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CRÍTICA: 'AQUÍ Y ALLÁ'

Las críticas (in)correctas

Ante el primer largometraje de Antonio Méndez Esparza caben opiniones opuestas

Pedro de los Santos, en el centro, en un fotograma de 'Aquí y allá'. Ampliar foto
Pedro de los Santos, en el centro, en un fotograma de 'Aquí y allá'.

En el ejercicio de la crítica cinematográfica también es posible caer en la corrección política. Así, ante una superproducción juvenil de apariencia idiota no hay nada más fácil que llenar un par de párrafos con clichés alrededor de las carencias de Hollywood y sus ejecutivos (con toda probabilidad, merecidos), y no caer en la tentación de intentar defender lo seguramente indefendible. Como contrapartida, también puede existir la crítica políticamente correcta en el apartado cine de autor, vertiente estrato social depauperado y presupuesto posibilista. De modo que ante un trabajo como Aquí y allá, ópera prima del madrileño formado en Estados Unidos Antonio Méndez Esparza, ambientada en el México rural, se podrían hacer dos reseñas de caracteres casi opuestos.

La primera hablaría de la verdad del cine; del encuentro con la frontera; de la lacra de la burocracia que mantiene a los pobres en un irresoluble círculo vicioso socioeconómico; de las dificultades de la inmigración; del sueño de la tierra prometida, vislumbrada tan solo unos kilómetros más allá, al otro lado de la valla, en Estados Unidos; de los actores no profesionales que otorgan conciencia de clase; de la sencillez formal; de la ruptura de límites entre ficción y documental; de la depuración estilística, esa que destierra la mayoría de los elementos formales de apoyo, empezando por la inexistencia de banda sonora; de la captura del latido de la existencia y, cómo no, del premio en Cannes a la mejor obra de la Sección Semana de la Crítica.

La segunda reseña, en cambio, hablaría de autoindulgencia; de interés social, pero de desinterés emocional; de tedio irremediable provocado por interminables planos fijos que poco tienen que decir en el terreno de la ética ni de la estética; de práctica de un cine que ya no es tan radical ni tan atrevido como antaño, cuando quería y lograba ser insólito, único, pues no en vano hay decenas de películas cada año que se parecen tanto entre ellas que es difícil diferenciarlas, hasta convertir en academicismo de autor lo que en su día fue verdadera ruptura de códigos; de estruendosa cojera en las interpretaciones; y recordaría la belleza de obras como La terra trema, de Visconti, o The edge of the world, de Powell y Pressburger, que sí destruyeron a conciencia los límites del cine. ¿Corrección o incorrección política? Quizá en un término medio, con cierta ventaja para la segunda opción, resida la justicia.

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