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Vallejo, el vacío y la masacre de los pollos

El escritor colombiano presenta en la FIL sus últimos libros, 'Peroratas' y 'Casablanca la bella'

Pablo de Llano Neira
Fernando Vallejo, este sábado en Guadalajara.
Fernando Vallejo, este sábado en Guadalajara.P. DE LLANO

El escritor Fernando Vallejo (Medellín, 1942) considera que la existencia es un asunto nefasto, un dolor absurdo del que se tarda demasiado tiempo –y demasiadas palabras– en salir. Este sábado por la tarde reiteró esa idea en un acto en la Feria del Libro de Guadalajara. “¿Por qué hay que amar a la vida, si es un desastre, es dolorosa, es terrible, si están masacrando en los mataderos a millones de vacas, de pollos, de cerdos? La vida es dolorosa y la felicidad es impúdica. Si estamos rodeados de dolor, ¿por qué vamos a ser felices?”.

Una cosa curiosa de Vallejo es el contraste entre su discurso nihilista y su buen humor. Hablar del mal, del fin de los tiempos, del desastre, del horror del que es capaz la humanidad –sobre todo ciertas partes de la humanidad a las que odia con especial esmero: líderes religiosos y políticos– le sienta bien. Esta tarde el autor de La Virgen de los Sicarios estaba risueño. Con una chaqueta gris, una camisa azul, y un color sonrosado en las mejillas, como de niño. Vallejo estaba presentando sus dos últimos libros, Peroratas y Casablanca la bella (ambos de Alfaguara, 2013). Lo acompañaban la directora editorial de Alfaguara, Pilar Reyes, y el periodista de EL PAÍS Juan Cruz. Hacia el final de la charla, después de que Vallejo hubiese resaltado lo suficiente el inconveniente absoluto de haber venido al mundo, Cruz le preguntó:

–¿Y a ti qué te sosiega?

–Estar con ustedes ahora –respondió Vallejo con cara de alegría–. Estoy muy entretenido. –Y matizó–: Saliendo de aquí, vuelvo al vacío.

Al acabar el acto, mientras firmaba libros, una señora se le acercó y le dijo con mucho misterio que la frase sobre el vacío a ella le había llegado hondo. Vallejo la miró sonriendo y no le dijo nada, siguió firmando libros. “Para Manuel, maestro”, le dijo un fan. “¿Con eme?”, le consultó el novelista. “A Valeria, maestro”. “Maestro, José Pablo”. “Maestro, mi marido es austriaco y quiere leer en alemán su libro de La puta de Babilonia”.

“Maestro”, “maestro, una foto”, “maestro, me emociona estar con usted, vine de Cozumel para verlo”. Y Fernando Vallejo firmaba, Fernando Vallejo permitía que se le pusiesen al lado para un retrato, Fernando Vallejo no dejaba de sonreír. El mismo Fernando Vallejo que minutos antes decía: “Estamos empantanados en el tiempo y empantanados en nosotros mismos, odiando con los mismos odios, queriendo con los mismos amores, y el carro que pase nos va a atropellar, y está el ruido de los vecinos, y el ruido del Papa, y eso somos: ruido y ruido y ruido. Eso somos, un empantanamiento de nosotros mismos”. “Maestro, una foto”. “Maestro”. "Maestro".

Contó Fernando Vallejo que él ya solo escribe por pasar el tiempo. Sobre su libro Casablanca la bella dijo que le había parecido una manera útil de “llenar dos meses” de vida. Dijo que le ha perdido el interés al cine, a los restaurantes, a las reuniones, que ya casi no habla con nadie. Según él, en este mundo no vale la pena construir nada, porque el tiempo se lo lleva todo, como a las pirámides, de las que pronosticó que al fin y al cabo, después de los esfuerzos denodados que debieron de suponer, acabarán siendo arrasadas por la arena.

Vallejo, que recibió en 2011 el premio de la Feria del Libro de Guadalajara, dictó cátedra como suele sobre las inmundicias de esta vida, lo hizo con simpatía, con esa ternura suya que coexiste cómodamente con su ira hacia el noventa y tantos por ciento de las cosas, entes e individuos que constituyen el mundo. Un amplio porcentaje de desprecio que, entre otros elementos escogidos, no incluye a su perra Kina ni al mítico cantante José Alfredo Jiménez: “Yo no quiero a la literatura”, dijo Fernando Vallejo, “yo quiero a José Alfredo y a los músicos que me llegan al corazón”.

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