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Jaque al plástico

Envases de cosméticos rellenables, cacao en bolsa de papel... La industria busca alternativas para reducir los residuos mientras crece la presión del consumidor

Una joven frente al estante de botellas de agua de plástico en un supermercado en Madrid.
Una joven frente al estante de botellas de agua de plástico en un supermercado en Madrid.

El plástico invade nuestras vidas. Cada minuto se compran en el mundo un millón de botellas y al año se utilizan cinco billones de bolsas de plástico de usar y tirar, según Naciones Unidas. Mientras, ocho millones de toneladas de este material, tan versátil como contaminante, acaban en los océanos cada año. "Si seguimos así para 2050 habrá más plástico que peces en el mar", zanja Sander Defruyt, responsable de la iniciativa New Plastics Economy de la Fundación Ellen MacArthur. Este organismo lanzó a finales de 2018 un compromiso global en colaboración con la ONU, al que se sumaron 250 empresas, muchas de ellas multinacionales. El objetivo: que en 2025 el 100% de los plásticos que producen sea reutilizable, reciclable o biodegradable. "La necesidad es clara, pero hace falta que el sistema global cambie y todos los actores colaboren", añade Defruyt.

El gran consumo es una de las industrias que más siente la presión, tanto regulatoria como de los consumidores, para reducir su huella plástica. La semana pasada, la plataforma Zero Waste España llamó al boicot de los plásticos de usar y tirar y dejó una instantánea muy clara: lo difícil que es llenar el carrito de la compra sin acumular envases y envoltorios que no tendrán una segunda vida. "Hay que empezar por eliminar los plásticos innecesarios más problemáticos, como los artículos de un solo uso", reflexiona Defruyt en Madrid, donde ha asistido a un acto organizado por Danone. La multinacional francesa, que ha firmado el compromiso global, usa unos 750 millones de toneladas métricas de plástico al año, según la Fundación Ellen MacArthur. Su meta es lograr envases 100% reutilizables, reciclables o compostables para 2025, en línea con las exigencias de la UE.

El reto es mayúsculo: en 2017 se produjeron 348 millones de toneladas de plásticos en el mundo, según Plastics Europe, y al ritmo actual la cantidad se cuadruplicará para 2050. Pero ni es tan fácil encontrar alternativas, ni reciclar es suficiente. “Hay que convertir los residuos en recursos”, señala José Vicente López, de la Universidad Politécnica de Madrid, “y modificar toda la cadena, desde el consumidor”.

Diseño y nuevos materiales

Lo primero es evitar que se generen residuos", detalla Carmen Sánchez, subdirectora del Instituto Tecnológico del Embalaje, Transporte y Logística ITENE. Es decir, cumplir con la primera R de la economía circular: reducir, reutilizar, reciclar. Después entran al juego el diseño y los nuevos materiales. "Deben cumplir con los requisitos de seguridad alimentaria; el plástico es estupendo desde el punto de vista de la preservación de los alimentos", añade Sánchez, quien explica que ITENE tiene en marcha muchos proyectos, entre ellos una botella biodegradable de ácido poliláctico que ya ha pasado los controles para salir al mercado.

"Los envases deben garantizar la correcta conservación y seguridad del producto", confirma Joaquín García, responsable de Medio Ambiente del Grupo Fuertes (El Pozo). También la empresa murciana está estudiando cómo aumentar la cantidad de material reciclado de sus envases e introducir opciones más sostenibles. "Hoy en día el esfuerzo se lo lleva el reciclado", asegura José Ángel Garde, técnico del departamento de envases del centro tecnológico Ainia: "Lo más complicado es encontrar alternativas para alimentos de larga duración conservados a temperatura ambiente, como la leche: sin envase no existirían".

