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IDA Y VUELTA
Columna
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Arte de irse o quedarse

Admiro a los que saben irse de verdad y con todas las de la ley y a los que se quedan tranquilamente en un solo lugar

***NO REUTILIZAR***
'La Chanca, Almería, 1958'. Colecciones Fundación MAPFRE.© Carlos Pérez Siquier; VEGAP; Madrid; 2022
Antonio Muñoz Molina

He querido ávidamente marcharme muy lejos y cuando lo he hecho me he encontrado perdido. He regresado y he decidido quedarme y al poco tiempo me he sentido atrapado, estancado, con la imaginación aletargada por el sedentarismo. Por eso admiro a los que saben irse de verdad y con todas las de la ley y también a los que se quedan tranquilamente en un solo lugar, el de su origen o el de su elección, y obtienen de él todo lo que necesitan y lo que desean. Admiro a Walt Whitman, que no se quedaba quieto nunca, y a su casi exacta contemporánea Emily Dickinson, que apenas se movió de su casa, y que para mayor retiro llegó a restringir sus movimientos a su cuarto y a su jardín. Admiro más a Giorgio Morandi porque, con breves excepciones, pasó su vida entera en Bolonia, y no se mudó nunca de la casa en la que había nacido, y en la que una pequeña habitación interior le bastaba como estudio. Y alguna vez, mirando un cuadro de Morandi, o leyendo uno de mis poemas favoritos de Dickinson, he sentido el remordimiento de haberme tal vez equivocado de vida, no por haber llevado una más viajera, sino por no haber sabido instalarme en un camino o en otro, en el desarraigo o en el anclaje, por no haber sabido ser ni un viajero aventurado ni un habitante asiduo de un solo lugar, de un solo mundo. Joyce, ahora que lo pienso, fue nómada y sedentario a la vez, porque se pasó la vida dando tumbos, de ciudad en ciudad y dentro de cada una de ellas de domicilio en domicilio, pero imaginativamente no salió nunca de Dublín, aunque en el curso de la escritura de Ulises los personajes y los lugares de su ciudad natal se le fueran contaminando de la atmósfera de la otra ciudad en la que pasó la mayor parte de ese tiempo, Trieste. Lo cuenta John McCourt en un libro admirable, The Years of Bloom, que ha publicado en español Turner (James Joyce en Trieste,1904-1920), traducido por Juan José Utrilla. Estuviera donde estuviera, James Joyce no salió nunca de Dublín, igual que Faulkner seguía habitando su rincón de Oxford, Misisipi, paraíso y cárcel a la vez, en las largas temporadas que pasaba por obligación en Hollywood, trabajando en guiones de películas en las que nunca tuvo el menor interés.

Se ve que hay un arte de saber irse o de estar siempre yéndose y otro de quedarse o de no perder nunca el centro de gravedad de la propia vida, del trabajo, de la imaginación de uno. Lo pienso una vez más visitando dos exposiciones contiguas de dos fotógrafos que me gustan por igual, pero que no pueden ser más distintos entre sí, Paolo Gasparini y Carlos Pérez Siquier. Paolo Gasparini nació en Gorizia, en el norte extremo de Italia, y desde que emigró a Venezuela en su primera juventud no ha parado de viajar por el mundo, llevando siempre su cámara y su mirada de cronista y de visionario de las posibilidades estéticas de la fotografía. Carlos Pérez Siquier nació en Almería, que también tiene o tenía algo de periferia extrema, y durante los 90 años de su vida, pasados sobre todo en su ciudad natal, no parece que su mirada tan perspicaz se fijara de verdad en nada que estuviese fuera de ese territorio. Gasparini ha retratado multitudes humanas, calamidades, acontecimientos revolucionarios, ciudades colosales y hormigueantes de vitalidad y de pobreza, ciudades erigidas o desbaratadas por la extrema modernidad de mediados del siglo XX. Gasparini fotografió el arranque caótico de la prosperidad del petróleo en Venezuela, los primeros fervores colectivos de la revolución cubana, la confusión y la belleza de la vida callejera , los escaparates y los carteles publicitarios gigantes en Ciudad de México, el esplendor congelado y la inmensidad inhumana de las perspectivas de Brasilia. Pérez Siquier se concentró durante bastantes años en un solo barrio de Almería, la Chanca, primero usando el blanco y negro y luego el color, y después, cuando llegó el turismo, desplazó su interés hacia una playa de su misma ciudad, en grados cada vez mayores de concentración y cercanía: de las casas que había fotografiado a distancia y en blanco y negro le interesó más tarde en exclusiva la superficie de sus muros, el modo en que los desconchones, las humedades, el paso del tiempo creaban texturas como de cuadros abstractos, juegos visuales que necesitaban la añadidura del color para revelar toda su plena vehemencia.

Carlos Pérez Siquier transformó su aislamiento en originalidad, e hizo fotos de una audacia inaudita, como esos organismos que alcanzan su esplendor extrayendo los nutrientes más valiosos de un entorno casi estéril

Gasparini alimentaba su talento con la variedad del mundo y la amplitud de los horizontes, con la acumulación de las cosas y de las presencias humanas. El de Pérez Siquier le conducía a un laconismo visual cada vez mayor, a una desnudez que él asociaba con los paisajes ásperos de Almería, el cielo y el mar y el desierto del Cabo de Gata, los volúmenes elementales de la arquitectura popular. Gasparini vivió la época de máximo cosmopolitismo y riqueza cultural de Venezuela, el apogeo de la literatura y las artes en América Latina de los años sesenta. Pérez Siquier se educó en el aislamiento español de los cincuenta, y en una capital de provincia que estaba lejos de todo, incluso del resto de Andalucía. Prácticamente solo, rodeado de indiferencia, con informaciones muy limitadas sobre la actualidad de la fotografía, transformó su aislamiento en originalidad, e hizo fotos de una audacia inaudita, como esos organismos que alcanzan su esplendor extrayendo los nutrientes más valiosos de un entorno casi estéril.

Pero el camino del sedentario y el del ambulante acaban cruzándose, y no solo porque sus obras coinciden en plantas sucesivas de la misma galería, en la lujuriante primavera fotográfica de Madrid. Pérez Siquier, sin proponérselo, hace una crónica del cambio de los tiempos y de las transformaciones sociales, desde el blanco y negro de la pobreza de la Chanca a los coloridos sintéticos de los bañadores de los turistas en los años setenta, desde las facciones austeras de los pobres a las carnes rollizas untadas en cremas de los que se tuestan al sol en la indolencia de las vacaciones pagadas. Y Gasparini, en esas series fotográficas en las que parece que hay una ambición de muralismo, está tan atento como Pérez Siquier a la textura de las cosas, a la poesía de lo banal y lo concreto, a la dignidad sagrada de los excluidos. Irse o quedarse puede que sea secundario. Lo único que importa es haberse fijado de verdad.

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