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Diana Morant, una ministra alabada y poco conocida que asume más competencias

Los grandes presupuestos apoyados por los planes de recuperación europeos y su capacidad de negociación dejan una imagen positiva de la exalcaldesa de Gandia, que repite como ministra de Ciencia y añade Universidades

La ministra de Ciencia e Innovación, Diana Morant, en su despacho del ministerio el 11 de febrero de 2022.
La ministra de Ciencia e Innovación, Diana Morant, en su despacho del ministerio el 11 de febrero de 2022.Samuel Sánchez

Diana Morant (Gandía, 1980), que repite como ministra de Ciencia y añade Universidades en la nueva legislatura que ahora arranca, ha recordado en varias ocasiones un mensaje que le envió su madre cuando la nombraron ministra: “Tu abuelo era chófer y tú ahora tienes chófer”. El candor de la revelación choca a algunos progresistas que simulan creer que los que mandan y los que sirven son iguales, pero refleja una idea común entre la generación de los padres de Morant. Si uno se esforzaba, viviría mejor que sus padres y daría oportunidades a sus hijos que ellos nunca tuvieron. En la misma entrevista donde contó la anécdota del mensaje, Morant completaba su idea socialista de una meritocracia de la que ahora se reniega en ámbitos académicos: “Quiero seguir siendo la persona que creció en una familia sencilla y que, gracias al esfuerzo de su familia, ha llegado a ser ministra. Por eso quiero que todas las personas tengan las mismas oportunidades que he tenido yo”.

Morant tenía un perfil diferente del de sus predecesores. Es ingeniera de telecomunicaciones, pero no había trabajado en investigación ni había ejercido responsabilidades en empresas innovadoras, como Cristina Garmendia o Carmen Vela. Después de tres años de experiencia laboral en el departamento de I+D de una empresa de su ciudad, Alhena Ingeniería, en 2011 entró como concejal del ayuntamiento de Gandia por el PSOE, y en 2015 se convirtió en alcaldesa. Llegó como una política profesional a un Ministerio muy técnico para sustituir a Pedro Duque, un ministro alérgico a la política y con el aura de sabiduría que envuelve a los astronautas.

Durante sus primeras semanas como ministra, atrajo cierta atención insistiendo en su relato personal, de una mujer de familia humilde que logra alcanzar la cima gracias a la educación pública fomentada por los gobiernos socialistas. Poco después, con los primeros resultados del CIS, empezó a aceptar la naturaleza del ministerio de Ciencia e Innovación. Como los documentales de La 2, se encuentra siempre entre las ministras mejor valoradas, pero es la menos conocida, según los datos de la encuesta. Aunque se asumió que su nombramiento le serviría como plataforma para lanzarse después a por la presidencia de la Generalitat valenciana, se encontraba en el ministerio desde el que es más difícil hacer política para salir en televisión.

Una de las fuentes consultadas para este perfil la valora como “políticamente hábil”. “Tiene ese magnetismo que tienen los buenos políticos y esa capacidad de acordarse de las caras y los nombres para que todo el mundo se sienta reconocido”, explica. En su primer mandato en Gandia, llegó al poder pese a ser segunda con casi la mitad de concejales que el PP, pactando con el resto de grupos del ayuntamiento. Esa habilidad negociadora le sirvió para desatascar la reforma de la Ley de la Ciencia y aprobarla sin votos en contra en el Congreso, uno de sus éxitos en estos dos años.

Esa reforma, que crea varios tipos de contratos más estables para investigadores y tecnólogos, ha hecho que reciba una valoración positiva por parte de asociaciones como FJI Precarios. “El trato ha sido mejor y más fructífero que con el ministerio de Universidades y que en la etapa de Pedro Duque”, apunta Francisco Palazón, portavoz de la Federación de Jóvenes Investigadores (FJI). Una de las claves de este buen trato con los investigadores es el papel de la secretaria general de Investigación, Raquel Yotti, exdirectora del Instituto Carlos III, la institución que financia la investigación biomédica en España, y en la que Morant se ha apoyado para suplir su falta de experiencia y conocimiento técnico en la materia.

