Ander Landaburu, un periodista bueno

Hijo de quien fue vicelehendakari del Gobierno vasco en el exilio, Francisco Javier de Landaburu, Ander heredó de su padre la vocación por la escritura y un talante abierto y conciliador

Ander Landaburu, antiguo delegado de EL PAÍS en Euskadi, en una foto de 1997.
Ander Landaburu, antiguo delegado de EL PAÍS en Euskadi, en una foto de 1997.uly martín

Ander Landaburu (París, 1944) era más que un buen periodista. Por encima de su brillante trayectoria profesional, era un hombre bueno, alguien para quien el periodismo, la tarea de contar lo que sucede, tenía la misión adicional de ayudar a resolver los problemas e iluminar el dolor y las preocupaciones de las gentes. Es posible que esta forma de ser y de mirar fuera fruto de su experiencia vital. Hijo de quien fue vicelehendakari del Gobierno vasco en el exilio, Francisco Javier de Landaburu, Ander heredó de su padre la vocación por la escritura y un talante abierto y conciliador que compartía con sus otros seis hermanos. Sus años de infancia y juventud en París le marcaron con un aire francés en su acento y en su aspecto —a medio camino entre Astérix y el inspector Clouseau—, con una visión europea muy desarrollada.

Su regreso del exilio coincidió con el tramo final del franquismo, y desde el principio puso su oficio y dedicación a la tarea de recuperar las libertades democráticas y ayudar a consolidar una transición precaria y amenazada desde distintos frentes. Uno de ellos el de ETA, donde había transitado por un breve espacio de tiempo. Tal vez esa experiencia contribuyó luego a consolidar su rechazo a la violencia y su defensa indesmayable de la democracia. Lo hizo desde primera hora en las páginas del semanario Cambio 16, del que formó parte desde su fundación. Fue uno de los primeros periodistas vascos, si no el primero, en introducir el nacionalismo en la ecuación política vasca del postfranquismo, pero sin concesiones al terrorismo de ETA, que dentro y fuera de nuestras fronteras aún exhibía una vitola antifranquista.

La firma de Ander está en las crónicas de muchos de los sucesos que marcaron aquella época: los sucesos de Vitoria y de Montejurra en 1976, asesinatos y secuestros de las ramas de ETA y de los grupos parapoliciales, el convulso arranque de la autonomía en Euskadi, la disolución de ETA político-militar, la guerra sucia, los intentos de buscar una salida negociada con la ETA que siguió matando hasta hace una década.

También vivió intensamente la política española de esos años desde Madrid y posteriormente trasladó su mirada a Centroamérica, donde fue testigo directo de las guerras y revoluciones que sacudieron esa parte del mundo (Nicaragua, El Salvador, Honduras), donde ser corresponsal implicaba ser aventurero y a veces arriesgar la vida al mismo tiempo. Sin embargo, el riesgo o la dificultad, lejos de arredrarle, eran un acicate para acercarse más al objetivo. Volvió a demostrarlo cuando regresó a su querido País Vasco, donde tenía sus raíces y de donde nunca terminó de irse.

Su última aventura profesional fue poner en marcha en 1997 la redacción de EL PAÍS en Euskadi con unos pocos veteranos y una partida de jóvenes periodistas, también en momentos críticos, cuando ETA teorizó su estrategia de socializar el terror mediante el paroxismo de la kale borroka y los coches-bomba, los secuestros consecutivos y prolongados de Ortega Lara y Cosme Delclaux, y tras la liberación de estos el terrible asesinato de Miguel Ángel Blanco después de un ultimátum trampa. Luego llegaron el foro de Ermua, la tregua de Lizarra, su ruptura y la sucesión de atentados de ETA contra concejales populares y socialistas y señaladas figuras políticas y sociales, las ilegalizaciones de las organizaciones de la izquierda abertzale, la escalada soberanista del PNV con Arzalluz y el lehendakari Ibarretxe durante una década…

Todo este torrente de acontecimientos le tocó encauzar a Ander en circunstancias de alta tensión. Especialmente cuando la amenaza de los terroristas contra los medios de información no dóciles se hizo asfixiante y mordió en la familia Landaburu, con ataques repetidos a la vivienda de la familia en Zarautz y, finalmente, con el paquete bomba que mutiló a su hermano Gorka, también periodista. Ni siquiera en esos momentos, con la mitad de la redacción en Euskadi obligada a trabajar con escolta, al igual que él mismo, perdió el ánimo ni el afán de propiciar, pese a todo, el entendimiento. Eso sí, sin cesiones políticas a la violencia. Él fue uno de los protagonistas del documental Traidores que dirigió hace un año Jon Viar con algunos de los militantes juveniles de ETA que luego se han significado por su defensa a ultranza de la democracia y su rechazo al terrorismo: Patxo Unzueta, Jon Juaristi, Mikel Azurmendi, Jon Uriarte, Iñaki Viar, entre otros. Tampoco lo perdió cuando en la primera década de este siglo tuvo el primer aviso del cáncer, que ha combatido sin aspavientos.

Amigo de sus amigos y abierto a los desconocidos, conversador apasionado y dialogante, excelente imitador de Groucho Marx, curioso sin remedio ante cualquier asunto que mereciera ser contado, amante de la buena literatura, quintaesencia de esa magnífica y solidaria tribu de los Landaburu, era difícil llevarse mal con Ander. Para cabrearse tenía que impostar su voz y le resultaba imposible mantener su enfado, por encendido que fuera, por más de una hora.

Las balas de la enfermedad se han llevado en apenas cuatro meses a dos personas que compartieron época, profesión, inquietudes y amistad: Patxo Unzueta y él. Dos profesionales que dejan una huella honda en este diario y en su País Vasco. Va a ser difícil acostumbrarse a no escuchar el “¿qué hay, hermano?”, que con sonoridad gabacha abría la llamada o el encuentro con Ander. Una sensación de pérdida insondable para Mirentxu, la otra mitad de su vida, y sus hijas Ainhoa, Naiare y Libe. También para quienes le conocimos y tuvimos la suerte de disfrutar de su bonhomía y amistad. Hasta siempre, hermano.

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