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Caballé, la ‘Superba’

Su popularidad ha desbordado los límites del mundo lírico hasta convertirla en un personaje conocido en todo el mundo y por todo el mundo, les guste la ópera o no

Montserrat Caballé y Freddie Mercury, en 1989.
Montserrat Caballé y Freddie Mercury, en 1989.

Cada generación tiene sus mitos, y en el mundo de la ópera, en el que últimamente aparecen y desaparecen con celeridad divos de usar y tirar, hablar de Montserrat Caballé (Barcelona, 12 de abril de 1933- 6 de octubre de 2018) es hablar de una auténtica leyenda. Por su milagrosa voz, con esos pianísimos de etérea belleza que dejaban al público embelesado, y también por su desbordante personalidad —las risas de la Caballé eran tan sonoras y llenas de felicidad como sus poderosos agudos, la gran soprano catalana era, probablemente, la última gran diva del canto cuya popularidad ha desbordado los límites del mundo lírico hasta convertirla en un personaje conocido en todo el mundo y por todo el mundo, les guste la ópera o no.

Maria Callas era la Divina. A Joan Sutherland la llamaban la Stupenda. Y a Montserrat Caballé la Superba. Tras su espectacular éxito en el Carnegie Hall de Nueva York en 1965 cantando Lucrezia Borgia, de Donizetti, The New York Times cimentó la gloria futura de la diva de forma tan gráfica y elocuente que, de hecho, le abrió las puertas de los grandes escenarios de todo el mundo: Callas+Tebaldi=Caballé.

Con su muerte, esta madrugada a los 85 años, desaparece una voz única, irrepetible, una de las sopranos más importantes del siglo XX y un personaje entrañable al que, sin duda, echaremos de menos fuera y dentro de la ópera.

Su carrera, extraordinariamente longeva, ha tenido, como no podía ser de otra manera, altibajos, y en los últimos años ha pasado amarguras y sinsabores a causa de sus problemas con Hacienda. Pero ha sido un mito del canto, y su legado grabado documenta el talento de una de esas contadas voces que en verdad han marcado la moderna historia de la ópera y ha sido un referente para las nuevas generaciones.

Los aficionados que han tenido la fortuna de ver en acción a Caballé en sus años más gloriosos —cantando óperas como Norma, La Traviata, Maria Stuarda, Adriana Lecouvreur, Tosca o Salomé, atesoran esas experiencias como recuerdos melómanos inolvidables. Su técnica era milagrosa, con un fiato portentoso y unos pianissimi de ensueño; su belleza vocal, arrebatadora por la calidad, la calidez y la expresividad.

El director de escena y dramaturgo estadounidense Robert Wilson suele decir que la voz y la personalidad de Caballé han sido una constante fuente de inspiración en su vida. De hecho, la gran diva catalana ha sido un fenómeno vocal que ha hecho historia, como lo hicieron Enrico Caruso, Maria Callas, Luciano Pavarotti o Plácido Domingo en sus muchas décadas como tenor. Fenómenos vocales que rompen las fronteras, a veces demasiado estrechas y elitistas del mundo de la ópera, y logran calar en el imaginario popular. Mucha gente que jamás ha pisado un teatro de ópera conoce su nombre. Y, para millones de jóvenes, Caballé era esa simpática y oronda señora que cantaba Barcelona junto a Freddie Mercury en la universal cita olímpica de 1992.

Su carrera ha sido, además, un triunfo vital. Con achaques, enfermedades y altibajos, hasta hace muy poco tiempo seguía en activo, ofreciendo recitales y conciertos populares a una edad en la que todos los divos de su generación llevan años celebrando sus cumpleaños retirados de la escena. Tenía una curiosidad insaciable y ampliaba su repertorio liederístico buscando, descubriendo, sacando del olvido y del polvo de las bibliotecas, piezas que se adaptaban bien a su estado vocal. Ibas a un recital de la Caballé, sola o acompañada de su hija, la también soprano Montserrat Martí, y, de pronto, te sorprendía con canciones del repertorio español, italiano, francés y alemán en las que dejaba su impronta.

