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Los indios americanos adoptaron caballos españoles antes de ser colonizados

Nuevas evidencias arqueológicas apuntan a que los indígenas del oeste norteamericano ya cabalgaban équidos ibéricos en 1600, previo a la colonización del resto de potencias europeas

Caballos
Rina y Dakotah, una yegua y su potro, en el santuario Sacred Way, en Alabama (EE UU). El caballo rizado tiene profundo significado cultural y tradicional para el pueblo lakota y otros indígenas de América.Mary Katherine Morris Photography 2015

La primera vez que los indígenas mesoamericanos contemplaron un soldado español montando sobre su caballo no supieron procesarlo ni entender qué estaban viendo. A pesar de ser pocas monturas, las crónicas históricas hablan de una primera misión con un par de decenas de equinos y algunas yeguas, los comentarios de los pueblos primigenios mencionan cómo las tropas a caballo del conquistador español Hernán Cortés en 1519 parecían centauros, como si el hombre y el caballo se hubieran fusionado. Así quedó registrado que entendieron que el caballo y su jinete eran un solo ente. Una unidad.

Ahora, una investigación multidisciplinar, que involucra a casi un centenar de científicos de todo el mundo y 66 centros e instituciones, detalla cómo la relación de simbiosis humano-caballo fue una constante entre las tribus indoamericanas en las llanuras de EE UU durante la primera mitad del siglo XVII, antes de que llegaran el resto de los colonizadores europeos.

Al menos, desde la conquista de los españoles de América por el sur durante el virreinato de la Nueva España, los caballos ya se habían extendido hacia el norte desde los asentamientos fronterizos en Nuevo México. Esta nueva datación del registro fósil adelanta en 200 años la presencia equina domesticada registrada hasta ahora, al hallar una “fuerte afinidad genética” entre las manadas de caballos contemporáneos y la población ecuestre española de hace siglos.

Petroglifo de caballo y jinete en Tolar, condado de Sweetwater, Wyoming (EE UU). Representación tallada por comanches o shoshones.
Petroglifo de caballo y jinete en Tolar, condado de Sweetwater, Wyoming (EE UU). Representación tallada por comanches o shoshones.PAT OAK

El caballo moderno salvaje había recorrido el continente americano miles de años antes durante el Pleistoceno, por lo que resulta innegable para los autores del trabajo, que se publica hoy en la revista científica Science, que hubo contacto constante entre los dos animales. Una de las incógnitas que las nuevas evidencias resuelven es que, tras la desaparición del registro de caballos hace 13.000 años durante la era glacial, los équidos encontrados en el oeste norteamericano son indudablemente íberos, venidos desde Eurasia a través del Atlántico y que desembarcaron en el Caribe con las tropas del Imperio español hacia inicios del siglo XVII.

Esta investigación nace de una colaboración pionera y, en apariencia contra natura, entre la ciencia institucionalizada y el conocimiento de las tribus de las grandes llanuras estadounidenses, con científicos de origen comanche, pawnee y lakota, entre otros pueblos indígenas. La investigadora Yvette Collins, del Centro de Antropobiología y Genómica de Toulouse (CAGT) en Francia, es también conocida como “caballo corredor” (running horse, tašunke iyanke wiŋ) de la tribu lakota en la reserva india de Pine Ridge en Dakota del Sur (EE UU). La científica explica que era “el momento unirse a otras comunidades indígenas y dar la bienvenida a la investigación científica”. Una prospección novel, detalla Collins, para analizar el pasado de los caballos, una especie que juega un papel clave en la cosmogonía y la cultura de los nativos americanos. El propio grupo lakota, de los siux, se autodenomina sungwakaŋ: nación equina.

Era el momento unirse a otras comunidades indígenas y dar la bienvenida a la investigación científica para analizar el origen de los caballos, una especie clave en nuestra cultura
Yvette Collins, Centro de Antropobiología y Genómica de Toulouse
La investigadora Yvette Collins, del Centro de Antropobiología y Genómica de Toulouse, Francia, con Raven.
La investigadora Yvette Collins, del Centro de Antropobiología y Genómica de Toulouse, Francia, con Raven.CEDIDA

“Desde el punto de vista lakota, los caballos entran en la misma categoría que una persona, incluso más; nuestra experiencia con ellos es diferente”, narra Collins. Por este motivo, como integrante de la tribu y por su experiencia como investigadora en París, desarrolla: “No utilizamos vallas ni corrales con los caballos, presentamos a los animales como una parte más del clan y son sagrados”. Su interés por el conocimiento científico y la historia de los mamíferos de la familia equus es la que ha motivado este estudio interdisciplinar, así como que su sociedad haya sido una de las primeras reservas indígenas que ha abierto la puerta a los investigadores externos.

