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El otro planeta catalán del Planeta

La ceremonia del premio, un mundo no independentista, sirvió de palco de reivindicación institucional, con Calvo y Batet, mientras los disturbios seguían en la ciudad y Ada Colau se iba de la cena

Íñigo Domínguez
Mesa presidencial en el Premio Planeta 2019, Barcelona.
Mesa presidencial en el Premio Planeta 2019, Barcelona.EUROPA PRESS (Europa Press)

El Planeta observaba ayer la ciudad desde las alturas, como desde otro planeta, porque el lugar de la ceremonia de su premio, el Museo Nacional de Arte de Cataluña, es una especie de castillo en Montjuic que domina Barcelona y todo se ve pequeñito, sobre todo las manifestaciones. Normalmente se celebra en plena Diagonal, pero este año se ha trasladado ahí. Nada que ver con la sentencia del procés, aseguran, incluso antes de preguntarlo. La ceremonia era una cápsula de normalidad, incluso fuera de lo normal: mesa para 980 invitados y ni un solo lazo amarillo. Es más, nadie llevaba nada amarillo, ni un post-it. Toda la iluminación de la sala de la gran cúpula del banquete era azulada, como de nevera. Se congelaban las pasiones, y brillaban canapés de jamón ibérico del bueno. Viniendo de fuera, una ciudad donde no se sabe qué va a pasar, se agradecía estar en un lugar previsible, donde todo el mundo sabía desde hacía horas quién había ganado el premio. Era el tema que se evitaba educadamente en los corrillos, es tradición, y anoche también el otro, lo que pasaba fuera, según los corrillos. “Entre escritores somos gente educada y se tiende a evitar los temas polémicos, aquí también”, decía la escritora Espido Freire, ganadora en 1999.

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Se escuchaba mucha anécdota de lo que costó llegar el día anterior a tal sitio. La protesta rozó al Planeta, porque una manifestación arrancaba en plaza de España, aunque cuatro horas antes. Pero había preocupación: “Estaban aquí, aquí mismo”, decían dos invitados en la terraza de entrada señalando el lugar, a un kilómetro. En Gran Vía y el centro de la ciudad volaban tortas en enfrentamientos entre policía y manifestantes, pero quedaba muy lejos. Solo la vicepresidenta Carmen Calvo dio sensación de llegar del frente: “La delegada de Gobierno está bien”. Había gente que no sabía de qué estaba hablando. “Ah, sí, que hoy había lío por allí”, se oía decir. Pero la mayor parte de la realidad de los vecinos de Barcelona es así, no sale en las noticias. Se notaba que Calvo en el Planeta se sentía en refugio seguro.

“Ayer, de la rueda de prensa al hotel, que son veinte minutos, tardé tres horas. Al final llegué andando, y con tacones bajo la lluvia. Pero bueno, paciencia”, contaba Carmen Posadas, la presidenta del jurado. “Aquí es el tema del día y se habla, claro, pero sobre todo estábamos preocupados por si había algún escrache, porque es una pena que estropearan un día en que el libro, que tiene tan poco protagonismo, es el protagonista”. Armarla en el Planeta habría requerido prácticamente expediciones y campamento base. Y la montaña estaba blindada por Mossos y Policía Nacional. El glamour del premio era una película invisible que dejaba el ruido fuera, en un reducto no nacionalista, y ya independentista ni hablamos, que el mundo indepe mira fatal. También a los suyos que van, si queda alguno y en cualquier caso llevan el lazo por dentro. Planeta trasladó su sede a Madrid hace dos años y toda la Generalitat dejó de asistir. Ayer, único representante de ese mundo, Artur Mas, como expresidente. Estaba sentado en la mesa central, en la otra punta del sitio de Carmen Calvo. Lo más cerca, a dos sillas de Manuel Cruz. Enfrente, ladeada, Meritxell Batet. Única autoridad catalana, Ada Colau, con cara de circunstancias y de pensar qué hago yo aquí.

A las 21.20, ya con todo el mundo allí, apareció discretamente uno de los condenados, y en esto tampoco hacían falta quinielas para adivinar quién: Santi Vila. Codazos entre los curiosos. Grandes abrazos cómplices. ¿Cómo está? “Muy contrariado, siento una gran tristeza, mira cómo está la ciudad, es un momento muy bestia. Esperemos solucionarlo bien y que no se lastime nadie. Podíamos ser la capital del libro y en cambio… Este es un acto que hay que apoyar. La alegría que se ve cuando todo va bien hoy no la ves”. Pero bueno, dentro corría alegremente el cava Naveran Brut Vintage.

Había invitados y famosos que hacían cola para el estrado de las fotos, mientras otros mucho más importantes, señores bien de Barcelona, lo esquivaban: “Mira tú que hacer cola para que te hagan fotos”. Una ordinariez. Circulaban galletitas de parmigiano, suspiros de foie. En la suavidad ambiental, los había poco diplomáticos, como Leopoldo Badía: “Todo esto que ha pasado no me ha gustado nada. Dicen que esto se arregla hablando, pero no sé cómo se habla. Si se habla de esto hoy me cambiaré de mesa”. O Lorenzo Silva, vencedor en 2012: “He visto la ciudad muy tranquila, tengo una sensación de sobreactuación, porque la sentencia es compasiva. Yo no celebro que vayan a la cárcel, no me alegro, pero no compro los aspavientos de doncella violada de personas que estaban muy avisadas”.

Clara Sánchez, ganadora de la edición de 2013, tiene familia en Cataluña y son independentistas. “Lo que hacemos es procurar no hablar de ello. Creo que el nacionalismo es sentimiento, no ideología, y a mí me cuesta entenderlo, porque no lo soy. Creo que hay enfrentamientos que son inútiles, gastan energía para cosas más importantes. Sí, lo siento por la persona que ha perdido el ojo”. Sobre el lío de allá abajo tampoco se escandaliza, piensa que está bien protestar si no se está de acuerdo: “Nos gustaría que la realidad fuera decorosa, pero es caótica. Es una lucha de deseos, y si prima el sentido común, la tolerancia, podremos solucionarlo”. Santiago Posteguillo, el triunfador del año pasado, no quería opinar: “Lo que pienso de todo esto es que cuando el presidente de la Generalitat, los dirigentes de los CDR, o Pedro Sánchez, o Casado, o Rivera, opinen sobre el ritmo y la narrativa de un libro mío, yo opinaré sobre esto”.

La cena (esfera de quinoa con salmón, tronco de rape, sacher de frambuesa) arrancó con un vídeo promocional sobre el encanto de los libros, pero era equívoco, alguien podía pensar que estaba hablando de política: “Aquel fue el día que comenzamos a soñar… Un viaje sin retorno que nunca alcanzamos a imaginar… Bienvenidos a la magia de las palabras”. Tras el postre, llegó el fallo del jurado e invitaron al escenario a Carmen Calvo y Meritxell Batet, hubo murmullos en la sala, se percibía claramente que era una imagen significativa, nadie se engañaba. Ada Colau ya no estaba, se había largado. Fuentes municipales atribuyeron su marcha a su intención de seguir la situación por los incidentes en la ciudad. La presidenta del Congreso fue de hecho quien entregó el premio. Las dos se hicieron la foto con los ganadores.

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Sobre la firma

Íñigo Domínguez
Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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