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CRÍTICA: 'El estudiante'

Todos los hombres del decano

'El estudiante', mejor película en el Festival de Gijón, habla de alta política hablando de política universitaria; y lo de “hablar” no es baladí

El actor Esteban Lamothe, en un momento de la película 'El estudiante'.
El actor Esteban Lamothe, en un momento de la película 'El estudiante'.

En su demoledor Diccionario del diablo, Ambrose Bierce definió la política como “un conflicto de intereses que se enmascara como discusión de principios”. Concepto evidentemente malsano, irónico y mordaz que, a pesar de haberse escrito en el paso entre los siglos XIX y XX, sigue plenamente vigente, y que bien podría avalar el sorprendente Santiago Mitre, joven director argentino (reserva del 80), que, en su segunda película como director, ofrece una magistral disección de la política, de la responsabilidad que una persona está dispuesta a aceptar cuando tiene un puesto de mando, del macropoder a través de una historia de micropoder. El estudianteno es lo que parece (o sí): esas elecciones a consejo universitario podrían ser cualquiera de los comicios a la presidencia del Gobierno de cualquier país (supuestamente) democrático; esas actitudes, relaciones, palmaditas en la espalda y zancadillas varias, las de cualquier día en cualquier ente de poder; sus idealistas, sus prácticos, sus rebeldes y sus lameculos personajes, los de cualquier Ayuntamiento, Diputación, Junta, Gobierno o, incluso, empresa, que ahí también hay círculos de altura.

EL ESTUDIANTE

Dirección: Santiago Mitre.

Intérpretes: Esteban Lamothe, Romina Paula, Ricardo Félix, Valeria Correa.

Género: drama. Argentina, 2011.

Duración: 111 minutos.

El estudiante, mejor película en el Festival de Gijón, habla de alta política hablando de política universitaria; y lo de “hablar” no es baladí. Atención, espectador, porque se habla, y mucho. Tanto que es normal que por aquí ciertos aspectos de alguno de sus diálogos no acaben de entenderse, sobre todo los relacionados con el pasado y el presente de la política argentina, sus partidos, sus mitos y sus principios. No pasa nada, es un problema menor; ni siquiera es un problema ante el torrente de clarividencia que despliega Mitre, coguionista de Pablo Trapero en Leonera, Carancho y Elefante blanco, y amplio conocedor, no ya de las instancias de autoridad, sino sobre todo del género humano. Los ideales políticos parecen no existir; solo el comportamiento político, la actitud para llegar al poder, ya sea al segundo escalón, a la mitad de la escalera o a su cima, y, más allá, la actitud una vez conquistado. Porque, ya en la cúspide, somos todos iguales. O quizá no.

El espionaje entre enemigos políticos, los papeles comprometedores (¡ay, Bárcenas!) que van de un lado a otro, que son objeto de amenaza, de publicación (aunque sea en el boletín universitario), tienen una extraordinaria importancia en la película, contada, algo muy raro en el cine de hoy, a través de un narrador omnisciente, y valentísima hasta su último segundo, en el que huye del cierre a negro y del final abierto tan de moda, para tomar partido, para desplegar su propia ética. La de Mitre, la de una película magnífica.