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Columna

Matarlos de hambre

El bloqueo es una acción de guerra que los cubanos no se merecen por más que su Gobierno sea tiránico y caduco

Colas en una tienda en La Habana, el pasado día 14.MARCEL VILLA

Todo ese tiempo en el que hemos asistido impertérritos día tras día a la matanza en Gaza ha contribuido a deshumanizarnos. Pese a la censura informativa, las imágenes nos alcanzaban como flechas, pero su cadencia constante termina por habituarnos al horror. El supuesto acuerdo de paz no ha frenado las bajas civiles, que superan, según organismos oficiales, las 70.000. En Ucrania, las condiciones de presión del cada día más cruel enemigo, con ciudades enteras sin servicio eléctrico, obligan a la población civil a vivir en una situación extrema. Las negociaciones para un alto el fuego parecen igual de congeladas. Matar de frío a los inocentes comienza a parecernos otra audacia estratégica en lugar del crimen que es. En Irán hemos entrevisto, bajo la censura férrea de la dictadura religiosa, una de las represiones más salvajes que se recuerdan de un Gobierno contra su propia población. Mientras, cada día aceptamos más para nosotros la idea de que poderes autoritarios son una solución al débil carácter de las ciudadanías distraídas e insolventes moralmente.

Esta es la realidad de pesadilla que nos circunda. Dicen que la palabra pesadilla proviene de ese peso insoportable sobre el pecho que nos asfixia durante el sueño y que acciona nuestra sugestión hacia el sufrimiento y la angustia. Para dormir tranquilos, tenemos la tentación de desplazar ese peso invisible lejos, lo más lejos posible, desentendernos de todo. Pero las pesadillas se combaten abriendo los ojos, despertando. Ahora le ha llegado el turno a la isla de Cuba. Durante el cerco de Gaza, para nuestro asombro, volvió a utilizarse la estrategia medieval de matar de hambre a la población. Ya habíamos notado, tiempo atrás, que con el trato a los inmigrantes se producía una extraña alteración. Pareciera que, en lo que respecta a ellos, cualquier dictado de los derechos humanos no es vinculante. Ese retroceso de la sensibilidad, por llamarlo de manera suave, regresa ahora con una brusquedad aberrante. El cerco económico a la isla, una especie de bloqueo final, sacude a las personas como si fueran peones de un juego estratégico.

La suspensión de los envíos de petróleo desde Venezuela y México termina por asfixiar el funcionamiento precario y lamentable de Cuba. Los que llevamos años denunciando el sistema fallido que los ha impedido evolucionar hacia formas admisibles de supervivencia, tampoco podemos mirar hacia otro lado con este asalto final diseñado por el cerebro en política exterior de Estados Unidos, Marco Rubio. Con un presidente que tiene problemas para nombrar países acertadamente y aún menos señalarlos en un mapa, los movimientos erráticos responden a impulsos. Si el régimen cubano no ha caído ya es porque la mayor parte de sus ciudadanos, muchos de ellos ancianos, miran a los países de alrededor y valoran en gran medida el hecho de no padecer los fenómenos violentos de las bandas, del narco, de las mafias, de la juventud sicaria e ignorante. Viven de las remesas enviadas por la enorme bolsa de emigración en el exilio y soportan unas condiciones de vida atroces, mientras confían en que una transición racional aún es posible.

El bloqueo al envío de medicinas, alimentos y servicios de primera necesidad es una acción de guerra que los cubanos no se merecen por más que su Gobierno sea tiránico y caduco. Esta disfunción en la que vivimos, por la cual se puede estrangular al inocente para derribar a los caciques locales, tendría que producir un rechazo visceral. Crecimos escuchando las narraciones de asedios bélicos que nos provocaban pesadillas en la noche. Ahora dormimos tranquilos después de trastear un rato con el móvil.

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