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CORRIENTES Y DESAHOGOS

Autores cotizados o no

En el concepto más básico de la economía se halla la distinción entre "valor de uso" y "valor de cambio". Los dos son valores, pero mientras el primero deriva de la utilidad de la cosa, el otro alude a la cotización que posee en el mercado, sin que cuente su funcionalidad. El oro, por ejemplo, posee un alto valor de cambio pero no sirve directamente para nada. Unas tijeras, sin embargo, poseen, en general, mayor valor de uso que valor de cambio. Y lo mismo le pasa a la silla, la mesa o al botijo.

Esta dicotomía que convive en el mundo de los objetos reina también entre las obras de la cultura.

Hay, efectivamente, escritores o pintores que poseen un alto valor de uso pero un escaso poder de cambio. Son aquellos que nos procuran muchas ideas pero que luego, por unas u otras razones, no los citamos como referencias. Por ejemplo, hay tipos como Jacques Lacan que nos dieron pocas ocasiones de disfrute inmediato pero que han adquirido una prolongada cotización y aún presta relumbre mencionarlo. A Kafka cabría incluirlo aquí pero también podría pensarse que se halla en el filo de la balanza: proporciona abrigo (de gozo y conocimiento) y a la vez viste citarlo.

Porque, efectivamente, como sucede con las acciones en bolsa hay nombres que relucen al crecer como valor de cambio pero al decaer se empañan. Nóminas marxistas o postmodernas que vivieron una época pimpante, ahora aparecen oxidadas. Gentes como Noam Chomsky han pasado del cenit a las cenizas del mercado. Igualmente Aleixandre, Alain Resnais o John Singer Sargent han perdido valor de cambio lo que, sin embargo, no han padecido Buñuel, Tàpies o Lorca. Definitivamente, será preferible citar a Giacomo Leopardi, T. S. Elliot o Ezra Pound aunque no se hayan usado más que de libro de cabecera. Varios novelistas de postín como Marías, Muñoz Molina o Vila-Matas son capaces de reunir —hoy y para muchos— los dos valores de base pero, de otra parte, un gran narrador como Manuel Longares obtuvo con Romanticismo un superlativo valor de uso, y no tanto su merecido precio de cambio.

¿Conclusión? La lectura de unos y otros bulle de acuerdo a su visibilidad en el mercado pero además el valor de cambio multiplica su resplandor. En contraste, los de un intenso valor de uso pueden ser parte de nuestro más hondo disfrute pero, quizás, por causa de ello les cuesta flotar. ¿La Historia hará justicia? Jamás. No sólo el sistema histórico-judicial es tan arbitrario en la cultura como en los tribunales ordinarios sino que su prevaricación, culta o no, es la primera razón del gran éxito que ahora obtienen las series del género histórico que hoy maniobran entre Tronos y Águilas.