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Las tres edades de la doctora Grandes

De la novela erótica a la memoria histórica, la ganadora del Premio Nacional de Narrativa se sacude todas las etiquetas

Almudena Grandes en enero de 2007 durante la lectura en la Puerta de Alcalá de Madrid del manifiesto de la marcha convocada en repulsa por el atentado cometido por ETA en el aeropuerto de Barajas en el que perdieron la vida dos jóvenes ecuatorianos.
Almudena Grandes en enero de 2007 durante la lectura en la Puerta de Alcalá de Madrid del manifiesto de la marcha convocada en repulsa por el atentado cometido por ETA en el aeropuerto de Barajas en el que perdieron la vida dos jóvenes ecuatorianos.

Cuando en 2010 Almudena Grandes publicó Inés y la alegría, primera entrega de sus Episodios de una guerra interminable, declaró que tenía trabajo hasta 2017. Que aquel plazo terminara hace un año demuestra que la imaginación nunca se deja programar del todo. Ni siquiera la de una de las novelistas más lúcidas y perseverantes del panorama español. Es esa mezcla de perseverancia y lucidez la que ha llevado a la escritora madrileña a intentar sacudirse todas las etiquetas (todas menos, precisamente, una que nadie quiere: la de escritora madrileña). Antes de que el agua se congele bajo sus pies, ella ya está pisando otro charco.

Un éxito como el de Las edades de Lulú (1989), su primera novela, habría hundido a cualquiera. Con 29 años, el premio La Sonrisa Vertical en el bolsillo y la adaptación de Bigas Luna en los cines, podría haberse sentado a hacer caja explotando el filón erótico de la nueva narrativa española. Dos años más tarde, sin embargo, rompió el molde del género con Te llamaré Viernes, que dio paso a una serie de obras de corte generacional pegadas al presente: de Malena es un nombre de tango a Los aires difíciles.

En 2007, El corazón helado hizo de gozne entre las dos Españas de Antonio Machado y, de paso, entre la actualidad política y la memoria histórica. Cuando cada nueva novela suya se contaba por éxito y se cernía sobre ella la medalla olímpica de la literatura de mujeres —se supone que, por mala que sea, la de hombres no requiere añadidos preposicionales—, Grandes se embarcó en un ciclo destinado a narrar, bajo la advocación de su amado Galdós, la intrahistoria menos conocida de la larga posguerra española. Cuando hace ocho años publicó el primero de sus particulares episodios nacionales —dedicado a la invasión del Valle de Arán a cargo de los maquis— ya estaba escrito el segundo: El lector de Julio Verne (2012). Le siguieron Las tres bodas de Manolita (2014) y la ahora premiada Los pacientes del doctor García (2017).

Según el plan inicial, quedan en el telar La madre de Frankenstein y Mariano en el Bidasoa. En ellos ocupará estos años si, como en el caso de la crisis económica —que dio lugar a Los besos en el pan (2015)—, el presente no se cruza de nuevo en su camino. El presente o alguna causa que la lleve a comprometerse, es decir, a jugarse algo. Cualquiera que lea sus artículos de opinión comprobará que escribe para tener lectores, no para hacer amigos.

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