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Cómo conseguir que sean sinceros contigo

Y cómo decir tus "verdades" sin faltar al respeto ni cometer "sincericidio"

Dos hermanos, niña y niño, cruzan los dedos.
Dos hermanos, niña y niño, cruzan los dedos.Donald Iain Smith (Getty Images)
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Tanto si eres de esas personas que tienen que decirlo todo (así de sincera eres) como si estás entre quienes sufren el insoportable chorreo de “verdades”, llegará un momento en el que te harás la misma pregunta: ¿por qué? ¿Por qué les sienta tan mal la realidad?, en el primer caso. ¿Por qué no entiende que no lo aguanto más?, si te toca recibir. Lo bueno es que esta situación, como tantas otras parecidas, tiene solución. Pero hay que comprender que la sinceridad tiene unos límites y saber dónde ponerlos.

Hay que diferenciar la sinceridad del “sincericidio”. Sinceridad es decir las cosas que piensas, pero no todo lo que piensas
Elisa Sánchez, coordinadora del grupo de Salud Laboral del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid.

Quien ha pasado por el trance de tener cerca una persona de las que no pueden dejar de sentar cátedra sobre los demás, sabe que la ausencia de filtro se encamina habitualmente hacia la mala educación y la falta de respeto. “Es como cuando se dice eso de que ‘es que yo soy muy sincero y lo tengo que decir todo’. Hay cosas que hacen daño y no son necesarias”, subraya Elisa Sánchez, coordinadora del grupo de Salud Laboral del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid.

Un consejo no solicitado es una crítica. “Si das consejos a la gente sin que te lo pidan, es como una crítica. Así que no esperes que se lo tomen bien. Siempre es más prudente estar callado y dar tu opinión con respeto cuando te la pidan”, afirma la experta, a la que no le gustan quienes van dando lecciones a todo el mundo con la excusa de que es su forma de ser o, peor aún, amparándose en la liberta de expresión. Sinceridad, sí, pero sin pasarse.

La empatía no basta para calibrar la sinceridad

“Hay que diferenciar la sinceridad del ‘sincericidio'. Sinceridad es decir las cosas que piensas, pero no todo lo que piensas”, añade Sánchez. Como decía Miguel Delibes en La sombra del ciprés es alargada: “Hay cosas que se soportan mejor en la penumbra que perfiladas en toda su ingrata sinceridad”. O sea, que lo más prudente es administrarla en sus dosis adecuadas.

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Y aquí llega el primer problema. Dosificar bien este recurso es un signo de inteligencia emocional, y no todo el mundo tiene la suficiente como para distinguir claramente cuándo se excede o se queda corto. Además, no existen unas tablas matemáticas que digan con precisión milimétrica cuánta sinceridad hay que poner encima de la mesa en cada momento. Lástima. Afortunadamente, hay dos ingredientes que, bien mezclados, garantizan el éxito.

El primero es la empatía, que sirve para ponerse en el lugar de la otra persona y, por tanto, ayuda a entender cuánto es mejor ser sincero y cuándo las “buenas intenciones” no hacen más que daño. La segunda es la retroalimentación, que básicamente consiste en hacer preguntas con las que entender mejor a los demás, cómo piensan, cómo es su cultura… Con estos dos conceptos es posible dar un mensaje sincero y bien regulado.

¿No te apetece sexo esta noche? Mejor dilo

Posiblemente agradezcas tener con tu pareja una relación basada en altas dosis de sinceridad, desde que te muestre sus sentimientos a que te diga lo que no quieres oír acerca del traje que te has puesto para cenar con tu jefe. Y lo más probable es que, en el fondo, prefieras que tus compañeros de trabajo no insistan en que el conjunto que tanto te ha costado elegir no pega ni con cola (por algo no acababas de decidirte…). ¿A qué viene tanta diferencia?

A la hora de establecer el punto en el que la sinceridad es excesiva, parece que operamos con un doble rasero, pero no es así. El motivo de esta aparente discrepancia es que cada relación es diferente, lo que significa que el nivel de confianza también lo es. Por lo tanto, el momento de cerrar la boca también varía. He aquí el segundo problema.

En una relación, si no te gusta lo que han cocinado para ti, no te apetece sexo en un momento determinado o crees que esos amigos no son buena influencia para tu chico, dilo.

Por ejemplo, todo el mundo sabe que las mentiras son dinamita para cualquier relación de pareja, pero la diferencia entre decir una mentira y ocultar la verdad puede ser confusa; una relación honesta no tiene por qué significar perder el derecho a la intimidad: eso conduciría a una relación de control y posesión. “Una cosa es el derecho a no contar ciertas cosas sobre ti y otra mentir, engañar o no cumplir los pactos que estableces con esa persona”, asegura la psicóloga y sexóloga Martina González Veiga.

En este caso, lo primero que hay que hacer es mostrar reciprocidad. Es decir, hay que ser honesto con tu pareja si quieres que ella lo sea contigo. Eso evitará desgaste y problemas que, a largo plazo, pueden ser imposibles de arreglar. Si no te gusta lo que han cocinado para ti, no te apetece sexo en un momento determinado o crees que esos amigos no son buena influencia para tu chico, dilo. A la larga siempre será mejor.

Sinceridad o ego: es el jefe quien decide

En sus dosis adecuadas, la sinceridad en las relaciones laborales también es básica: aporta tranquilidad, seguridad y confianza a un entorno al que dedicamos gran parte de nuestro tiempo. Sin embargo, emerge en este contexto un tercer elemento que aporta complejidad a la difícil tarea de calibrar cuándo decir lo que uno piensa y cuándo es mejor no soltar una palabra: el poder. De hecho, puede afirmarse con moderada rotundidad —como con la sinceridad, conviene tener tiento a la hora de proferir proclamas rotundas— que la asimetría es generadora segura de insinceridad.

Una cosa es el derecho a no contar ciertas cosas sobre ti y otra mentir, engañar o no cumplir los pactos que estableces con esa persona
Martina González Veiga, psicóloga y sexóloga

No es tan fácil que un responsable informe a sus trabajadores con transparencia, y es fácil que la comunicación acabe generando una desconfianza difícil de superar. Es el momento en el que el jefe se trabaje su ego y entienda que su subalterno puede no estar de acuerdo con sus decisiones o que no está mal que alguien te avise de que estás equivocado. Y es preciso que lo haga en un clima de confianza que se da por hecho en las relaciones de igual a igual.

Solo creando ese ambiente la comunicación ascendente comienza a funcionar. Hasta entonces, es habitual que haya quien no diga nada a sus superiores por miedo a represalias, y personas que evitan la franqueza para agradarles siempre y evitar cualquier aprieto (al tiempo que refuerzan un ego poco amigo de la sinceridad). Escuchar las opiniones, debatir ideas e incluso trabajo en equipo pueden ser pasos importantes hacia esa confianza.

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