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El arte afroamericano que luchó contra los linchamientos

Una exposición en París analiza el papel que pintura, fotografía y cine desempeñaron en el combate por sus derechos de los descendientes de esclavos en EE UU

'Into Bondage', del artista Aaron Douglas (1936). Ver fotogalería
'Into Bondage', del artista Aaron Douglas (1936).

¿Cuál fue el papel del arte en la batalla que los descendientes de esclavos libraron en los tiempos de la segregación en Estados Unidos? Una exposición en el Museo del Quai Branly de París, especializado en arte primitivo y antropología, se esfuerza en responder con esmero a esa pregunta. Hasta el 15 de enero, la muestra analiza la importancia que disciplinas como la pintura, la escultura, la fotografía o el cine cobraron en la lucha por reafirmar una identidad afroamericana. La exposición se titula The color line, en referencia a la famosa expresión sobre la segregación inventada por el líder negro Frederick Douglass en 1881. Dos décadas más tarde, otro pionero en la lucha por la emancipación, W.E.B. Du Bois, formulaba este pronóstico: “El problema de la línea del color será el problema del siglo XX”. La exposición demuestra que no falló.

En la entrada de la muestra reluce la bandera estadounidense. Ahí están las barras y las estrellas, aunque los colores no sean los mismos que de costumbre. El cotizado artista David Hammons los ha teñido con los tonos del panafricanismo —rojo, negro y verde—, que durante los años sesenta fueron un emblema de la lucha por la emancipación. Algunas salas más allá aparecen postales que, a principios del siglo pasado, servían para dar cuenta de los linchamientos a negros en los Estados sureños. Una de ellas reproduce el cuerpo carbonizado de William Stanley, quemado vivo en la Texas de 1915. En el reverso, un remitente llamado Joe relata la escena a sus padres: “Esta es la barbacoa que celebramos anoche”.

La muestra oscila entre esos dos extremos para demostrar que el arte afroamericano nació como reacción a los ataques racistas. A través de 600 pinturas, esculturas, fotografías, carteles, fragmentos de películas y otros documentos, la exposición recorre el periodo que arrancó con el  final de la Guerra de Secesión, en 1865, y termina con la aprobación, un siglo después, de la ley de derechos civiles de 1964, que puso fin a la segregación que prohibía que blancos y negros coincidieran en escuelas y hospitales, en las filas del Ejército e incluso en las aceras de cualquier ciudad. La muestra señala que esos avances no siempre tuvieron el resultado esperado. “La historia de los afroamericanos es una larga sucesión de desilusiones. Al final de la guerra, la prohibición del esclavismo no trajo una mayor igualdad, sino una segregación apuntalada por leyes que dejaron a los negros en una posición subalterna durante décadas”, explica el comisario de la muestra, Daniel Soutif.

Mickalene Thomas reinterpretó en 2012 el célebre cuadro de Courbet 'El origen del mundo' con su obra 'Origin of the Universe'. ver fotogalería
Mickalene Thomas reinterpretó en 2012 el célebre cuadro de Courbet 'El origen del mundo' con su obra 'Origin of the Universe'.

Al inicio del recorrido, aparece una obra de David Drake, un esclavo y alfarero de Carolina del Sur, considerado por muchos el primer artista afroamericano: fabricaba vasijas en las que inscribía pequeños poemas. A poca distancia cuelgan las numerosas caricaturas de un tiempo en el que la cultura popular funcionó como un reflejo de la supremacía blanca, pero también como un instrumento para afianzarla. Por ejemplo, los minstrels eran vodeviles protagonizados por negros dotados de sonrisas dentudas que tocaban el banjo y robaban sandías, interpretados por blancos maquillados de negro —el famoso blackface, habitual hasta los años sesenta del pasado siglo— que encarnaban a personajes arquetípicos como Jim Crow (el joven holgazán), Mammie (la criada de pocas luces) o Wench (la esclava tentadora). Los artistas afroamericanos se opusieron a ese cúmulo de estereotipos racistas y propusieron una representación más fidedigna de su comunidad. The Octoroon Girl, un delicado lienzo firmado por Archibald Motley, en 1925, supone una prueba de que un simple retrato femenino, de rasgos realistas e incluso deseables, podía suponer un arma política en toda regla.

La muestra hace escala en el llamado Renacimiento de Harlem, periodo de efervescencia cultural en el barrio neoyorquino que se convertiría en un territorio mítico en el imaginario afroamericano. El lugar concentró a hombres y mujeres negros llegados de todo el país, incluidos los hijos de esclavos, que huían de los linchamientos y convivieron con la élite intelectual afroamericana. Escritores como Langston Hughes, Richard Wright o Zora Neale Hurston se toparon con pintores como Aaron Douglas o Malvin Gray Johnson —que influirían en figuras más tardías, como Jacob Lawrence y Romare Bearden—, mientras el jazz emanaba de los escenarios del Apollo Theatre y el Cotton Club. Como apostilla la exposición, la música afroamericana proporcionó, como también haría el deporte, una serie de héroes fácilmente asimilables por la América blanca, que a veces maquillaron la brutal discriminación que seguía imperando en la vida cotidiana.

La hora del reconocimiento

La exposición en el Quai Branly  pasa revista a los autores afroamericanos que cuentan en el arte contemporáneo, empezando por el más conocido, Jean-Michel Basquiat. En las últimas salas, creadores como Ellen Gallagher y Mickalene Thomas se siguen interrogando sobre la representación de la mujer negra en el lienzo. A su lado, cuelga un monumental cuadro de Kerry James Marshall, que ha estado hasta finales de octubre en una muestra en el Metropolitan de Nueva York, el mismo museo que despertó protestas, en 1968, por no incluir a ningún negro en una exposición dedicada a la escena de Harlem. Los tiempos han cambiado: en ese mismo museo, uno de los óleos del gran pintor Aaron Douglas, presente en la muestra parisiense, abrió el recorrido de la exposición Reimaginar el modernismo, en 2015.

La muestra coincide con un momento de reconocimiento de los artistas negros, tanto en las instituciones como en el mercado del arte. El MoMA neoyorquino contrató en 2014 a un conservador encargado de completar su colección de arte afroamericano y adquirió la obra del pintor Norman Lewis, despreciado durante décadas. El nuevo Whitney reabrió en 2015 rindiendo homenaje a Archibald Motley, otra figura casi invisible. Además, se acaba de inaugurar el Museo Nacional de Arte y Cultura Afroamericana, en Washington, que aspira a rellenar los huecos en la historia del arte de los dos últimos siglos.

¿Todo el arte afroamericano responde al mismo tipo de compromiso? Hank Willis Thomas, incluido en la muestra con una obra de aspecto político —la escultura Amandla, o el puño negro de un combatiente alzado en el aire, atravesando lo que parece ser la puerta de una celda—, no está del todo de acuerdo. “No creo que, como grupo, trabajemos de manera segregada. No creo que mi trabajo sea militante. La mayoría de mis obras trata de demostrar que tenemos más en común que lo que nos separa. Todos luchamos por lo mismo: una mayor humanidad”, afirma Willis, para quien “Richard Duncanson o Norman Lewis no son más políticos que Claude Monet o Marcel Duchamp”.

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