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TRIBUNA

El nacimiento de una pandemia

El ébola llega a países muy poblados y bien comunicados con el resto del mundo

En este momento circulan por el mundo, entre otros, dos cepas de virus de la gripe, el coronavirus llegado desde los desiertos de Arabia; el chikungunya que en Navidades del 2013 ha saltado del Índico al Caribe; y el ébola, que hasta esas fechas estaba acantonado en África central y ha llegado hasta el golfo de Guinea, a países muy poblados y bien comunicados con el resto del mundo.

Las pandemias han marcado la historia del mundo, desde la peste negra de 1348, que produjo un desastre demográfico, económico y social sin precedentes en Europa (25 millones de muertos), hasta la gripe española de 1918, que cerró la Primera Guerra Mundial, sumando entre 40 y 50 millones de muertos a los 10 que produjo la contienda.

La OMS y los epidemiólogos han considerado la pandemia de gripe de 1918 como un modelo útil que nos permite entender el nacimiento de una pandemia e intuir lo que puede deparar en el futuro. En los últimos años, se han publicado múltiples investigaciones sobre ella en revistas de biomedicina, utilizando una metodología científica depurada como el más reciente de Chowell et al.

En cualquier caso los avances científicos y los medios de que disponemos en la actualidad nos permiten enfrentarnos con más garantías a cualquier emergencia sanitaria, y no cabe pensar que puedan repetirse las hecatombes del pasado. Los “pacientes cero” existen y se identifican en algunas pandemias, pero yo me inclino, más bien, por procesos evolutivos lentos que, en un momento determinado, brotan y hacen visible la enfermedad.

Esto es más claro con el virus de la gripe que circula continuamente alrededor del mundo, saltando de un hemisferio a otro y presentando mutaciones periódicas. En el caso de la pandemia de gripe de 1918, hay una prehistoria que se manifiesta en episodios como la base militar británica de Étaples —al noreste de Francia— entre 1916 y 1917; la llamada “neumonía de los annamitas”, que afectó a las tropas “indígenas” francesas de 1916 a 1918; la epidemia de gripe de Nueva York de febrero de 1918 en el Camp Funston (Kansas) y otros campos militares en marzo; y la presencia indudable de una epidemia de gripe benigna en abril entre la población civil francesa y los militares.

Los datos que he recogido en los archivos militares franceses son contundentes: entre las tropas americanas en suelo francés hubo 1.850 casos de “influenza” en abril, 1.124 en mayo, 5.700 en junio y 5.788 en julio. Los primeros cinco soldados americanos muertos por gripe, en suelo francés, se documentaron en el mes de julio. El brote de gripe de Madrid, entre mayo y julio de 1918, fue importante por tres razones principales: su alta mortalidad, el porcentaje de adultos jóvenes fallecidos y la inmunidad que dejó en una parte de la población.

1. Entre mayo y julio de 1918 murieron uno de cada 1.000 habitantes de Madrid por gripe y complicaciones respiratorias. En unas pocas provincias: Toledo, Ciudad Real, Córdoba, Jaén, Granada y Vizcaya fallecieron entre 0,6 y 0,9 por cada 1.000 habitantes, mientras que en el resto del país las cifras fueron mínimas o nulas.

2. Un porcentaje importante de los fallecidos fueron adultos jóvenes. Concretamente el 35,9% de los muertos por gripe y complicaciones respiratorias en Madrid, en mayo y junio de 1918, tenían entre 15 y 34 años. Una de las características de la gripe pandémica (diferente de la estacional) es que los muertos son más jóvenes. En Madrid, en 1916, el porcentaje de los fallecidos de 15 a 34 años, por esta causa, fue del 12,0%; en otoño de 1918 el 49,2%, en 1920 el 28,7% y en 1921 bajó hasta el 15,3%. 

3. Cuando llegó el otoño de 1918 explotó la onda más grave de la pandemia, provocando la muerte por gripe y sus complicaciones de más de 15 personas por cada 1.000 habitantes en provincias como Burgos, Zamora, Palencia o Almería. En cambio en otras provincias, como Córdoba, Madrid, Málaga o Sevilla, los fallecidos por esta causa no llegaron a cinco por cada 1.000 habitantes. Esta diferencia tan alta (Madrid 3,7 por 1.000 habitantes) sólo se explica suponiendo que un porcentaje importante de su población quedó inmunizada contra esta cepa del virus en la onda de primavera. Echeverri (2003) calcula que la pandemia de gripe española provocó la muerte, en todo el país, de unas 250.000 personas. Teniendo en cuenta que la población aproximada de España en esa época era de 20 millones de habitantes, calculamos una tasa de mortalidad por gripe y complicaciones respiratorias de 12 por 1.000 habitantes, similar a la de Italia y otros países mediterráneos.

Madrid no fue el origen de una cepa letal del virus, la pandemia de gripe española no empezó en esta ciudad en mayo de 1918, pero esa etapa en la evolución de la pandemia fue muy importante y significativa. La denominación de gripe española que le pusieron los periodistas tiene su lógica por la virulencia que presentó en España y porque pudieron informar con cierta libertad. Ese nombre no debe molestar ni preocupar a nadie. Las denominaciones geográficas se han usado desde el siglo XIX, “gripe rusa”, “gripe italiana”, etc., y sólo han dejado de utilizarse en la pandemia de 2009, por la fuerte oposición de las autoridades locales a la denominación de “gripe mexicana” y de los lobbies correspondientes en la de gripe porcina.

Si algo nos enseña la historia es que el desarrollo de las pandemias es anárquico e imprevisible, que confluyen muchos elementos, y que se entremezclan entre sí, creando confusión y situaciones en las que es difícil tomar decisiones. Y seguramente así ocurrirá con las pandemias que nos amenazan ahora, el ébola, el chikungunya, etc.

Anton Erkoreka es autor de los libros Origins of the Spanish influenza pandemic (1918–1920) and its relation to the First World War y The Spanish influenza pandemic in occidental Europe and victim age.

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