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Columna
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Dejen el catolicismo en manos de los pecadores

Cada vez hay más procesiones pero menos creyentes. Es hora de reconocer todo lo que los herejes han hecho por la religión

Pier Paolo Pasolini y su madre, Susanna Colussi, en Roma en 1963.
Pier Paolo Pasolini y su madre, Susanna Colussi, en Roma en 1963.AGF (Universal Images Group via Getty)

Cada vez hay menos creyentes pero más procesiones. Las iglesias se vacían, las calles se llenan. Las facetas espiritual, ritual y social del catolicismo jamás estuvieron tan separadas y la sobrenatural cotiza a la baja entre tanta plaga moderna. Para colmo, el Altísimo parece haber puesto la musical en manos de herejes como C. Tangana y Zahara, pero los ortodoxos, que han perdido el olfato para detectar la santidad milenial, también han olvidado todo lo que la religión debe a los pecadores.

En 1962 Pier Paolo Pasolini acudió a Asís para participar en un diálogo entre la Iglesia y artistas no católicos. Tenía 40 años y todos los defectos posibles: era homosexual, comunista y provocador. Fascinado por la versión de la vida de Cristo redactada por San Mateo, decidió adaptarla al cine arriesgándose “incluso a los peligros del esteticismo”: Bach y Mozart para la música; Piero della Francesca y Duccio para “la inspiración figurativa”; la realidad “prehistórica y exótica” del mundo árabe como ambiente.

Así se lo explicó al productor en una carta citada por Miguel Dalmau en la reciente Pasolini, el último profeta (Tusquets). Escrita con buen pulso narrativo, la biografía peca a veces de sobreproteger una obra que se protege sola. Así, al recordar una mala crítica en Le Nouvel Observateur, Dalmau nos escatima la identidad de quien la firmó porque, sostiene, su nombre “no merece manchar esta página”. Curiosa forma de defender a un hereje: ser más papista que el Papa. Para El Evangelio según San Mateo Pasolini optó por un reparto familiar: a sus amigos Natalia Ginzburg (María de Betania), Giorgio Agamben (Felipe), Enzo Siciliano (Pedro) y Alfonso Gatto (Andrés) se les sumó su propia madre, Susanna Colussi, en el papel de la Virgen María. Si el rubicundo Luis Goytisolo, elegido para interpretar a Jesús, hubiera aceptado el papel, el resultado habría parecido, en efecto, inspirado por Piero, pero el rostro cejijunto de Enrique Irazoki, el Cristo final, lleva más a pensar en Caravaggio.

'San Mateo y el ángel' (1602), de Caravaggio. La primera versión (izquierda) fue rechazada por el cliente. Posteriormente, fue destruida en un bombardeo sobre Berlín.
'San Mateo y el ángel' (1602), de Caravaggio. La primera versión (izquierda) fue rechazada por el cliente. Posteriormente, fue destruida en un bombardeo sobre Berlín.

La película, bendecida por el Vaticano, tiene en el fondo algo de justicia poética hacia el pendenciero artista barroco. Tras recibir el encargo de pintar un tríptico sobre el evangelista recaudador para la iglesia de los franceses de Roma, Caravaggio vio rechazada la primera versión de su San Mateo y el ángel por exceso de realismo y de cercanía física entre el viejo escritor y su alado inspirador adolescente. Destruido en Berlín durante un bombardeo, solo la belleza de la segunda versión puede competir con el mito de aquella pérdida.

También entre el realismo y el idealismo se mueve Sed, la fulgurante autobiografía del hijo de Dios que Amélie Nothomb acaba de publicar en Anagrama (versión de Sergi Pàmies). Como si Beckett hubiera retocado un guion de los Monty Python, Sed alterna reflexiones sobre el cuerpo o la soledad con escenas hilarantes como el juicio contra el Mesías, al que acuden como testigos de la acusación muchos beneficiarios de sus milagros. La vida normal les parece un infierno: no era ese el cielo que les habían prometido. De todo empieza a hacer ya dos mil años.

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Sobre la firma

Javier Rodríguez Marcos

Es coordinador de la información literaria en 'Babelia', suplemento cultural de EL PAÍS. Antes trabajó en 'ABC'. Licenciado en Filología, es autor de la crónica 'Un torpe en un terremoto' y premio Ojo Crítico de Poesía por el libro 'Frágil'. También comisarió para el Museo Reina Sofía la exposición 'Minimalismos: un signo de los tiempos'.

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