“Esto es algo histórico”, expone exultante el genetista francés Ludovic Orlando, también de la CAGT y coautor del trabajo. Este profesional lleva estudiando la evolución de los caballos desde hace más de 15 años: “Por supuesto, lo que hemos descubierto sobre la reaparición de estos animales en EE UU es importante, pero que los indígenas trabajen con genetistas es único”. El director del laboratorio de arqueología molecular considera que, independientemente de las ideas que expone la publicación, lo vital es que “es la primera vez en la que son las propias sociedades de amerindios quienes han realizado los análisis”.

Esto es algo histórico, que indígenas trabajen con genetistas es único: es la primera vez en que son los propios amerindios quienes realizan los análisis
Ludovic Orlando, genetista y director CAGT

Entre los resultados del estudio, el análisis aprovecha los restos arqueológicos de los primeros ejemplares históricos de caballos, en lugar de basarse en los “registros con omisiones, imprecisiones y fuerte sesgo anti-indígena” de los conquistadores europeos, detallan los autores “como habían hecho muchos estudios anteriores” de los siglos XVIII y XIX. El caballo es fundamental para muchas culturas indígenas del suroeste norteamericano para poder desplazarse por las Grandes Llanuras, una superficie de 2,8 millones de km² que cruza todo el medio oeste del continente, de norte a sur y que conecta México, EE UU y Canadá. El haber localizado un fósil ecuestre con marcas de torsión en el hocico, explica el arqueólogo William Taylor, de la Universidad de Colorado en Montana y coautor de este estudio, apunta a que la montura fue cabalgada por amerindios y, además, que fue curado, ya que la reliquia presenta heridas cicatrizadas en su registro óseo.

Taylor es un investigador especializado en Mongolia: “El registro asiático de la relación con los caballos es completamente diferente al que nos encontramos en el oeste indígena”. Entre los detalles, al analizar los 30 restos óseos con pruebas osteológicas, genómicas, isotópicas, radiocarbónicas y paleopatológicas, el científico describe que las señales encontradas en el cráneo indican que hubo una coordinación experta entre el jinete y el caballo.

Uno de los ejemplares analizados en el trabajo científico de la relación entre los amerindios y sus caballos.
Uno de los ejemplares analizados en el trabajo científico de la relación entre los amerindios y sus caballos.William Taylor (Universidad de Colorado, Montana, EE UU)

El especialista en estudios mesoamericanos Federico Navarrete, de la Universidad Nacional Autónoma de México, y no relacionado con este trabajo, describe cómo el caballo formó una relación mayor con las tribus del norte del Río Bravo debido al “carácter cazador-recolector y de nomadismo de los amerindios” por las praderas estadounidenses. Mientras, en México central, señala el historiador: “Para los pueblos indígenas mesoamericanos no eran tan útil ni un elemento de intercambio significativo”. Otro animal domesticado en Oriente medio y transportado transatlánticamente por Colón en 1492, jugó un papel más relevante para los mexicas: la oveja. “En nuestra América, les gustaron más las ovejas, daban lana rápido, se podían comer y crecían en cualquier lugar, y se convirtió en muy importante”, enumera Navarrete.

De ser una pieza clave en el mundo del siglo XIX y principios del XX, Orlando lamenta la desaparición de los caballos: “Una pérdida en vidas animales, pero también en cultura”. Y comenta irónico cómo “en estos momentos hay más franceses, unos 70 millones, que caballos en el mundo occidental; hace 100 años esto mismo sería impensable, cuando en París o Nueva York había hasta problemas con la bosta, la posibilidad de una gran crisis con las boñigas de caballo”.

Para el científico, un acierto de su investigación es cómo se aproximaron al sujeto de estudio: “Lo peor que podríamos haber hecho es ciencia helicóptero: ir a estas comunidades, hacer nuestros estudios y marcharnos sin relacionarnos con ellos”. De ahí que Collins, que recalca cómo en la ciencia de los lakota destaca la preservación de la naturaleza y el trato en igualdad con el caballo, se muestre optimista de cara a más trabajos con las comunidades indígenas: “Es la primera investigación de muchas”.

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