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Red de Redes
Columna

Cállate por tu padre

Bienvenidas sean quienes, como la exconcejala de Móstoles, saben que hay que hablar frente a la violencia machista

La vicepresidenta primera de la Comunidad de Madrid, la popular Ana Millán, el día 5 en el pleno en la Asamblea.Jaime Villanueva

Qué hartazgo de mujeres rehenes de su silencio. Y qué perverso silenciarlas alegando que se hace por no dañar a quienes más quieren. Cállate por tu padre. Cállate por tus hijos. Menudo disgusto se van a llevar. No hables, que así serán más felices. Leo en un reportaje de Mónica Ceberio que eso es precisamente lo que hicieron Ana Millán y Lucía Paniagua, dos de las dirigentes del PP que presionaron a una concejala para que no hiciera público el acoso por el alcalde de Móstoles que estaba sufriendo. Aquellas que debieron facilitar un protocolo de protección desplegaron lo contrario: un preciso mecanismo de control y coerción al invocar al sentimiento que más parálisis y culpa provoca: el del dolor infligido a los demás. “Te dije, piénsalo. Quizá te venga mejor dar un paso atrás, no pasarlo mal, que tu padre no lo pase mal (…) Lo digo yo, que vivo por y para el partido, llevo muchos años y todas hemos aguantado muchas cosas”, le dijo Ana Millán.

El silenciamiento se aplicó de forma sibilina, profetizando un falso bien común si callaba, pronosticando los malos sentimientos que generarían sus palabras si las decía. Le dijeron que hablar la iba a destrozar, que “en seis meses te han matado psicológicamente” y que si denunciaba iba a “provocar un sufrimiento” a su padre y a sus hijos. La palabra, la posibilidad de relato, destruida aquí por ser causante de malos sentimientos. Si hablas, serás infeliz porque harás infelices a quienes más amas.

He pensado mucho en el caso de esta edil mientras leía Nuestros silencios. Por qué callamos, un interesante ensayo de Laurence Joseph que acaba de publicar Gatopardo con traducción de Palmira Feixas. En sus páginas, la psicoanalista nos recuerda que no es lo mismo guardar un secreto que estar obligado a hacerlo. Y que en la violencia de género, contra las minorías y la infancia silenciar a alguien es el resultado de una acción premeditada. Yo ya sabía que el síndrome de Casandra trata de mentirosas, manipuladoras o paranoicas a las mujeres que denuncian abusos. Pero ha sido esta profesora de la Universidad de Paris V Descartes la que me ha descubierto otra figura para nombrar a las que niegan la posibilidad de relato: Tácita, la diosa latina del silencio.

En la mitología romana, Júpiter se prenda de Yuturna, que lo rehúye, y una de las hermanas de esta náyade, apodada Lala —que significa cháchara—, la avisará de que el padre de los dioses desea violarla. Enfurecido, Júpiter decide vengarse de su indiscreción cortándole la lengua y ordenando a Mercurio que la abandone en el Hades. Mercurio la violará, convencido de que sin lengua no podrá delatarlo. De ahí su nuevo nombre, Tácita, pues encarna la ejemplaridad del silencio, o como escribe Joseph, “la lección de que las mujeres deben callarse, en lugar de protegerse entre ellas”. Ni a Tácita ni a Filomela, que en las Metamorfosis de Ovidio será violada por Tereo, su cuñado, quien le cortará la lengua tras agredirla para que impida contar lo sucedido. “¿Por qué se dice el talón de Aquiles y no la lengua de Tácita? ¿Existe algún lugar donde se amontonen todas las historias de cómo se ha impuesto el silencio a las víctimas de abusos?”, se pregunta Joseph.

Pienso en las mujeres que cortan la lengua a otras mujeres y recuerdo que lo que ellas ignoran es que ningún silencio impuesto se disuelve como si nada. El silencio no se ve, pero tampoco se evapora. Callarse pesa. Lo sabe Lucía Solla Sobral, quien en Comerás flores escribe que “el silencio en una casa es como dejarse el gas abierto”. Bienvenidas sean las que, como la exconcejala de Móstoles, han aprendido que para romper el conjuro no basta con abrir las ventanas sin molestar ni hacer ruido. La maldición se rompe abriendo la boca, encendiendo cerillas. Hablar por tu padre, sí. Pero, sobre todo, por ti misma.

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