Supo dejar a tiempo la ópera escenificada, más por los problemas de movilidad física que por el estado de su voz, pues en algunas de sus últimas actuaciones en el teatro donde nació su leyenda, el Gran Teatro del Liceo, dio brillo a títulos como Henry VIII, la ópera de Saint-Saëns que protagonizó en 2002 para celebrar sus cuatro décadas de glorioso historial en el coliseo de La Rambla. Nadie mejor que ella sabía que la leyenda Caballé podía ser su peor enemigo, así que decidió dejar a un lado los personajes más célebres de su inmenso repertorio y apostar por títulos olvidados de autores como Respigui, Gounod y Massenet.

'Barcelona', la canción que unió a Freddie Mercury y Caballé

Caballé, la ‘Superba’

El líder de Queen se refería a la soprano como su cantante favorita.

Nunca pensó seriamente en la retirada, porque necesitaba seguir compartiendo la emoción del canto con el público para sentirse viva. No concebía una vida sin el canto, bien en activo, encima de un escenario, impartiendo clases magistrales o presidiendo el concurso de canto que lleva su nombre. Y lloraba de emoción, sincera, cuando descubría alguna voz joven con verdadero talento, como hizo con Pretty Yende, que anoche cantaba I puritani, de Bellini, en la inauguración de la temporada del Liceo junto a Javier Camarena.

No se puede escribir la historia del Liceo en la segunda mitad del siglo XX sin hablar del reinado de Caballé. Debutó el 7 de enero de 1962, protagonizando el estreno en España de Arabella, de Richard Strauss, su compositor favorito. Fue el inicio de una relación apasionada, a veces con tempestuosos desencuentros con la dirección artística, pero siempre marcada por su poderosa e influyente personalidad, dentro y fuera del escenario. El Liceo era su teatro, su casa y en su escenario asombró a varias generaciones con sus grandes personajes: Maria Stuarda, Roberto Devereux, Lucrezia Borgia, Il pirata, Aida, Un ballo in maschera, Don Carlo, I vespri siciliani, La bohéme, Manon Lescaut, Tosca y, naturalmente, Norma: su interpretación de la celebérrima Casta diva, con pianísimos arrebatadores, forman parte de la mejor historia liceista.

Como soprano es ya una leyenda. También como personaje popular. La televisión —llegó a presentar programas propios en la televisión alemana y era una celebridad en los escenarios rusos— contribuyó a difundir su humanidad desbordante y, para millones de espectadores, era tan familiar la contagiosa risa de Caballé como su proximidad, su sentido del humor y un olfato especial para generar minutos de gloria televisivos. Curiosamente, también era capaz de reinventarse a sí misma, siempre con éxito, como atestigua el éxito mundial del vídeo de Barcelona junto al malogrado Freddie Mercury.

Caballé reía como nadie, es cierto, pero, bajo esa apariencia amable, se escondía una fuerte personalidad, una voluntad de hierro y una disciplina absoluta. Exigente con ella misma y con quienes la rodeaban, paciente, pero también intransigente con la mediocridad y los divos de medio pelo que a ella se acercaban en busca de glorias efímeras.

Artísticamente, se ganó siempre el respeto de los grandes directores con los que actúo en teatros y auditorios de todo el mundo y protagonizó memorables grabaciones. Hablamos de nombres de referencia como Herbert von Karajan, Georg Solti, Carlo Maria Giulini, John Barbirolli, Riccardo Muti, James Levine, Georges Prêtre, Riccardo Chailly.

La dedicación al belcantismo y el gran repertorio lírico francés y alemán centraron su carrera durante décadas, compartiendo escenario con artistas del canto como José Carreras, Jaime Aragall, Plácido Domingo, Alfredo Kraus o Carlo Bergonzi. Su presencia en el escenario era imponente y, aunque no destacaba precisamente por sus dotes como actriz circunstancia aprovechada por sus detractores para criticarla sin piedad suplía cualquier carencia con unos recursos vocales fuera de serie con los que levantaba al público de sus asientos.

Era tal su personalidad que, incluso hoy en día, cuando a los cantantes se le exige un físico de película, a las jóvenes promesas siempre se les recuerda que, aunque el físico es muy importante, si tienes una voz como la de Montserrat Caballé el éxito en el mundo de la ópera está garantizado. Y también la gloria.

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