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OBITUARIO

Ernesto de la Peña, amante del conocimiento

El escritor y traductor mexicano era un referente de la cultura latinoamericana

Ernesto de la Peña, el pasado 6 de septiembre.
Ernesto de la Peña, el pasado 6 de septiembre. EFE

Ernesto de la Peña aprendió a los seis años el alfabeto griego. "No entendía nada, pero lo leía de corrido", comentaba en una entrevista en televisión el escritor mexicano hace unos meses. Tiempo después, aquel niño de conocimientos precoces y que aseguró haber empezado a usar la Biblia como instrumento para "aprender idiomas", sería el encargado de traducir al español los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Nacido en el Distrito Federal y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1993, De la Peña falleció mientras dormía en su casa de la capital mexicana el lunes 10 de septiembre, tan solo cuatro días después de haber recibido el Premio Internacional Menéndez Pelayo.

El galardón, que no pudo acudir a recoger al Palacio de la Magdalena de Santander por su delicado estado de salud y que reconocía una curiosidad infinita por el conocimiento, le fue entregado en una ceremonia paralela en México la semana pasada, donde impartió una conferencia magistral sobre El Quijote que dedicó a su esposa María Luisa. Dijo entonces que el premio reafirmaba su "vocación existencial" y era un "acicate" para seguir adelante en el cultivo de las disciplinas humanísticas. Durante ese acto, en conversación con los periodistas, De la Peña denunció también la situación actual de su país. "México vive una realidad invadida por el crimen, la corrupción, la inseguridad (...) muy amarga".

El autor de poesías, narraciones, y ensayos, además de traductor de La Secretaría de Relaciones Exteriores, estudió Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se formó sobre los filósofos presocráticos. En el Colegio de México aprendió sánscrito y chino, en la Escuela Monte Sinaí hebreo y de forma autodidacta estudió otras lenguas, hasta acercarse a un total de 33 idiomas. Entre sus obras se encuentran Las Estratagemas de Dios (Premio Xavier Villaurrutia 1988), Las máquinas espirituales, El indeleble caso de Borelli y La rosa transfigurada.

Según recogía este lunes una nota emitida por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México, el CONACULTA, el autor concebía el conocimiento como parte fundamental de la existencia humana. “Ayuda a vivir; le da, en la medida de lo imposible, cierto sentido a la vida”. De la escritura decía ser una “fuga de la realidad maravillosa”, por medio de la cual “el artista añade al mundo cosas”. No fue, sin embargo, hasta la adolescencia que De la Peña tomó el gusto por la literatura: Emilio Salgari, Julio Verne o Dumas fueron sus primeras aproximaciones a este mundo. La música sí constituyó una pasión más temprana. “La oíamos desde niños", explicaba a la periodista Cristina Pacheco este mismo año. "La virtud de mi padre, como enseñante, es que nunca nos obligó a hacerlo".

Miembro del Consejo de la Ópera del Instituto Nacional de Bellas Artes, Ernesto de la Peña llamaba a Wagner su “Dios” y en esta última etapa trabajó como comentarista de programas culturales en radio, televisión, periódicos y revistas mexicanas. "Lo hago con mucho amor y entusiasmo", aseguraba. En aquella entrevista televisada hace tan solo unos meses el autor daba muestras de su prodigiosa memoria y su sentido del humor, intercalando sus conocimientos filosóficos y musicales con anécdotas de su infancia: "Yo era un gran bailarín de tango en la adolescencia", presumía.

A lo largo de su vida también recibió el Nacional de Ciencias y Artes en el campo de la lingüística (2003); la Medalla de Oro de Bellas Artes (2007) y el Premio Nacional de Periodismo Cultural José Pagés Llergo (2010).

Este lunes, a través de sus cuentas en la red social Twitter personalidades de la cultura mexicana le rendían homenaje. El escritor Jorge Volpi esbozaba en 140 caracteres su despedida: “Triste por la muerte de don Ernesto de la Peña, erudito afable, traductor agudo, feroz amante de la ópera, lúcida compañía radiofónica...”