arrancado frenética con It’s So Easy y Mr. Brownstone, dos de los temas más macarras de Appetite For Destruction, se despidió con otra pareja de sucios ases, You’re Crazy y Paradise City. Era como si Axl, ya sexagenario, y los otros dos fundadores -que van por el mismo camino- mirasen frente a frente a las calaveras que ocupaban la portada de aquel álbum y les dijesen: “¿Lo veis? Seguimos aquí, y no nos ha ido tan mal”.

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