Impulsado por el dinero europeo de los planes de recuperación tras la covid, el presupuesto de I+D+i creció un 60% en 2021, con Duque dirigiendo el ministerio. La cifra récord fue superada un año después y Morant puede presumir de la aprobación de los mayores presupuestos para ciencia e innovación de la historia de España. Como ha sucedido en otras ocasiones, estos incrementos repentinos pueden convertirse en frustración y desconfianza si, cuando desaparezca el suplemento europeo, vuelve la escasez. Desde Ciencia e Innovación reconocen que evitar o mitigar ese paso atrás es uno de sus retos para la próxima legislatura.

La abundancia que propician los fondos europeos está detrás, según casi todas las fuentes consultadas, de la buena imagen que se tiene de Morant, además de la mencionada capacidad de diálogo y negociación. Sin embargo, de las dos áreas que ha tenido que gestionar la ministra, hay una preferida. La ciencia, financiada principalmente con subvenciones públicas, está más cerca de su sensibilidad política que la innovación, que se produce en el ámbito privado. “No le gusta ir a comer o a cenar con gente de la empresa privada para compadrear”, dice una de las personas consultadas.

Esa frialdad la han notado estos representantes empresariales, que, aunque satisfechos con la lluvia de dinero, creen que los fondos europeos se podrían haber aprovechado para modernizar el sistema y apostar por empresas innovadoras que pudiesen convertir la ciencia en aplicaciones tecnológicas hechas en España. “Se ha dado café para todos, sin priorizar sectores innovadores que sostengan el sistema y que aporten cuando ya no contemos con dinero europeo que repartir”, lamenta un representante empresarial. “En un momento con mayor inversión podían haber sido más creativos, en temas como la compra pública innovadora o los sandbox [ambientes experimentales para el desarrollo de modelos de negocios innovadores], pero han seguido el carril y otros ministerios han llevado la delantera”, explica otro experto en innovación. “Pero el mundo de la ciencia es más combativo, y los de la innovación, mientras no les hagan daño, no van a escribir tribunas quejándose”, justifica.

Hay un momento de su anterior mandato, referido por varios asistentes, que chocó en un ámbito habituado a otro tipo de ministros. El 20 de junio de este año, poco antes de las elecciones, Morant intervino en la presentación del informe Asebio (Asociación Española de Bioempresas), que expone los datos de la industria biotecnológica en España. Después de glosar los logros de su Gobierno, algo habitual, advirtió: “Hoy les tengo que decir que todo esto está en riesgo, temo por lo construido y no soy la única”. Y empezó a dar motivos por los que Núñez Feijóo y el Partido Popular era un peligro para la ciencia y la innovación. “El discurso sentó muy mal, hizo un discurso completamente político en un sitio en el que se suele hablar de ciencia, parecía una ministra de otro ramo o una alcaldesa”, cuenta uno de los presentes. “Fue un error brutal, de no entender donde estaba”, opina.

Dos años después, Morant sigue siendo la ministra menos conocida de España (con la excepción de Héctor Gómez, de Industria, nombrado poco antes de las elecciones), pero también una de las mejor valoradas. “Estaría encantada de tener más foco, pero tenía miedo a cometer errores y ha sido conservadora; muchas veces se ha mordido la lengua para no meterse en charcos”, comenta una persona cercana. “Ha sido una cara amable que venía con dinero y reformas amables para la ciencia, ha caído mejor de lo que a priori podría haber caído alguien ajeno al sistema”, dice alguien muy bien conectado con el sistema.

Su continuidad indica que el presidente Pedro Sánchez también está satisfecho con su trabajo. Para la próxima legislatura deberá pelear para mantener la financiación de su Ministerio, aprobar una ley del espacio y reducir la burocracia que asfixia a los científicos que buscan financiación para sus proyectos. También añade los retos de las Universidades, donde su mayor reto es convencer a los gobiernos autonómicos para que financien la LOSU (Ley Orgánica del Sistema Universitario), informa Elisa Silió. Los primeros cálculos indican que se necesitarán 3.100 millones más cada año para que la norma pueda aplicarse (dignificar las plantillas, atraer talento y medios para investigar). Además, una nueva organización de los departamentos, un tema polémico, llegó a presentarse como proyecto de real decreto, pero se paralizó por las elecciones. Morant seguirá volando bajo, pero seguro, aunque quizá lleguen retos en el futuro más atractivos para una política profesional.

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