La última batalla de los raperos de la plaza

El Quinto Escalón se despide ante miles de adolescentes extasiados tras seis años de historia

Sony (i) y el campeón DToke, se tiran rimas cara a cara.
Sony (i) y el campeón DToke, se tiran rimas cara a cara.Gabriel Sotelo
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Un microestadio en un barrio de Buenos Aires congrega a miles de niños y adolescentes que sudan y gritan sin parar. Apenas unos pocos levantan su móvil para capturar el recuerdo. Todos deciden hacer caso a lo que Alejo y Muphasa piden desde el escenario: “Vivir este momento”. Antes, un video repasa las rimas más célebres de El Quinto Escalón y el público repite de memoria. Es el último episodio de una competencia de hip hop improvisado que nació en una plaza y seis años más tarde llegó a convertirse en la más grande de las realizadas al aire libre. Un total de 32 raperos de Argentina, México, Colombia, Chile, Perú, Venezuela y España, pelearán con palabras durante cinco horas para luego abrazarse y elegir al último de los campeones.

El hip hop ganó las calles de Buenos Aires en 2009, cuando dos grupos de jóvenes inventaron el Halabalusa, un evento de rap que reunió a los mejores exponentes de la zona sur al costado de una estación de tren, en el extrarradio de Buenos Aires. Simples pibes de barrio que, sin saberlo, se convertirían en artistas de la subcultura urbana, siempre guarnecida de la clandestinidad, y que no escribe su historia en hojas de libro sino en las paredes, con aerosol. En aquella, la primera competencia de freestyle en plazas, participó Gastón Serrano, un extaxista conocido en el ambiente con el nombre Dtoke, que ya salió campeón internacional en 2014 y se consagró en la última noche del Quinto Escalón.

Años después, dos competencias al sol se hicieron populares, ya en la ciudad de Buenos Aires. Una llamada Las Vegas y El Quinto Escalón, que ganó mayor trascendencia. Nació en las escalinatas de una entrada alternativa al Parque Rivadavia, uno de los pocos espacios verdes del barrio de Caballito, uno de los sitios donde ancló la clase media de Buenos Aires, hoy abarrotado de altos edificios y desagües colapsados. Allí, en esos cinco peldaños fue que Alejo y Muphasa crearon un verdadero monstruo que creció sin forma, hasta apoderarse del espacio central del parque, con pantallas gigantes, micrófonos y cientos de competidores, la mayoría de ellos, adolescentes.

“No pueden pararme porque no hay un contrincante que pueda pisar en este suelo. Somos de la generación que vas a contar cuando seas abuelo”. Muphasa hace un alto en su programa de radio, otro apéndice del fenómeno que lleva el mismo nombre, para hablar con EL PAÍS. El joven explica que “es el momento correcto” de terminar El Quinto, porque “todos queremos hacer otras cosas”. Su creación concluye en la cima del éxito: en la última competencia nacional, el grupo surgido en el parque Rivadavia se quedó con los tres lugares del podio.

En las réplicas se pone a prueba el temple de los raperos y en el ataque vale todo. Desde la repudiable burla por el aspecto físico, la edad o el color de piel, hasta el escarnio por la ausencia de vocabulario o cultura general. También se recuerdan con ironía la historia de batallas entre ambos o entre sus crews -como llaman a sus propias tribus-. En cualquier caso, si el acote es bueno, los espectadores la celebrarán con un ruidoso wooooo, que retumba en el estadio y opera como justicia divina. A diferencia de otros grupos sociales, aquí es difícil que los jurados puedan obviar la sentencia del pueblo. Y como también ocurre en muchos lugares, aquí tampoco hay mujeres.

“Va a haber más chicas a partir de ahora porque empiezan a haber muchos más argumentos sobre la mesa para contrarrestar a la boludez machista. Todo ese discurso viejo que ya no calza entre nosotros”, admite Muphasa.

Rodrigo Cortez y su hijo, llamado igual, llegaron desde Santiago de Chile, para cumplir el sueño del niño. “Comenzamos a ver las batallas por YouTube (el canal de El Quinto Escalón ya superó el millón de suscriptores) y le prometí que un día vendríamos a verlo en vivo. Tuvimos que apurar el viaje porque se trata de la última noche”, cuenta el padre. “En mi colegio no hay muchos que nos guste esto, pero a mí me encanta y con mis amigos batallamos”, se sincera el niño. “Mi hijo tiene 10 años, al principio me costó un poco, porque las batallas son un poco violentas”, reconoce el hombre, “pero después entendí que al final había respeto y compañerismo”. Y completa: “Es una pasión para mi hijo y ojalá sirva para que se desarrolle en la música, es también una excusa para compartir viajes juntos y darle los gustos para que sea feliz. Es mi misión como papá”.

“Rapear es deportivo”, resume Muphasa, “Competir en freestyle es como un deporte de riesgo. estas poniendo todo de vos, todo tu ingenio y puesta en escena. Tenes que estar super receptivo para escuchar lo que te dicen y para leer al público. El gran valor y lo que te pasa en el cuerpo es que el rap te empodera. Cuando clavas la rima de tu vida en un estadio lleno, en ese momento, sos indestructible”. Un canal de expresión nada despreciable en esa edad donde la rabia se apodera del pecho y el grito se contiene en las gargantas.

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