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Coordinado por Anna Argemí
Alimentación
Tribuna
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Así es como la cocina casera ‘reseteará' el sistema alimentario para hacerlo más sostenible

La humanidad nunca ha tenido tanta información y opciones para comer pero, paradójicamente, nuestra dieta es cada vez menos diversa

Un hombre cocina en su casa, en Seúl (Corea del Sur), durante el confinamiento por la pandemia de covid en agosto de 2020.
Un hombre cocina en su casa, en Seúl (Corea del Sur), durante el confinamiento por la pandemia de covid en agosto de 2020.KIM HONG-JI (Reuters)

La gran cantidad de contenido disponible y atención mediática a la alimentación y la nutrición, en diversos formatos y plataformas, parece mostrar que la gastronomía y la cocina están viviendo una época dorada. La humanidad nunca ha tenido tanta información y opciones para comer, pero, paradójicamente, nuestra dieta es cada vez menos diversa, ya sea por hábitos sociales adquiridos o por la propia dinámica de la cadena de valor alimentaria.

El sector de la alimentación es uno de los más relevantes de la economía mundial. En 2021 generó un beneficio de 8.27 billones de dólares, y se prevé que siga creciendo, consiguiendo una tasa de crecimiento anual compuesto del 6,72% hasta el 2027, cuando los beneficios llegarán a 11.1 billones de dólares, según Statista Market Forecast. No obstante, a pesar del inmenso valor de esta industria, vivimos en un mundo en el que la seguridad alimentaria está amenazada.

En el mundo hay alimentos más que suficientes para alimentar a toda la población mundial, unos 7.800 millones de habitantes, pero más de 820 millones de personas pasan hambre

Más allá del hambre cronificada en países pobres, estamos ante una creciente dificultad para comprar productos frescos, variados, producidos cerca de donde vivimos, debido a su escasez o por su coste. Sorprende saber que, según Naciones Unidas, en el mundo hay alimentos más que suficientes para nutrir a toda la población mundial, unos 7.800 millones de habitantes, pero más de 820 millones de personas pasan hambre. De hecho, como apunta la FAO, desperdiciamos más de un tercio de los que se producen en todo el planeta y, la mayoría de este desperdicio (un 67%), proviene de nuestros hogares.

Somos testigos de estas dificultades cada día en las noticias: estamos expuestos a tensiones, cambios y disrupciones en la cadena de suministro de diverso origen y tipología. Y esta cadena de suministro depende de una logística compleja que mueve alimentos desde grandes distancias y que presiona modelos de producción locales, que ven amenazado cada día su modo de vida y el futuro de los pueblos que les vieron crecer. La noción básica de nutrirse observando la proximidad, los ciclos naturales y la temporada se ha vuelto menos común por una razón fundamental: porque cada vez más gente está abandonando las recetas caseras y consumiendo productos procesados, ya sea por comodidad o porque son más asequibles que las alternativas frescas.

¿Por qué cocinamos? Contar con las herramientas y habilidades básicas para ello es la clave para que recuperemos no solo el control de lo que comemos, sino también de su origen. Cocinando en casa, contribuimos a enfrentar los desafíos presentes y futuros de la producción de alimentos, que no solo sufre los embates del cambio climático, sino que también es parte del problema.

Cada vez más gente está abandonando la cocina casera y consumiendo alimentos procesados, ya sea por comodidad o porque son más asequibles que las alternativas frescas

Como apunta la ONU, la agricultura es el mayor empleador del mundo y el medio de vida del 40% de la población rural del planeta, pero el 30% de nuestro consumo energético y el 29% de las emisiones de gases de efecto invernadero provienen de la cadena de suministro alimentaria. Además, en poco más de un siglo, hemos perdido en torno al 75% de la diversidad de cultivos.

¿Y qué podemos hacer cada uno de nosotros para construir un sistema alimentario más sostenible? Elegir cocinar. Devolver a la cocina el lugar central que corresponde en nuestros hábitos cotidianos y transmitir ese entusiasmo a quienes nos rodean es el primer paso para resetear dicho sistema, desde la producción a la distribución, desde la compra al aprovechamiento. Cuando cocinamos, dejamos de ser meros consumidores y asumimos un papel activo y consciente, de creadores. Desde ahí podemos transformar esta cadena de valor alimentaria, que no garantiza un futuro en el que todos tengamos acceso a productos frescos, de calidad y a costes razonables.

Este ímpetu creador empieza a reflejarse en nuestro día a día. Según World Cooking Index, el estudio que Cookpad lleva a cabo con Gallup sobre hábitos de cocina mundial, la pandemia no ha alterado la frecuencia con la que preparamos y tomamos gastronomía casera en el mundo. En España esta frecuencia se sitúa por encima de la media (7,8 comidas y cenas preparadas en casa frente al 6,7 mundial) y cada vez más jóvenes cocinan a diario en sus casas, especialmente por la noche. Y cuanto más guisamos, menos derrochamos. En 2020 hemos reducido un 8,6% el desperdicio de comida, como recoge el reciente Informe de Consumo Alimentario en España en 2021 del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

También las empresas están modificando operaciones, prácticas y productos para responder a las exigencias de estos creadores informados y activos. Como predice la consultoría Ernst & Young en su informe Future Consumer Index, el 56% de los encuestados tendrá más en cuenta el impacto medioambiental de sus compras y el 52%, su impacto social. Esta tendencia apela directamente a las empresas en todos los sectores, y en particular a la producción y a la distribución. Este efecto mariposa empieza en la cocina, en los recetarios de nuestras abuelas, en las tradiciones culinarias familiares, en generaciones de sabiduría gastronómica colectiva y en su innegable influencia como herramienta de cambio.

Cocinar es un acto de amor, y también de responsabilidad con nosotros mismos. Quienes lo hacen en casa reflejan el poder de los fogones como una forma de activismo. Se rebelan contra la afirmación de que no hay tiempo, y de que ese tiempo debemos invertirlo en otra cosa que no sea nuestro bienestar y, por ende, el de nuestro planeta. Porque invertir tiempo en preparar nuestra comida nos invita a reflexionar sobre lo elemental y lo importante: cada vez que elegimos cocinar estamos aportando nuestro granito de arena para construir un mundo mejor, más justo y feliz.

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