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Coordinado por Juan Carlos Galindo

¿Y si el detective fuera un aliado del (malvado) poder?

Eduard Palomares debuta con 'No cerramos en agosto', un 'noir' en el que el personaje principal es Barcelona, y el secundario, la precariedad laboral

Eduard Palomares, el pasado mes de junio, en Barcelona.
Eduard Palomares, el pasado mes de junio, en Barcelona.

Jordi Viassolo acaba de conseguir trabajo y es el trabajo con el que lleva soñando desde niño: detective. Sus amigos creen que le serviría para ligar más si Solo – así le llaman, a todos les gusta Star Wars y, en parte, consideran a Han Solo un detective del espacio, el Philip Marlowe de las estrellas – fuese un poco menos tímido, un poco menos inseguro de lo que es. Porque ese es su principal problema. Solo es un amante de la novela negra, pero tiene claro que jamás será tan atrevido, tan insolente y tan tipo duro como sus protagonistas, pero ¿acaso se parece el mundo real a una novela? ¿Son los despachos de detective lugares mugrientos en los que siempre espera una petaca con Calvados en el segundo cajón del escritorio? No, no lo son. Al menos, no en la Barcelona del siglo XXI en la que se ambienta la primera novela de Eduard Palomares, No cerramos en agosto (Libros del Asteroide).

En la Barcelona de No cerramos en agosto las agencias de detectives prefieren llamarse Consultorías de Inteligencia y Seguridad y estar del lado de los malos. Porque eso, dice Palomares, es lo que hacen los detectives en el mundo real. “La novela negra tiende a presentárnoslo como héroes, antihéroes, que siempre están del lado de los débiles, pero en el mundo real, ¿para qué se contrata a una agencia de detectives? En realidad, ¿quién la contrata? El poderoso. En el mundo real los detectives son herramientas del poder, que se infiltran, por ejemplo, en sindicatos de trabajadores para dar información al propietario del negocio, o que se dedican a seguir a las chicas violadas después de la violación, como ocurrió en el caso de La Manada, para que el abogado defensor de los violadores pueda decir luego que estaba haciendo vida normal, y que tanto no debía haberle afectado”, dice, y no le falta razón.

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Pero No cerramos en agosto es una novela, y como tal, intenta reparar el daño y darle al detective, al menos, al romántico empedernido de Solo – romántico en el sentido literal de la palabra, pues pese a todos los inconvenientes del desalmado y sobre todo precario mundo real, Solo quiere fingirse un personaje de una de esas novelas que ama –, un papel que esquive esa condena. Y es que las verdaderas protagonistas de la historia no tienen tanto que ver con el caso. En realidad son Barcelona, una Barcelona infestada de turistas y asfixiada por la especulación inmobiliaria, y la precariedad laboral de la generación de Solo (y su autor). Para que se hagan una idea: Viassolo va a pasar el verano trabajando como becario en la flamante agencia de Marina del Duque por 250 míseros euros al mes. “Es lo que se cobra en una beca corriente, ¡incluso demasiado! Yo, por ejemplo, cuando hice la beca de periodismo no cobré nada”, dice.

Por supuesto, no hay posibilidad de quedarse en la empresa, por más bien que lo haga. Así se lo advierte al principio Del Duque. Al principio, va a tener un compañero de trabajo el mes de agosto, cuando todo el mundo se va de vacaciones, un viejo lobo solitario, que podría pasar por un Carvalho definitivamente hundido y domesticado, un tal Recasens, que cree ver en él una especie de discípulo. En especial, cuando aparezca un cliente en el único mes en que no deben aceptarse clientes y Solo lo acepte. El cliente en cuestión está buscando a su mujer, que se ha marchado después de dejarle una nota en la que queda claro que está harta de su matrimonio. El cliente, incapaz de sentirse abandonado, o quién sabe por qué, le dice que la carta no es suya porque ella nunca diría la última palabra que aparece en ella (cariño). Decidido a descubrir la verdad, Solo saldrá a las tórridas calles de Barcelona para encontrarla.

En el mundo real los detectives no están del lado de los débiles, son herramientas del poder, que se infiltran, por ejemplo, en sindicatos de trabajadores para dar información al propietario del negocio Eduard Palomares

“La carta es un punto de partida y en cierto sentido da una idea de cómo va a desarrollarse la acción, porque lo que me interesa es jugar con pequeños equívocos”, dice Palomares que, también, como Viassolo, estudió periodismo, y lo ejerce. ¿Es cierto que las agencias de detectives utilizan a periodistas? “¡Claro! Ellos mismos se hacen pasar por periodistas para conseguir información, y necesitan saber cómo trabajamos para poder hacerse pasar por nosotros”, contesta. Y no solo eso. Como en el caso de su novela, hay agencias que incluso crean falsos medios de comunicación que, claro, necesitan contenido. Esos medios son puentes a la información que quieren conseguir. El que el protagonista habite dos ambientes, y se pretenda duro pero sea más inseguro que un personaje de Adam Thirlwell, guarda un curioso paralelismo con los dos tipos de novela que hay detrás de No cerramos en agosto. Porque Palomares es tan fan de Raymond Chandler como de David Trueba, tan lector de Manuel Vázquez Montalbán como de Nick Hornby.

En ese sentido, la novela sería un híbrido entre una novela de reorientación existencial y un noir barcelonés que persigue a los clásicos (Montalbán siempre será el que más brille entre todos ellos) pero que no pretende acercarse a ellos. Ni siquiera imitarlos. “Me dije: 'La novela negra está llena de personajes sarcásticos, muy seguros de sí mismos, pero ¿qué puedo aportar yo, que no soy nada de eso? Mi timidez y mi inseguridad'. Quería hablar de todo lo que no se habla en una novela negra, y de paso, explicarme a mí mismo por qué siempre me he sentido tan lejos de todos esos personajes que admiro”, explica Palomares. Tiene mucho en común con el Jason Schwartzman de Bored to Death, la serie de Jonathan Ames, que, sorprendentemente, no ha visto. El detective que jamás podrá ser un detective clásico porque está destinado a ser otro tipo (más humano y real) de clásico.

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