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Estrategias para escapar de una foto (o no)

La imagen de Casado, Rivera y Abascal en Colón resume la campaña electoral: la derecha quiere convertirla en pactos y la izquierda, usarla para movilizar a los suyos

Pablo Casado, en el centro, y Albert Rivera y Santiago Abascal el pasado domingo en la plaza de Colón de Madrid. En vídeo, declaraciones de Pedro Sánchez y Albert Rivera sobre la foto de Colón.

Con una diferencia de 29 días, España celebrará elecciones generales, autonómicas, municipales y europeas. Pero la campaña electoral de todas esas citas se resume en una foto, hecha exactamente hace una semana en la madrileña plaza de Colón. Esa imagen, en la que el líder del PP, el de Ciudadanos y el de Vox compartieron plano por primera vez, será utilizada como munición contra el adversario por los dos bandos enfrentados, que según quién los cite tienen nombres diferentes —constitucionalistas, no constitucionalistas, “derecha trifálica”...—. Son los dos grandes bloques en los que el multipartidismo ha dividido la política española tras fulminar el sueño de las mayorías absolutas.

La foto es el mensaje. Es el lema de campaña de dos eternos enemigos, el PP y el PSOE, que tras batirse durante años en duelo para alternarse periódicamente en el poder, ahora necesitan involucrar a otros para ocupar La Moncloa. Las elecciones ya no se ganan en las urnas, sino en las alianzas tejidas a posteriori, y hasta el PP, que se desgañitó pidiendo que gobernara la lista más votada, abraza ahora con entusiasmo la política de pactos. Lo llama “el espíritu de Colón”.

El más cómodo en esa foto fue Pablo Casado, que culebreó sobre la tribuna hasta lograr ubicarse en el centro, dejando a cada lado a Santiago Abascal y Albert Rivera. “El PP es la única fuerza capaz de pactar a izquierda y derecha”, repite el líder popular desde el acuerdo en Andalucía que, con uno de sus peores resultados —casi la mitad de escaños de los que obtuvo Javier Arenas en 2012— le permitió arrebatar al PSOE la comunidad más poblada, el mayor caladero de votos del país. Es ese pacto con Ciudadanos y Vox el que quiere exportar ahora a La Moncloa y a otros gobiernos autonómicos y municipales, revirtiendo los acuerdos entre la izquierda que en los anteriores comicios le arrebataron plazas tan importantes como “la capital del reino”, Madrid.

Vox, la musa

También estaba cómodo Santiago Abascal, que solo tenía que ganar al subir a esa tribuna y colocarse, por arte de la fotografía, a la misma altura de un partido que gobernó el país durante casi 15 años y otro que cuenta con 32 escaños más de los que él tiene en el Congreso de los Diputados: ninguno. Además de visibilidad, la imagen dio a Vox una suerte de bendición institucional. Ciudadanos, que hasta ese mismo momento había evitado hablar y retratarse con ellos, pese a ser la tercera pata del acuerdo andaluz, se tragaba sus palabras. Se acababa el cordón sanitario. De momento, el partido de Rivera asegura que no pactaría directamente con Vox, aunque ya admite que, como en Andalucía, les apoye desde fuera, es decir, permita que les presione y les pueda condicionar.

Tres periodistas leyeron un manifiesto que Vox no había escrito, pero que era, en el lenguaje y el tono, más suyo que de ningún otro. Ese es el gran triunfo del partido de extrema derecha: su capacidad de arrastrar a los otros protagonistas de la foto, el haberse convertido en musa inspiradora de todos los discursos. Se habla de lo que Vox quiere y en los términos hiperbólicos que sus dirigentes manejan con soltura. “Cedió [Sánchez] al aceptar las 21 exigencias del secesionismo”, decía el documento. La primera de ellas era “hacer efectivo el derecho de autodeterminación”. El PP tuvo que admitir al día siguiente que el manifiesto contenía “gran parte de veracidad”. Es decir, y otra de mentira o exageración.

El más incómodo en esa foto era Ciudadanos, un partido que se alimenta de la fuga de votantes de otras fuerzas políticas. Un sector del PP, teme, de hecho, que el giro a la derecha de su líder y el tono duro que ha adoptado desde el auge de Vox, empuje a su electorado más moderado a los brazos de Rivera. También aspira el líder de la formación a ser el refugio de votantes desencantados del PSOE. La foto manchaba su discurso. Así que para zafarse de los efectos negativos de la estampa —por ejemplo, que se les ubique como una pata más de las derechas, cuando a ellos les gusta definirse como el único partido de centro— Rivera recuperó los ataques al PP. Recordó que los populares habían pactado con los nacionalistas “hasta ayer” y explotó el discurso duro de Casado. “Lo único que tienen que dirimir los españoles es quién preside el Gobierno. Si un proyecto liberal, moderno y del siglo XXI, o un proyecto conservador, con cincuenta y tantos casos de corrupción y hablando del aborto y el pasado”, dijo, con el 28 de abril ya fijado en el calendario.

Pellizcos de monja

Rivera atacará al PP, pero Casado quiere reducir a pellizcos de monja las críticas a Ciudadanos y Vox, porque su propósito es “reilusionar y convencer a ese votante” que se le escapó, además de no tensar demasiado la cuerda para llegar al 29 de abril y al 27 de mayo con el clima adecuado para repetir la fotografía, pero poniendo la firma a un acuerdo de Gobierno o de investidura.

