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Instantáneas que detienen la vida

Literatura y arte tienen a veces el don de convertir lo periférico en central, igual que de elevar al marginado a la categoría de héroe

Imagen tomada por Carlos Pérez Siquier en La Chanca (Almería) en 1965. 
Imagen tomada por Carlos Pérez Siquier en La Chanca (Almería) en 1965. 

No siempre lo original o lo memorable ocurre en los centros privilegiados del mundo, en los lugares de máxima irradiación en los que están las galerías, las editoriales, los medios que amplifican lo de antemano prestigioso. Lo original, lo verdadero, lo del todo inesperado, estalla de golpe en lugares apartados, en la periferia geográfica o social, inventado por visionarios que convierten en mérito su aislamiento y obtienen la fuerza de su marginalidad. Pero como sucede tan lejos y nadie importante le presta mucha atención, lo original corre el peligro de perderse, un relámpago que no ha visto casi nadie y que se extingue en la oscuridad, un talento secreto que al ser descubierto demasiado tarde obtiene el prestigio triste de lo póstumo.

Nada parece ahora más oscuro que la España de finales de los años cincuenta, aislada del mundo exterior, anclada en la negrura de la pobreza y de la tiranía. Y en ese país alejado de los centros visibles del mundo pocos lugares eran más periféricos que los de la Andalucía pobre, la interior, la oriental, y en ella, en un extremo, Almería, con su claridad polvorienta y sus paseos de palmeras como de ciudad colonial del norte de África, con aquellos barrios de miseria sobre los que Juan Goytisolo escribió crónicas que parecían de viajero europeo por las aldeas del Rif.

Pero la literatura y el arte tienen a veces el don de convertir lo periférico en central, igual que de elevar al marginado a la categoría de héroe. Un pueblo sin nombre de La Mancha o un precario asentamiento perdido en el Caribe colombiano son ahora capitales de la imaginación universal. No es menos inverosímil que en Almería, hacia 1956, se fundara una revista que iba a ser durante unos años fulgurantes la punta de flecha de la renovación de la fotografía en España. Como tantas revistas emprendidas por grupos de entusiastas en ciudades de provincia, Afal tuvo una difusión escasa y una vida precaria. A diferencia de la mayor parte de ellas, latió con un pulso infalible de modernidad y creó una especie de circuito neuronal que conectó entre sí a una gran parte de los mejores fotógrafos que estaban trabajando entonces en España, cada uno de ellos luchando para no ahogarse en la mediocridad ambiental, cada uno tanteando su propio camino, con una mirada puesta en lo que tenían delante de los ojos y otra en lo mejor que estaba sucediendo en el mundo exterior, en las capitales extranjeras de la fotografía.

Ser, en España, a finales de los cincuenta, Ramón Masats, o Joan Colom, o Gabriel Cualladó, o Francisco Ontañón, o Ricardo Pérez Siquier, o Francisco Gómez, exige un arrojo, una intuición estética, un esfuerzo de voluntad que se acercan al puro heroísmo

En una época de libertades plenas y comunicaciones universales instantáneas, nosotros no podemos hacernos una idea del empeño radical de libertad de espíritu y de imaginación creadora que les hizo falta a aquellos fotógrafos para alcanzar un grado de maestría colectiva comparable al de lo mejor que se estaba haciendo en ambientes exteriores mucho más favorables. Ser Cartier-Bresson en París o Robert Frank en Nueva York sin duda requiere gran talento. Pero ser, en España, a finales de los cincuenta, Ramón Masats, o Joan Colom, o Gabriel Cualladó, o Francisco Ontañón, o Carlos Pérez Siquier, o Francisco Gómez, exige un arrojo, una intuición estética, un esfuerzo de voluntad que se acercan al puro heroísmo.

Lo periférico de entonces, los ejemplares de aquella revista de factura simple y admirable y mínima visibilidad, los materiales de estudio y taller que atestiguan el trabajo de hacerla, ahora llegan al centro definitivo, a la canonización estética en las salas del Reina Sofía. El efecto es más asombroso porque lo envuelve a uno en la fuerza a la vez variada y unánime de lo colectivo. El todo es mucho más que la suma de las partes. Algunos de los fotógrafos que se congregaron en torno a Afal han tenido carreras muy continuadas; a otros se ha reconocido muy tardíamente; de unos cuantos, y entre ellos alguno de los mejores, yo no había visto nada hasta ahora. La exposición empieza, espectacularmente, con una gran ampliación de la foto más célebre de Ramón Masats, la del seminarista que se tira y no llega a parar un penalti, en un campo de fútbol improvisado, en un descampado deplorable del Madrid de 1957, con un horizonte de eriales y de edificios no se sabe si en ruinas o abandonados a medio construir. Pero a partir de ahí el itinerario nos lleva a lo largo de los fotogramas de una película que es la de la vida española de aquellos años. Los intereses y las poéticas individuales se conjugan sin premeditación ni esfuerzo en una crónica colectiva. Las fotos de Masats en los sanfermines muestran un jolgorio beodo y macabro a lo Gutiérrez Solana, una aspereza de autarquía española. En las de Oriol Maspons y Xavier Miserachs ya se atisban los cambios de estética y de costumbres de los primeros sesenta, la sugerencia entre erótica y pop de las modelos y de las turistas.

Dos rasgos muy comunes entre los fotógrafos españoles de entonces son la presencia tumultuosa de la gente en la calle y el humorismo. Uno de los fundadores de la revista, Carlos Pérez Siquier, define las fotos como “instantáneas que detienen la vida”: detienen la vida y la revelan en su miseria y en su humanidad, y conjugan un máximo de calidad formal con una ambición generosa por mostrar la realidad de la vida de la gente. Las fotos en color de Pérez Siquier en el barrio de la Chanca son de una sutileza plástica que en nada debilita su testimonio valeroso. En una época de siniestra hipocresía beata, Joan Colom desliza una mirada cruda y cordial hacia el mundo de las prostitutas, los mariquitas y los mirones en el Barrio Chino de Barcelona.

Lo documental, lo bullicioso, lo carnavalesco, se interrumpe en la sala consagrada a dos maestros de la quietud, Gabriel Cualladó y Francisco Gómez. Situados frente a frente los dos dejan ver mejor sus semejanzas y sus profundas diferencias. Los une la quietud y el silencio, la contemplación no de lo instantáneo y lo fugitivo, sino de las presencias y las cosas que permanecen en el lento desgaste del tiempo. Lo que distingue a Francisco Gómez es la ausencia de figuras humanas y de actos visibles. Hay huellas, pero no presencias directas. Hay lugares deshabitados o abandonados con marcas de quienes estuvieron en ellos, como inscripciones en un templo en ruinas. Cualladó se acerca a esa percepción pura de la ausencia en la foto de un perro desenfocado, casi sumergido en la oscuridad, en un campo en el que amanece o cae la noche. La materia de la fotografía es lo que está a punto de desaparecer.

Una aproximación a Afal. Donación Autric-Tamayo. Museo Nacional Reina Sofía. Madrid. Hasta el 19 de noviembre.