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Sodoma y heroína, viaje a las profundidades de México

FotoMéxico arranca su programación de tres meses con la obra despiadada de Antoine D’Agata

Obra de José Luis Cuevas en FotoMéxico
Obra de José Luis Cuevas en FotoMéxico

De niño quería ser cura, pero a los 15 años ya se había convertido en un adicto a la heroína por las calles de Marsella. A los 20 continuó deslizándose por mundos sórdidos –arrabales y prostíbulos de Camboya, Sao Paulo, México– para seguir inyectándose y tomar fotografías. Un trabajo feroz y de una empatía química que le catapultó al olimpo de Magnum, la agencia más importante del mundo. Antoine D’Agata (Marsella, 1961) es el plato fuerte de la inauguración del festival FotoMéxico, que en su segunda edición propone desplazar el canon hacia los márgenes geográficos, políticos y corporales.

“La idea principal es abrirnos y proponer un ángulo sobre la fotografía que se está haciendo en los cinco continentes, salir de la mirada occidental que ha articulado la historia de la imagen en el mundo”, explicaba este martes la directora del certamen, Elena Navarro, en la sede capitalina. La propia organización del festival, amparada por la Secretaría de Cultura pero curada por manos privadas, se ha aplicado a sí misma la intención descentralizadora. Hasta finales de diciembre contará con 136 sedes en 23 ciudades del país, donde se desplegarán 147 exposiciones de más de 600 artistas.

Con un filtro rojo-sangre, D’Agata ha montado sobre un muro un collage con imágenes de seis de sus viajes a México, desde 1986 hasta 2016, recopilados a su vez en la obra Codex. Animales muertos, retratos de la intimidad sexual, figuras deformes que recuerdan a los humanoides de Francis Bacon, el propio autor inyectándose en una habitación con la cara cubierta por un velo blanco, fotos robadas de fichas policiales, negativos robados de la morgue “que olían a muerte y orina”, recuerda D’Agata, sentado frente al muro.

Fragmento de la obra de D'Agata en FotoMéxico
Fragmento de la obra de D'Agata en FotoMéxico

“Llevo en el mundo de las drogas más de cuarenta años, estoy destrozado por dentro. Hay veces que ni siquiera puedo hacer fotos –continúa a toda velocidad, hablando a borbotones, moviendo unos labios finos y elásticos que parecen hundirse dentro de la mandíbula y que no dejan ver los dientes– Pero no considero que la fotografía sea fruto de una mirada, pretendo llevarla al terreno de la experiencia. Tampoco busco respuestas, me hago preguntas. Nunca he querido ser un espectador, un consumidor. Yo voy contra la fotografía, pretendo contaminar la fotografía y contaminar la conciencia del mundo. Los personajes de mi obra son como héroes trágicos, son un ejemplo de humanidad, de otra humanidad en medio de la violencia sistémica”.

Continuando con la temática de los límites, pero con menos dosis extremas, el festival permitirá ver por primera vez en México la colección de Pedro Slim, primo del magnate, concentrada en detalles del cuerpo humano a cargo de nombres como Robert Mapplethorpe, Diane Arbus o Bill Brandt. Esta semana se inauguró en el Museo Amparo de Puebla, una muestra del coleccionista alemán Artur Walther, dedicada a la fotografía contemporánea y el videoarte africano y asiático.

Otro coleccionista, el peruano Jan Mulder, presentará en el Museo Tamayo de la capital una selección de copias del fotógrafo andino Martín Chambi, uno de los pioneros en retratar Machu Picchu, junto con la de otros autores contemporáneos que visitaron Perú a principios del siglo XX, como Robert Frank, Irving Penn o Werner Bischof.

El fotoactivisa argentino Marcelo Brodsky mostrará su obra de intervención fotográfica sobre movilizaciones sociales durante los 60 y 70. El japonés Naoya Hatakeyama, testimonios de destrucción tras el tsunami de 2011. El indio Raghu Rai, otro mito viviente de la agencia Magnum, una panorámica de la vida cotidiana de su país durante las últimas cinco décadas.