No será fácil. Tanto en las filas del PP como en las de Ciudadanos coexisten distintos análisis sobre el panorama político y cuál es la mejor estrategia. Y a esas diferencias de fondo se unirán las tensiones típicas de todo proceso de elaboración de listas, donde alguien siempre queda fuera.

Prueba de esas diferencias en el planteamiento fue, por ejemplo, la votación el pasado 30 de enero en el Parlamento valenciano de una iniciativa que pretendía establecer un cordón sanitario ante Vox. El texto pedía blindar el pacto contra la violencia machista rechazando acuerdos “explícitos o implícitos” con “formaciones que plantean la supresión o reducción de las medidas de protección de la mujer”. Ciudadanos, tras presentar varias enmiendas, finalmente, se descolgó del acuerdo. El PP votó a favor.

Casado intentará a partir de ahora bajar el tono, moderar su discurso, porque, como todos los políticos, ha oído durante toda su vida que “las elecciones se ganan por el centro”. Cuando el líder del PP repite estos días que representan “la fuerza tranquila, moderada”, no solo se dirige al electorado, sino también al sector crítico de su partido, incómodo con su tono áspero y con el hecho de que haya resucitado debates superados como el del aborto, un asunto que según fuentes de la dirección, Casado no volverá a sacar en esta campaña permanente.

Rivera se apresuró a recoger ese guante, y en cuanto el líder del PP pidió volver a la ley de 1985 (la de supuestos), utilizó esas declaraciones para volver a situarse en el centro que no ocupó el día de la foto, acusando al líder del PP de “dividir” a los españoles con debates ideológicos.

¿Qué une a quien llama al PP la derechita cobarde y recibe elogios de Marine Le Pen, con el que proclama la vuelta del PP “verdadero” y el partido que apoyó una investidura —fallida— de Pedro Sanchez? Cataluña. “Por la unidad de España. Elecciones ya”, rezaba el lema de la protesta en la que se hicieron su primera foto de familia. La situación en una de las cuatro únicas comunidades donde no habrá elecciones el próximo 26 de mayo marca la campaña electoral, como ya ocurrió el pasado diciembre en Andalucía, donde Torra y Puigdemont acapararon los mítines del PP, Vox y Ciudadanos.

Vox no es nuevo, su éxito sí. Tras años de una discretísima presencia política, irrumpió en el Parlamento andaluz con 12 diputados. Belén Barreiro, doctora en Ciencia Política, Sociología y Antropología Social y fundadora de 40db, agencia de investigación de datos, lo atribuyó a la inmigración y al conflicto catalán.

En el último barómetro del CIS, del pasado enero, preguntados por cuánto influía la situación en Cataluña en su voto, un 33,2% respondió “nada”; un 21,6% dijo “mucho” y un 23,3% “bastante”. Según el partido al que habían apoyado en las últimas elecciones, el “mucho” se elevaba hasta el 29,9% en el caso de los votantes del PP, y al 36,6% en los de Ciudadanos. A los que sí admitían que la situación de Cataluña influía en su voto, el CIS les preguntó, a continuación, en qué sentido lo hacían. Un 36,4% contestó que votando a “partidos que planteen opciones más radicales y duras”, porcentaje que se elevaba hasta el 64,3% entre los que decían haber apoyado al PP en los últimos comicios y hasta el 50,8% en los votantes de Ciudadanos.

Es Cataluña la excusa, la motivación superior. Ciudadanos acusó el pasado domingo al PP de forzar la foto de Colón. Ahora, la cúpula del partido asume que aspira a la reedición nacional del pacto andaluz, aunque quieren liderarlo ellos, y asegura que estudios internos les dicen que la imagen de la protesta junto a Abascal no les hace daño porque sus votantes tienen como primera preocupación la integridad territorial. “Si en Francia hubiera habido un golpe de Estado y una amenaza a la integridad territorial, todos los partidos se habrían fotografiado con Le Pen. Estarían todos de la mano en eso”, argumenta una fuente de la dirección. “El centro no es favorecer el apaciguamiento con los independentistas. El grueso de la población, de izquierda y de derecha, quiere que se castigue a los separatistas”, añaden.

La ruleta rusa

Rivera llama a Vox populistas, y Casado les dedicó este sábado —sin citarlos— uno de esos pellizcos de monja cuando pidió a su electorado tradicional que no se la jugara “a la ruleta rusa” con partidos que podían aterrizar bien o no “en su primer vuelo”. Pero las tres formaciones siguen compartiendo esa foto y luchan a brazo partido por presentarse como los más severos contra los independentistas, prometiendo al unísono intervenir Cataluña sin límite de tiempo. “Nosotros hemos detenido la venta de España a los independentistas. Los senadores del PP van a ser los senadores del 155. O Frente Popular o Partido Popular. O el amigo de Torra, o 155”, repite Casado. “Yo solo pongo cordones sanitarios a los que quieren destruir mi país”, dice Rivera.

El PP y Ciudadanos han hecho su apuesta, con sendas dosis de división interna, al incluir a Vox en la foto, que es tanto como sentarlo a su mesa (de negociaciones y pactos). Si se equivocan y, como temen algunos populares, esa jugada se tuerce al movilizarse en contra la izquierda, los suyos les pedirán cuentas.

Con información de Elsa García de Blas.

 

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