La película de la semana | Envidia sanaCrítica
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‘Envidia sana’: del triunfo y su soledad

No me divierto excesivamente con esta comedia, pero tampoco me ocurre nada malo con ella, a excepción de su insufrible arranque

Vincent Cassel y Bérénice Bejo, en 'Envidia sana'. En el vídeo, tráiler de la película.

Debido a mi absurda, aunque incurable alergia a las tecnologías, no dispongo de algo llamado enlaces, cuyas claves suministran productoras y distribuidoras para que puedas ver en casa sus películas. Pero algunas de ellas todavía hacen pases privados en sus salas o en los cines. De ellos me alimento tibiamente. Pero es muy raro que acuda a las salas comerciales para ver cine rodeado de público que paga la entrada, el ancestral y auténtico ritual. Sospecho lamentablemente que el número de espectadores debe ser ínfimo. Debido a la peste y con el añadido de la deserción que implica la llegada del calor. Tampoco encuentro demasiados títulos en la cartelera que me inciten a animar a los lectores a que pasen por taquilla. Casi todo lo que se estrena tiene aire de saldo con pretensiones, de suspiro agonizante. Que dios o el diablo ayuden en el futuro a la exhibición en las salas, que retorne en dosis razonables la calidad o el atractivo, que las películas que se estrenan en las plataformas y destinadas al consumo casero, no acaben fulminando una tradición centenaria y gozosa consistente en ir al cine.

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Intentando encontrar algo digerible, me acerco a la comedia francesa Envidia sana. Ya sé que abunda ese género en el cine francés. Pero generalmente no consigo reírme con la mayoría de ellas. Esta la dirige Daniel Cohen, autor de una comedia que se me atragantó: El chef: la receta de la felicidad. Y en Envidia sana todo me invita en los 15 minutos iniciales a salir corriendo del cine. Hay una secuencia interminable, que el autor debe de considerar el colmo de la originalidad, la brillantez y la gracia, en la que dos parejas de amigos discuten, hasta poder provocar el ataque de nervios en los espectadores, sobre si quieren y deben tomar postre después de cenar en un restaurante. Y lamentas que el productor de la película o alguna persona sensata no haya aconsejado a Cohen: acorta o elimina esta secuencia, porque no hay dios que la aguante.

A partir de ahí la cosa mejora levemente, incluso tiene momentos ingeniosos. El tema se presta a la perversión, a reflexiones nada amables sobre la condición humana. Habla del éxito y de las patéticas consecuencias que este puede tener en la relación con los que se consideraban íntimos amigos, de algo tan mezquino como humano llamado envidia. El cuarteto lo forman una señora dicharachera e insoportable; su muy bobo marido, que cambia de aficiones todas las semanas tratando de encontrarse a sí mismo y otorgar belleza y sentido a su anodina existencia; otro tipo convencido de que su trabajo en el aluminio es la profesión más necesaria de la tierra, y su esposa, dependienta en una boutique y aguda observadora de las personas y las cosas. Cuando esta consigue imprimir en un libro lo que siente y este se convierte en un admirado best-seller, estalla la armonía que tenía con sus amigos y con su marido. Ninguno le perdona el inesperado y masivo triunfo, todos se creen más capacitados que ella para haber logrado el reconocimiento social y profesional, el dinero y la fama que proporcionan. La conclusión es desoladora. Lo de estaremos juntos en la dicha y en la adversidad que proclama el sagrado matrimonio puede reducirse en este caso al “te abandonaremos si alcanzas tus sueños y los nuestros fracasan”.

Tengo mis manías en cuanto a actores y actrices. Envidia sana la protagoniza Vincent Cassel, una estrella del cine francés y también con prestigioso recorrido en el cine internacional. No dudo que posea talento, personalidad y magnetismo. Tampoco de que tengan idénticos dones interpretes como Joaquin Phoenix, Isabelle Huppert, Cassey Afleck, Tilda Swinton, Colin Farrell y unos cuantos más que reciben todo tipo de premios y el fervor de incondicionales fans. Simplemente, no me caen bien. Y hay otros a los siempre me gusta verlos y escucharlos, incluso en sus películas más decepcionantes. Sí me atrae Bérénice Bejo, la deliciosa protagonista de The Artist, que aquí interpreta a la triunfadora que se quedó solita sin comerlo ni beberlo, debido a la envidia de sus seres más cercanos. No me divierto excesivamente con esta película, pero tampoco me ocurre nada malo con ella, a excepción de su insufrible arranque.

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