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Las editoriales independientes argentinas batallan contra la crisis

La Feria del Libro de Buenos Aires expone las estrategias para sobrevivir a la caída de las ventas

Un anuncio en la Feria Internacional de Libro de Buenos Aires, que inaugura el 21 de abril
Un anuncio en la Feria Internacional de Libro de Buenos Aires, que inaugura el 21 de abril EFE

Las crisis económicas no son amigas del libro, uno de los primeros productos que se tacha de la lista de las compras cuando el balance familiar no cierra. En Argentina lo saben las grandes editoriales y lo saben también las independientes. Varios factores han ensombrecido el hasta ahora pujante mercado editorial argentino, tanto desde la oferta como desde la demanda: el aumento de costos ha encarecido las impresiones y la inflación, la subida de tarifas y el atraso salarial ha derrumbado las ventas. La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que se inaugura mañana, será un reflejo de los nuevos desafíos y las editoriales independientes se preparan para dar batalla.

Las estrategias son variadas. Por un lado insistir con un catálogo original que no apunta a best seller sino a un lector de nicho, aquel que busca lo que no encuentra en las editoriales de gran escala, y con las traducciones. Por el otro unirse, como han hecho bajo el título de “Los siete logos” Eterna Cadencia, Adriana Hidalgo editora, Caja Negra y Katz, entre otras. “El año arrancó para nosotros de manera bastante dura por la situación económica del país. En ese marco complejo los libros son de las primeras cosas que se resienten”, dijo la editora de Eterna Cadencia, Leonora Djament. Pero los editores no entran en pánico, sobre todo por la experiencia acumulada. “Nosotros surgimos en el año 99, cuando ya se veía que Argentina estaba en una situación terminal, con una inflación de 400%, violencia social y 5 presidentes que se alternaron en una semana”, explica Fabian Lebenglik, director editorial de Adriana Hidalgo. “De algún modo estamos acostumbrados, bajamos la velas y el barco va más lento. La crisis es nuestro medio común”, explica.“Bajar las velas”, en el caso de la editorial Adriana Hidalgo, significa apostar a las reimpresiones, que ya están amortizadas, y reducir el catálogo de novedades. Los “Siete Logos”, además, tendrá un stand único en la Feria del Libro, evento donde “uno se pone en contacto con un público que no es el habitual. Hay una gran población que va poco a las librerías y toca menos los libros y es la oportunidad para conocerlos”, explica Djament.

Bajada de las exportaciones

Las cifras del mercado editorial argentino no son alentadoras. Durante el primer trimestre del año, las importaciones de libros crecieron un 40%, en parte por la apertura del mercado ordenada por el gobierno de Mauricio Macri, y las exportaciones cayeron 5%. El número de ejemplares impresos no ha dejado de bajar desde 2014, cuando se imprimieron 129 millones de libros. El año 2015 cerró con 82,6 millones de impresiones y 28.966 nuevos títulos, según datos de la Cámara Argentina del Libro (CAL). Y este año viene, por el momento, con vaticinios de derrota. “Si bien en cantidad de títulos estamos como el año pasado, notamos menos tiraje de cada uno de ellos. Además las empresas no pueden bajar los precios de librería mientras tengan altos costos”, dice Graciela Rosenberg, presidenta de la CAL.

La apuesta de los independientes es mantener viva la llama del libro argentino, encendida durante un siglo de ediciones de calidad. “El libro argentino siempre es bien recibido porque tenemos una tradición editorial maravillosa. Los libros de editoriales independientes son aquellos que los grandes grupos dejaron de publicar y cuando vas, por ejemplo, a España y llevas las clases de Theodor Adorno (1903-1969) traducidas al castellano, los libreros te lo agradecen”, dice Djament. Lo cierto es que las traducciones tienen una larga tradición en el país y eso no se ha perdido. “En la época de vacas gordas en España mucha de las traducciones eran responsabilidad de argentinos que trabajaban en Madrid o Barcelona. Sucede que aquí hay una escuela de calidad que empezó en los años 30, cuando muchas de las primeras traducciones al castellano eran argentinas. Yo creo que ese espíritu medio a contrapelo y anárquico es característico del editor local y es lo que nos permite sobrevivir”, dice Lebenglik. El futuro del libro argentino parece, al menos por el momento, asegurado.