La innovación en gran consumo siempre ha sido una oportunidad y un riesgo para la industria. La semana pasada, el gigante estadounidense Procter & Gamble (dueño de marcas como Oral-B o Gillette) lanzó en Estados Unidos un proyecto piloto: cremas de Olay en contenedores rellenables. "Vamos a ver cómo funciona; es un sector delicado", asegura Elio Estévez, director de comunicación científica y sostenibilidad de P&G. El grupo también ha introducido en algunos mercados envases rellenables de Pantene de acero y aluminio. "No son opciones más baratas. Estamos explorando si el consumidor está dispuesto a pagar un poco más, a tener una experiencia de compra diferente y a que en algunos casos el producto sea algo más incómodo".

También la distribución se enfrenta al reto. Lidl, que eliminó el año pasado las bolsas de plástico para la compra, acaba de introducir en sus 23 tiendas de Baleares -medida que ampliará a todo el país- bolsas biocompostable para su sección de fruta y verduras. La compañía alemana asegura que los materiales vegetales empleados para su producción implican un impacto de CO2 tres veces inferior a las convencionales. Pero también un coste cuatro veces mayor, destaca la misma empresa, que garantiza que no lo trasladará al consumidor.

Reciclar no es suficiente

La reducción de plástico "es un gran reto para todos nuestros asociados", reconoce María Segura, responsable de calidad y medio ambiente de la Asociación de Cadenas Españolas de Supermercados (Aces). "Además, debemos comprender que hay muchos tipos de consumidor". Ignacio García Magarazo, director general de la Asociación de Empresas y Supermercados Asedas, confirma que el sector está analizando qué envases son prescindibles o sustituibles. "¿Se pueden eliminar algunos? Seguro. ¿Hay sobreembalaje? Seguro. Pero no hay soluciones mágicas. Cumplen funciones como preservar la calidad, mejorar la conservación u ofrecer formatos más cómodos", zanja.

Reciclar no es suficiente, lo principal es reducir”, insiste Alba García, responsable de la campaña de plásticos de Greenpeace España. Según un informe de la ONG publicado en enero, Eroski es el supermercado más comprometido con la reducción de su huella plástica. "Es el único que no falla en transparencia”, comenta García, “pero seguramente todas [las cadenas] siguieron avanzando”.

Carrefour, por ejemplo, permite desde marzo que los clientes usen sus recipientes para realizar sus compras en los bancos de frescos, y eliminará las bolsas de plástico para frutas y verduras en sus tiendas Bio. También Coca-Cola, la compañía qué más utiliza este material (tres millones de toneladas métricas en 2017) entre los firmantes del compromiso global que desglosaron el dato, estudia alternativas para reducir su huella, como aumentar la cantidad de plástico PET, el usado normalmente en las botellas, de origen reciclado, aligerar los envases o desarrollar opciones con materiales vegetales.

Nestlé, con 1,7 millones de toneladas métricas de plástico, se ha comprometido por su parte a que el 100% de sus envases sea reciclable o reutilizable para 2025 mientras trabaja en nuevas propuestas: en España, ha lanzado un Nesquik en bolsa de papel y su primera botella de agua de PET reciclado. “No creo que el plástico se vaya a morir, pero se arriesga a hacerlo si no solucionamos los problemas que le atañen”, señala Defruyt. “La innovación jugará un rol crucial”.

Asignaturas pendientes

Europa solo recicla un 30% de sus plásticos; un 39% es incinerado y el resto acaba en vertederos. Y el problema no depende solo de que la materia prima no llegue a su destino. “Por ejemplo, los vasos de café de cartón tienen una película de plástico por dentro que no se puede separar”, comenta Alba García, de Greenpeace, quien lamenta la falta de un sistema masivo de retorno de envase y de un mecanismo más eficiente de separación de residuos.

Todos los multimateriales son caros de separar; técnicamente es posible pero económicamente consume mucha energía, el sistema no está preparado para ello”, opina Vicente López, de la UPM. Ni tampoco para los nuevos materiales que puedan acabar en el mercado, como los bioplásticos. “Su gestión también puede tener problemas”, dice López, partidario de un sistema de recogida y diferenciación de basura más transparente y de incentivos fiscales para quienes cumplan con las normas. “Esto al final es una cadena de valor, todas las piezas tienen que moverse para encajar”, concluye Carmen Sánchez, de ITENE.

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