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OPINIÓN

Premios razonables en una fiesta sin gracia

Que la Academia ignore o desprecie de forma tan burda a Álex de la Iglesia, ese hijo pródigo abarrotado de talento, provoca vergüenza ajena

Marian Álvarez, ganadora del Goya a mejor actriz por 'La herida', se abraza al director de la cinta, Fernando Franco.
Marian Álvarez, ganadora del Goya a mejor actriz por 'La herida', se abraza al director de la cinta, Fernando Franco.

Coincidí numerosas veces con Wert en un sitio tan improbable y exótico como la sala de maquillaje de una cadena de televisión. También tuvimos largas y amenas conversaciones en algunos desplazamientos a otras ciudades del programa de radio Hoy por hoy en el que colaborábamos ambos. Y hablamos fundamentalmente de cine, algo muy amado por los dos. Recuerdo su erudición en el tema y la evidencia de que este hombre poseía agilidad mental, que era inteligente, mordaz, polemista y culto. Igualmente, aseguraba la gente que le conoce bien, no le asustaban las broncas ni los enfrentamientos. Cuando le nombraron ministro de Cultura, imagino que esta persona tan curtida sabía que el cine (me hago un lío entre las contradictorias definiciones que hacen del cine los que se dedican a él, no sé si este debe aspirar a algo tan prosaico como ser una industria, o bien un templo sagrado de la cultura alimentado por el único afán de enriquecer el alma de los espectadores, aunque mi ingenuidad siempre ha pensado que ambos conceptos podían ser compatibles) formaba parte importante de sus responsabilidades y que si las medidas que adoptaba no eran del agrado del sector, este tenía derecho a encabronarse, a protestar, a rechazarle, a exigirle indignadas cuentas. En cualquier caso, sospecho que entra en su sueldo el arriesgado compromiso, o poniéndome cursi y obvio, la ineludible responsabilidad de acudir a la gala en la que el gremio del cine declara sus problemas, sus anhelos, sus logros, sus frustraciones, sus reconocimientos, sus homenajes y sus gozos y a la vez otorga su bendición a los que considera que han sido los más listos y los más creativos del año. O sea, tiene la obligación de escuchar con gesto sonriente, flemático, crispado o de circunstancias, que le puedan calificar como chulesco ministro de anticultura, que le lancen cianuro verbal o que le acusen de jugar impunemente con su trabajo y con el sagrado pan de sus hijos. Escaquearse de la indignación pública que manifiestan los que se sienten sus víctimas supone algo aún peor que la cobardía, supone un error demasiado trascendente.

Pasaron más cosas extrañas e indefendibles en los Goya. Para mis siempre extraviados gustos, Las brujas de Zugarramurdi contiene toneladas de cine torrencial, imaginativo, gracioso, insólito y salvaje. Y se supone que los ilustrados miembros de la Academia también comparten mi vana opinión al otorgarle 10 nominaciones y concederle ocho premios. Y todos sabemos que las películas son posibles gracias a un colectivo de gente, pero resulta que la máxima responsabilidad le corresponde al capitán del barco, a la persona que lo dirige. Qué raro que todos los elementos de Las brujas de Zugarramurdi sean considerados como excelsos, excepto la labor de la persona que la ha creado. Que Alex de la Iglesia estuviera excluido huele a vileza, a castigo al niño terrible e imprudente que se atrevió en una gala de los Goya a decir lo que pensaba, a no compartir las creencias colectivas de su gremio ni halagar sus oídos con lo que esperaban oír. Que ignoren o desprecien de forma tan burda a ese hijo pródigo abarrotado de talento provoca vergüenza ajena.

Vi que el guion de la ceremonia venía firmado por varias personas. No dudo de su esfuerzo pero la pretendida gracia fue inexistente, malos la mayoría de los chistes y de los sketchs, con capacidad para ruborizar los bailes y las canciones. No tengo nada contra la sobreactuación si acaba siendo deslumbrante. Se supone que Manel Fuentes hacía y decía lo que habían escrito otros, pero es responsabilidad suya su gestualidad, su tono de voz y sus movimientos. Todo ello, a pesar del supuesto entusiasmo de este afectado presentador, invitaba al bostezo. Al mío, aclaro. Los asistentes a la gala, no sé si por convicción, colegueo o cortesía, parecían estar muertos de risa. Qué envidia siento hacia su diversión.

Aconsejaban a los premiados que fueran sobrios en sus agradecimientos, que llevaran escrito su discurso. Esa concisión y rapidez la respetaron agradeciblemente algunos. Sentí algo parecido al terror cuando vi subir a doce personas al escenario para recoger el premio a la mejor película iberoamericana. Falsa alarma. Solo hablaron dos.

Y encontré momentos emotivos en la ceremonia. Fue potente, claro, racional y sentido el discurso de Enrique González Macho. Aunque difiero ligeramente de su certidumbre de las películas como acto heroico. Como Bowie, creo que podemos ser héroes solo por un día. También puede ser su despedida de un trabajo en el que se ha volcado y que ha hecho muy bien. Todo en esa persona atípica y actriz siempre creíble llamada Terele Pávez sonaba a verdad. Y entiendo que le temblaran las manos y que se limitara a dar emocionadas gracias a mi amiga desde tiempos remotos Cristina Huete. Y me provocaba una enorme simpatía el anciano que acompañaba a David Trueba, el hombre que inspiró la historia de Vivir es fácil con los ojos cerrados.

Celebro que hayan llenado de premios a la película española que más me ha gustado este año, junto a Las brujas de Zugarramurdi y La gran familia española. Aunque para ser exacto tendría que cambiar el “más” por las “únicas”. Se titula Vivir es fácil con los ojos cerrados. Es bonito, tierno, grato, divertido y conmovedor ser testigo del viaje de esas tres personas a las que es tan fácil comprender y querer. También es admirable la interpretación de Javier Cámara, un actor que pertenece a mis fobias y no a mis filias. Tampoco me gusta La herida pero negarle el Goya a Marian Álvarez, su extraordinaria protagonista, hubiera sido tan disparatado como injusto. Y no tuvieron desperdicio las palabras y el tono de David Trueba.

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