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Crítica:60º Festival de Berlín

Actrices de lujo para una pareja lésbica

Hay que atribuir a Lisa Cholodenko, autora de la divertida y argumentalmente insólita The kids are alright varios méritos. Uno es su guión. Imaginar una comedia de siempre mediante un matrimonio aparentemente estable y de clase instalada, que comienza a sufrir traumas debido a la crisis que le crea la adolescencia de sus hijos, es algo que nos han contado más veces. Lo atípico es que esa pareja está formada por dos mujeres. Sus vástagos se obsesionan por conocer la identidad del hombre que donó su esperma para que ellos fueran concebidos. Otra virtud de la directora es haber logrado interesar con un guión tan marginal a dos espléndidas actrices llamadas Annette Bening y Julianne Moore. Ellas consiguen otorgar veracidad, gracia y sentimiento en el retrato de familia tan singular.

Hay giros muy ingeniosos en la historia de esa relación felizmente lesbiana que reproduce los modelos tradicionales del matrimonio heterosexual. Puede ocurrir que el antiguo donante de esperma sea seductor y cálido, motero y molón, que le vaya bien su vida profesional vendiendo alimentos orgánicos y cultivando flores, aunque también exista en sus deseos íntimos la necesidad de formar una familia. Puede ocurrir que los chavales se queden colgados con el encanto de su padre biológico y que la madre encuentre muy sensual a ese señor. Y ocurren continuamente cosas hilarantes que amenazan a la ortodoxia familiar. Lisa Cholodenko aporta malicia, ironía y capacidad de transgresión. Se lo pone crudo a las mentalidades conservadoras para que consideren anormal y condenable el ejemplar modelo de convivencia familiar que han logrado esas lesbianas. Comprendes la conducta de todos los pesonajes y te ríes bastantes veces con situaciones tragicómicas resueltas con inteligencia. Y, cómo no, admiras el talento, la personalidad y la química que atesoran dos actrices extraordinarias. La condición cercana al estrellato y el transparente atractivo físico de Annette Bening y de Julianne Moore no les impide exhibir sus arrugas con agradecible naturalidad, envejecer con estilo, no recurrir al exceso de maquillaje ni a los abusos de la cirugía estética. Todo resulta simpático y creíble en esta notable comedia.

Kurosawa logró arte perdurable en la preciosa Dersu Uzala narrando las aventuras y la amistad de un cazador y un soldado en medio de la estepa rusa. Hitchcock también era capaz de hacer una película muy atractiva utilizando exclusivamente a dos actores en un único escenario. Pero está claro que ese arriesgado experimento no le ha servido al director ruso Alexei Popogrebsky para conseguir cine apasionante en How I ended this summer. El escenario es una estación metereológica en el Ártico, habitada por un profesional y su joven ayudante. La historia se reduce a que el aprendiz le oculta a su maestro la macabra información de que la mujer y el hijo de éste acaban de matarse en un accidente. A la hora de proyección ya no sabes qué hacer con tu cuerpo ante esta sobredosis de planos estáticos, ante una intriga que no avanza, ante la morosidad de los retratos psicológicos. Admito la dificultad de rodar una película en naturaleza tan exótica y peligrosa. Pero acabas saturado de unos paisajes en los que no ocurre nada interesante.

La película alemana Shahada, dirigida por Burjan Qurbani, recuerda la estructura narrativa de Crash y de Short cuts. Pero a diferencia de ellas, las historias cruzadas de personajes que acaban teniendo relación no te provocan hipnosis ni emoción. La protagonizan los tormentos internos de musulmanes de distintas razas que viven en Alemania. Las intenciones son mejores que el resultado.