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La generación del 27 cumple 90 años

La icónica imagen que supuso el acta fundacional del grupo se tomó durante un homenaje a Góngora en Sevilla

Celebración del tricentenario de Góngora organizada por el Ateneo de Sevilla en diciembre de 1927. De izquierda a derecha: 1. Rafael Alberti; 2. Federico García Lorca; 3. Juan Chabás; 4. Mauricio Bacarisse; 5. José María Romero Martínez (presidente de la sección de literatura del Ateneo); 6. Manuel Blasco Garzón (presidente del Ateneo de Sevilla); 7. Jorge Guillén; 8. José Bergamín; 9. Dámaso Alonso, y 10. Gerardo Diego.
Celebración del tricentenario de Góngora organizada por el Ateneo de Sevilla en diciembre de 1927. De izquierda a derecha: 1. Rafael Alberti; 2. Federico García Lorca; 3. Juan Chabás; 4. Mauricio Bacarisse; 5. José María Romero Martínez (presidente de la sección de literatura del Ateneo); 6. Manuel Blasco Garzón (presidente del Ateneo de Sevilla); 7. Jorge Guillén; 8. José Bergamín; 9. Dámaso Alonso, y 10. Gerardo Diego.

La imagen que acompaña estas líneas es probablemente la más famosa de la generación del 27. Tomada durante unas jornadas poéticas celebradas en Sevilla hace exactamente 90 años en honor de Luis de Góngora, se considera algo así como el acta fundacional del grupo. Es, sin embargo, una imagen más bien sosa, tristona, que no hace honor a tres días que fueron, en sí mismos, pura literatura; por sus protagonistas y sus nuevas ideas artísticas, pero también por las ausencias —sobre todo la de Pedro Salinas—, por unas juergas que pasaron por sanatorios mentales y peligrosos viajes en barco, y unos recuerdos tal vez magnificados y muchas veces contradictorios que colocan aquel viaje en el territorio de la leyenda, como dejó escrito 50 años después Jorge Guillén en el poema Los amigos.

La amistad es, precisamente, el elemento aglutinador más repetido al hablar de un colectivo de lo más heterogéneo, en sus edades y sus poéticas. Pero aquel año de 1927, en torno al homenaje a Góngora en el tercer centenario de su muerte, fueron “más grupo o generación que nunca”, escribe el catedrático Francisco Javier Díez de Revenga.

Así, el 15 de diciembre, Dámaso Alonso, José Bergamín, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Juan Chabás, Federico García Lorca y Rafael Alberti cogieron el tren diurno hacia Sevilla con la firme intención de defender, en dos jornadas organizadas por el Ateneo hispalense, el legado gongorino y, de paso, la “nueva literatura” que ellos representaban. “Terminaron por hablar de sí mismos y por decir sus poemas y los de los jóvenes poetas de Sevilla que los recibieron: Cernuda y los agrupados en torno a la revista Mediodía”, escribe el profesor de la Universidad de Granada Andrés Soria Olmedo. Las dos veladas poéticas se celebraron los días 16 y 17 en el salón de actos de la Real Sociedad Económica de Amigos del País —el Ateneo estaba ocupado por los donativos para la fiesta de Reyes—.

Su impacto fue relativo y, mientras Alberti lo recordó después como un “éxito inusitado”, Alonso hablaba con pesar de auditorios de “40 o 50 personas”, mientras que al banquete organizada como despedida el día 18, fueron "¡oh sorpresa! [...] ¡400 comensales!". En todo caso, su reflejo en la prensa —tres medios publicaron la famosa imagen tomada la noche del 16 al 17— fue mucho mayor que el de los actos gongorinos organizados meses antes en Madrid.

