Manuel Azaña

Azaña, forjador de la España de hoy

La Biblioteca Nacional reconstruye la compleja vida del escritor y político republicano

Azaña, con Valle-Inclán, entre otros, hacia 1930 en la tertulia de la Cacharrería en el Ateneo de Madrid.
Azaña, con Valle-Inclán, entre otros, hacia 1930 en la tertulia de la Cacharrería en el Ateneo de Madrid.Alfonso / Archivo General de la Administración

La enorme figura de Manuel Azaña ha quedado reducida a unos cuantos tópicos y fue secuestrada durante años por la dictadura franquista. La exposición que hoy inaugura Felipe VI en la Biblioteca Nacional procura rescatar la imponente y compleja personalidad de un hombre que resume los afanes de esa España que quiso abrirse durante la primera mitad del siglo XX al mundo y convertirse en un país moderno. Fotografías, papeles, libros, revistas, algunas filmaciones, objetos: cada rincón de la muestra está lleno de resonancias y permite descubrir las múltiples aristas de una época cargada de acontecimientos, de conquistas y de fracasos, de explosiones de júbilo y de heridas que todavía están por cerrar. Azaña está ahí cuando la Restauración da sus últimos coletazos, asiste apesadumbrado a la llegada de la dictadura de Primo de Rivera, es ya un político que empuja para que llegue la República —de la que es su figura esencial: ministro, jefe de Gobierno, presidente—, le estalla la Guerra Civil, sale al exilio, muere tras escapar de los nazis en Montauban. Ocurrió hace ochenta años, el 3 de noviembre de 1940.

Oscuro funcionario, escritor sin lectores, político al que pintaban con colmillos por la dureza con la que argumentaba contra sus adversarios, la más perfecta encarnación del demonio: los estereotipos más variados han ido devorando a Azaña de la mano de sus enemigos y, al final, ha quedado reducido a una nota al margen de la historia cuando en realidad es la figura central que encarna los desafíos de un país que peleaba por salir de su retraso secular. “Intelectual y estadista” son las notas que han elegido los artífices de la exposición —Ángeles Egido León, comisaria, y Jesús Cañete Ochoa, comisario adjunto— para caracterizar la andadura del responsable de poner en marcha las reformas más audaces en las que se embarcó en los años treinta del siglo pasado la recién llegada República. “Fue un intelectual comprometido que fue arrastrado a la política por ese mismo compromiso”, comenta Cañete. “No es fácil resumir una personalidad tan rica y compleja, pero acaso sirva decir que quiso traer la civilización a esa España que era todavía un páramo en aquellos tiempos”.

Manuel Azaña nació en Alcalá de Henares en 1880, la exposición muestra algunos utensilios vinculados al cargo de alcalde de esa ciudad que ejerció su padre, así que el interés por lo público le vino de la infancia. Félix Díaz Gallo, su tío materno, un hombre que escribía el latín y leía el griego y que hablaba un montón de idiomas, le contagió su interés por los libros y lo abrió al mundo. Se formó con los agustinos en El Escorial, donde perdió la fe católica en la que lo había educado su familia, y terminó estudiando Derecho. Sus años de juventud fueron años de lectura, empezó a escribir, se llenó de las inquietudes de una sociedad en la que convivían literatos, artistas y pensadores de una importancia capital —los del 98, la generación del 14, en la que fue encuadrado, la del 27—, así que formó parte de esa atmósfera que dio lugar a la Edad de Plata de la cultura española. Estuvo becado en París, recorrió como corresponsal algunos escenarios de la I Guerra Mundial. En Madrid se comportó como un torbellino dándole un enérgico impulso al Ateneo. Desde muy pronto colaboró en las publicaciones de su pueblo, luego tuvo un papel esencial en revistas como La Pluma. Los nombres que aparecen en la portada de uno de los ejemplares que se exhiben en la exposición marea: están muchos de los más grandes.

Esa España vibrante, aún en sus limitaciones, y prácticamente desconocida por las nuevas generaciones es la que, a través de 200 piezas, levanta esta exposición que han organizado Acción Cultural Española (AC/E), la Secretaría de Estado de Memoria Democrática y la propia Biblioteca Nacional. “No queremos ni podemos perder la esperanza en el porvenir”, dijo en una conferencia —El problema español— en 1911. “De ahí nuestro propósito [...] de persuadir a nuestros conciudadanos de que hay una patria que redimir y rehacer por la cultura, por la justicia y por la libertad”. Ese fue su proyecto y a él se aplicó con una entrega inaudita. Lo interrumpió la dictadura, se recuperó con la llegada de la democracia. No compartía el lamento de la generación del 98 por la suerte de España, ni ningún maximalismo, sabía que tocaba picar piedra, y la picó. Eso significaba entrar de lleno en la política. Se acercó al Partido Reformista de Melquíades Álvarez, se presentó a las elecciones, más adelante fundó Acción Republicana en 1926 y después Izquierda Republicana, en 1934. No paraba.

En 1926 ganó el Premio Nacional de Literatura con una obra sobre Juan Valera. Se casó en 1929 con María Dolores de Rivas Cherif, a la que sacaba 24 años. Se hizo íntimo de su hermano, Cipriano. Paso a paso, la exposición revela la riqueza de su vida y sus hitos más grandiosos y los más amargos: República, guerra, exilio. La terrible derrota de un enorme programa de modernización que se fue a pique con el golpe de los militares franquistas. Para entender lo que Azaña significó en su tiempo, ahí están en una vitrina los tiques para acceder a dos de sus mítines. Pagabas y entrabas, las fotografías muestran las multitudes que acudían a escucharlo: como en un concierto de rock de los de ahora. Pero no sonaban las guitarras eléctricas. Solo la palabra. “En su identificación de palabra y acción radicaba su fuerza pero también su debilidad, pues la palabra que ilumina como un fogonazo una intrincada situación nunca modifica por sí sola la situación misma”, escribió Santos Juliá en su biografía de Azaña. Esta exposición ilustra ese matiz trágico que marcó la vida Azaña y que marcó, también, la historia de España.



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