Sobre el milagro de la vida
Las tragedias hacen nacer los mejores sentimientos y la solidaridad, pero también hay malvados que buscan sacar partido de la adversidad


Por suerte, aquel terremoto no abrió la tierra bajo tus pies, ni aquella inundación anegó tu casa hasta la segunda planta, ni tomaste aquel avión que se estrelló, ni subiste a aquel tren que descarriló, ni ibas en aquel autobús que se cayó a un barranco, ni estabas en la lista de los muertos en carretera del fin de semana. Si supieras las veces que la muerte te ha respetado caerías en la cuenta de lo milagroso que es estar vivo. Cuando te llegó la noticia de la tragedia diste gracias a la fortuna porque tú y los tuyos estabais a salvo. Con esa sensación de tener una buena estrella comenzaste a absorber la desgracia de otros y, si en ese momento lo estabas pasando muy mal, la tragedia te demostró que había gente que lo estaba pasando aún peor, lo que en cierto modo tuvo un efecto balsámico. He aquí por qué las catástrofes humanas abren en portada durante muchos días todos los periódicos y los telediarios. A la buena suerte se une además el hecho de que la tragedia posiblemente sacará de ti los mejores sentimientos, la piedad por las víctimas, la conmiseración, la ayuda, la solidaridad e incluso en muchos casos el heroísmo. Toda la humanidad está trabada por el instinto de conservación, de modo que cualquiera, desde Francisco de Asís a Jack el Destripador, le tenderá la mano con un reflejo automático a quien está resbalando en una piel de plátano. Pero siempre hay malvados que aprovechan la confusión de la tragedia para asaltar los supermercados y sabandijas de las redes que se alimentan de sangre y algunos políticos carroñeros que tratan de sacar partido de la adversidad contra los del bando contrario. Miles de veces gira sobre tu cabeza la rueda de la fortuna. Si aquel día no se te hubiera calado el coche al salir del garaje, sin esos cinco segundos habrías muerto aplastado en la autopista. Solo unos minutos después de que pasaras por aquella acera se derrumbó la marquesina. También es cierto que si aquel día y no otro, hubieses jugado a la Bonoloto te habría tocado el Gordo.
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