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UNA AMENAZA SANITARIA

El pueblo que destapó al fantasma

Los vecinos de Cruceiro de Roo midieron el radón por los elevados casos de cáncer y ahora temen que su decisión arrase los pocos negocios que quedan

Un vecino de Outes pasa en bicicleta el pasado viernes cerca de la iglesia de Roo.
Un vecino de Outes pasa en bicicleta el pasado viernes cerca de la iglesia de Roo.

Hay un pueblo coruñés donde vecinos de todas las edades están unidos por un grupo de WhatsApp y por el hilo invisible de un miedo que ellos decidieron dejar a la vista el pasado mes de abril. Entonces se organizaron en torno al teléfono, convocaron asambleas, y unos expertos repartieron aparatos semejantes a un carrete de fotos, capaces de medir en tres meses el radón con el que convivían, sin saberlo, en sus hogares. Hace poco recibieron otro aviso por el móvil y el que quiso conocer los resultados no tuvo más que pasarse por el bar que hay junto al crucero barroco que marca el centro de la localidad. Cuando se conoce su existencia, hay medios de dispersión para reducir los niveles, porque al aire libre el gas se diluye muy rápido. Pero en primavera también vino la prensa, trascendió que el pueblo buscaba explicación bajo tierra a la prevalencia de tumores del 28,39% que lo asediaba, y enseguida comenzaron las llamadas de los veraneantes habituales, preguntando si sería mejor no volver.

Centro de Cruceiro de Roo que marcó el eje de 800 metros en el que se estudió la incidencia del cáncer desde 2015. ampliar foto
Centro de Cruceiro de Roo que marcó el eje de 800 metros en el que se estudió la incidencia del cáncer desde 2015.

Ahora en Cruceiro de Roo (Serra de Outes, A Coruña), con 23 casos diagnosticados en una recta con 81 vecinos y 29 viviendas, están escarmentados. Hace 20 años en este núcleo cercano a la playa había cine, baile, sucursales bancarias y hasta dos peluquerías, pero casi todo ha ido cerrando y apenas sobreviven un puñado de negocios, entre ellos tres hostales. "Sí, se dice que en esta calle hay cáncer en casi todas las casas, y es muy triste ver que se te muere un vecino, y otro, sin saber por qué", reconoce la propietaria de una tienda de la travesía del pueblo donde, en teoría, se concentran más ejemplos de la enfermedad. "Pero el radón lo hubo siempre, está desde que el mundo es mundo; y los casos de cáncer, incluso en gente deportista y joven, los hay en toda la comarca, no son solo cosa nuestra", defiende.

Los mapas elaborados desde hace años por el Laboratorio de Radón de Galicia, que dirige Juan Miguel Barros, profesor de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidade de Santiago, revelan que este veneno procedente de la descomposición del uranio del subsuelo está muy presente en la mitad sur de Galicia y forma una diagonal granítica que se prolonga por el norte de Portugal y alcanza la Sierra madrileña. Pero es en Roo donde los vecinos instalaron de forma masiva, y al margen de la Administración, los medidores para destapar el fantasma que supuestamente los amenazaba. De las 170 casas, muchas ya deshabitadas, 100 participaron en la prueba. "Durante tres meses no tocamos los aparatos ni para limpiar el polvo, a un metro del suelo y lejos de las ventanas", recuerda una vecina que no quiere aparecer con su nombre "porque se monta un follón". Era ya el tercer estudio, desde 2015, con el que los vecinos y Xosé María Dios, el médico del centro de salud de Serra de Outes en cuya consulta saltaron las alarmas, trataban de acotar las causas de la enfermedad.

De los vecinos que participaron en las encuestas desde hace tres años, 10 ya han muerto por cáncer

En el primero se delimitaron las casas que caían en los 800 metros más afectados y en el segundo se realizaron entrevistas de hábitos de vida a los residentes. Se buscó explicación a cánceres de vejiga, colon, próstata, mama, pulmón, hígado o cerebro en el agua, la tierra, las verduras, los aserraderos, los aerogeneradores de la cima del monte. Pero no se llegó a ninguna conclusión y todo se acabó descartando. Ahora las mediciones arrojan un porcentaje de radón acumulado de más de 200 becquerelios por metro cúbico en el 73% de los inmuebles.

Este tercer informe, al que ha tenido acceso EL PAÍS, revela que 38 casas presentan una concentración media de entre 200 y 300; 21, de 300 a 400; y 12 de 400 a 700. No hay en el pueblo alguna con menos de 100, y un par se sitúan entre 1.000 y 1.200, pero curiosamente en ninguna de estas dos moradas han aflorado cánceres. Sin embargo, las cinco casas con enfermos de fibrosis quística se mueven entre los 263 y los 697 becquerelios. El equipo del Laboratorio de Radón de Galicia, en la Universidade de Santiago, ha declarado muchas veces que el límite de actuación marcado por la UE (300 becquerelios por metro cúbico) es "insuficiente", y reivindica que en Estados Unidos es de 148 y la OMS lo rebaja incluso a 100.

La concentración se dispara cuando llueve

Desde que se empezó a buscar explicaciones a esa prevalencia de tumores del 28% (frente al 3%-4% de España), han muerto de cáncer 10 de los vecinos participantes. A finales de diciembre, representantes del Servizo Galego de Saúde acudieron a la Casa da Cultura del Outes y trataron de aplacar los ánimos. Afirmaron que los enfermos que llegaban a fallecer por cáncer eran aquí incluso inferiores al resto de la provincia; que eran tumores variados, no solo de pulmón (que sí se ha relacionado con el radón); y que el envejecimiento de la población era un factor determinante.

Antes de llegar al radón, el médico que impulsó los estudios descartó otras hipótesis como el agua, los aserraderos o los aerogeneradores

Aquellos días, en tablones de edificios públicos, aparecieron clavados anuncios de empresas instaladoras de sistemas anti radón, pero estas soluciones todavía no triunfan en la zona. Una vecina del ayuntamiento decidió colocar por su cuenta un ventilador especial y un medidor continuo cuando le diagnosticaron un cáncer letal a un ser muy querido y todavía demasiado joven para morir. Quienes lo instalan pueden saber en tiempo real con cuánto radón conviven y comprobar, por ejemplo, que la concentración se dispara cuando llueve.

El médico de Atención Primaria que hizo posible el estudio en colaboración con el Laboratorio de Radón de Galicia prefiere mantenerse en silencio. Personas del entorno de este facultativo que lleva tres décadas en el lugar explican que él no ha dejado de creer que el radón es "una bomba nuclear que va machacando lentamente las células de sus pacientes", pero que también opina que sus años de desvelos no valen para nada si después de detectar el problema se le quita importancia y no se actúa.

"Cuando la enfermedad viene, no hay escapatoria. Toca pelear con ella duramente. Aquí y en todas las partes del mundo", sentencia resignada Dolores (que tampoco quiere dar su apellido) después de perder a su marido, hace tres años, "por la metástasis de un cáncer que empezó en la vejiga". Ella vive en la recta de Cruceiro y asegura que en su casa los niveles no son alarmantes. Pero ventila "mucho", "hasta de noche", insiste. Y a sus 78 años quiere seguir viviendo tranquila, en el pueblo en el que nació.

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