Pero en el recuerdo mitológico de aquellos días tuvo mucho que ver la parte lúdica, unas parrandas subvencionadas por el torero-escritor que fascinó a los poetas y tuvo el primer impulso de organizar el encuentro literario: Ignacio Sánchez Mejías. Así, la primera noche, la del 15, acabó ya de día tras una velada que incluyó el consumo de grandes cantidades de manzanilla, disfraces morunos, sesiones de hipnotismo aficionado, heroicos recitados de memoria de los 1.091 versos de la Primera Soledad de Góngora, escenas de teatro improvisadas, visitas “a algunos locos” de un manicomio cercano y un concierto del cantaor El Niño de Jerez, con el Niño de Huelva a la guitarra, según el repaso que hace el profesor Manuel Bernal Romero en varios trabajos.

La segunda noche, tras su paso por algún café del barrio de Triana, quedó para siempre fijada en la memoria de sus protagonistas cuando Lorca se empeñó en cruzar en barco un Guadalquivir desbordado y bravío por las lluvias. Alonso lo recordó así en 1965: “Aún traíamos las risas de tierra, pero se nos fueron rebajando, como con frío. Y hacia la mitad de la corriente sonaban a falso, a triste. Único entre todos, Federico no disimulaba su miedo. […] Imagen de la vida: casi el núcleo central de una generación, atravesaba el río. La embarcación era un símbolo: representaba los vínculos y contactos personales que ligan a los miembros de un grupo en conjunta florescencia: la amistad, el compañerismo, los compartidos sentimientos, los mutuos influjos...”.

"Hay que pensar que el relato de esos días se construyó años después, a partir de la nostalgia y muy influido por la guerra, la muerte de Lorca, el exilio...”, explica el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid José Teruel, que enmarca aquellas jornadas y la fotografía que deja constancia de ellas dentro de una fase de construcción del grupo que culmina con la publicación de Poesía española. Antología 1915-1931, de Gerardo Diego. Habla de un acto de autopromoción consciente y de enorme eficacia: "Llama la atención lo rápido que consiguen situarse en la historia", añade.

En este mismo diario, el especialista Ángel L. Prieto de Paula se refería el pasado septiembre a la "canonización del 27" de la siguiente manera: "Unos autores aprovechan una circunstancia, en este caso el tercer centenario de la muerte de Góngora, para presentar sus credenciales como grupo emergente de la poesía española. Lo único novedoso es la plena consciencia de sus promotores, poetas-profesores que protagonizan una historia que ellos mismos se encargan de escribir". 

“¿La foto es una carta de identidad? Quizá sí, pero con la artificiosidad de las fotos de carnet". Otra vez con el poema de Jorge Guillén (1977): “¿Aquel momento ya es una leyenda?”, cita el profesor Soria Olmedo. El poeta se respondió en realidad a sí mismo en los siguientes versos: “Leyenda que recoge firme núcleo / Así no se evapora, legendario”.

Tres fotos y varias ausencias

La famosa fotografía de la generación del 27 en realidad son tres, publicadas en los diarios La Unión, El Noticiero y El Liberal. La primera la firma Dubois y la segunda, Serrano. La tercera, aunque también se le atribuye a este último, se ha barajado que sea aquella a la que se refirió muchas veces Pepín Bello, muy amigo del grupo de poetas; aseguraba que la hizo con una cámara prestada.

Pero quizá más interesante que las autorías son las ausencias de esa imagen, sobre todo la de Pedro Salinas, que había sido catedrático hasta hacía poco de la Universidad de Sevilla y no tenía muy buena opinión ni del Ateneo ni del torero Ignacio Sánchez Mejías.

Tampoco aparecen en la fotografía Vicente Aleixandre —muy joven todavía, poeta en ciernes— ni por supuesto ninguna de las autoras cercanas al grupo, siempre en segundo plano, como Concha Méndez o Ernestina Champourcín. Algunos autores citan únicamente a la poetisa local Amantina Cobos entre los asistentes aquella noche del 16 al 17 de diciembre. También estaba entre el público Luis Cernuda; probablemente dolido aún por las críticas frías e, incluso, desfavorables de algunos de sus futuros compañeros de generación a su primer poemario, Perfil del aire.

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